EL DÍA DESPUÉS

 

EL DÍA DESPUÉS

Es curioso que por estos días se vuelva a hablar de capitalismo. Hasta los más recalcitrantes neoliberales se acordaron de la noche a la mañana del Estado. Medidas económicas que, hace unas semanas, podían ser tildadas de estalinistas ahora parecen razonables

Desde el cristal de la ventana veo alejarse la silueta de mi compañera. Se dirige a uno de los complejos hospitalarios más grandes de España. Es médica de la Universidad Nacional de Colombia. Especialista. Trabaja en la sanidad pública española. En la universidad le enseñaron que su misión era salvar vidas. A eso salió esta mañana. La UCI del hospital está abarrotada de pacientes que se debaten entre la vida y la muerte. Más de cinco mil sanitarios están infectados en España. Ayer murieron dos. Una médica en Salamanca y uno en Córdoba. No hay cazabombarderos sobrevolando los cielos de Barcelona pero los fallecidos se cuentan por decenas. Un virus es el enemigo a batir. Un enemigo sin ejército. Los terrícolas lo llamamos covid-19. El hospital convertido en trinchera. Los sanitarios transformados en soldados. Estamos entrando a una dimensión desconocida, diría Rod Serling creador de The twilight zone.

Yo, mientras, quedo en casa. Cumpliendo a rajatabla el confinamiento ordenado por el gobierno de España. El encierro no me afecta. Lo tomo con calma. Estuve más de diez años recluido en Colombia. En la prisión. Cumpliendo una condena por rebelión agravada. Antes del confinamiento he ido al supermercado para aprovisionarnos de cosas básicas: sal, azúcar negra, leche en polvo, aceite, harina, café, cereales, enlatados, chocolate, velas, fósforos y brandy. La vida guerrillera me enseñó a tomar lo indispensable y descartar lo superfluo. El culo se puede lavar con agua. Mi pareja está en la primera linea. Yo en la retaguardia. Esperando al destino. No hay alternativa.

En un abrir y cerrar de ojos el mundo virtual se hizo real. Hay vacunas contra los virus que atacan los computadores pero no la hay contra el coronavirus que agrede al Homo sapiens. Hay solución para una amenaza virtual pero no la hay para una real. La ciencia y la sanidad, quien lo iba a creer en este tiempo frívolo, son la única esperanza contra la pandemia. Donald Trump, un redomado negacionista, tuvo que llevar hasta la Casa Blanca al epidemiólogo Anthony Fauci. El doctor Fauci es miembro de la Academia Nacional de Ciencias de los Estados Unidos, pionero en la lucha contra el sida, el ébola y el zika. La demagogia y la fanfarronería tienen límites. El covid-19 impuso los límites.

Ningún gobernante de este siglo ha ido a la guerra. Empero, algunos hablan de una “guerra” contra un enemigo que solo se puede ver a través del lente de un microscopio electrónico. Es como luchar contra el Hombre Invisible. Quizá emplean la palabra “guerra” a guisa de símil. Algunos jefes de Estado han tomado el asunto con cierto folclor, como es el caso de Bolsonaro en Brasil. La mayoría han tomado medidas. A medias o radicales. Las radicales han resultado más efectivas. Otros jefes de Estado, como el colombiano Iván Duque, pidieron a las fuerzas del más allá que protegieran a sus países. La suerte de Colombia, según la lógica presidencial, está en manos de un lienzo de la Virgen dibujado en el siglo XVI.

¿Está el planeta en guerra? ¿Una guerra mundial? ¿En guerra contra un virus? ¿Estamos en el umbral de una nueva crisis del capitalismo? ¿Quién pagará los platos rotos? Una guerra es una guerra y una pandemia es una pandemia. A veces vienen juntas. Una pandemia no es tan larga como una guerra. La Primera Guerra Mundial duró cuatro años. La Segunda seis. En los Balcanes duró once. En Afganistán, Irak y Siria la cosa lleva años y aún no termina. Aún no se sabe cuándo el covid-19 bajará su cortina. Vendrá el día después. Se hablará entonces de crisis económica. El día después de la Segunda Guerra Mundial trajo un modelo político, económico y social que benefició a cientos de millones de personas en Europa. El Estado de Bienestar fue un nutritivo alimento que brotó de la tierra arrasada. La crisis económica del 2008, en cambió, se cargó a cientos de millones de personas en Europa y los Estados Unidos. Así lo quisieron los gobiernos de entonces. Decidieron que la bancarrota del sistema la pagara la clase trabajadora. Algo parecido puede ocurrir el día después de la pandemia que ahora castiga al mundo.

El miedo a morir activó la subjetividad del individuo de este siglo. Somos protagonistas y espectadores de un momento idílico. La fraternidad ante la catástrofe. Ante lo desconocido. Son ese tipo de treguas que se conceden los enemigos cuando solo hay oscuridad. Cuando los oponentes ven necesaria una pausa para encontrar una luz. En época de “normalidad” la policía reprime con dureza a los médicos que protestan contra los recortes en la sanidad pública. En tiempos de “anormalidad”, como el de ahora, los estudiantes se compadecen de los policías que llevan horas sin dormir por la emergencia. Hay lugares, como en Colombia, en que los matones aprovechan la “anormalidad” para continuar con su trabajo “normal”: asesinar a líderes sociales o exguerrilleros que han depuesto las armas. Mientras que algunos practican la caridad otros están detrás de un ordenador aprovechando las caídas bruscas en las bolsas para acumular riqueza. Mientras millones pierden, unos cuantos ganan. La fraternidad en los balcones puede volverse una gran mentira el día en que volvamos a poner un pie en la calle. El ruido blanco que hacen los medios sobre el heroísmo de los sanitarios puede evaporarse cuando volvamos a la “normalidad”.

Es curioso que por estos días se vuelva a hablar de capitalismo. Hasta los más recalcitrantes neoliberales se acordaron de la noche a la mañana del Estado. Medidas económicas que, hace unas semanas, podían ser tildadas de estalinistas ahora parecen razonables. El covid-19, mejor que Marx, ha desnudado las lacras del capitalismo. El coronavirus ha puesto al descubierto algo que parecía una blasfemia económica: la desigualdad es ideológica y política. Ese es el meollo. En el mundo hay mucha, pero muchísima riqueza acumulada en poquísimas manos. El problema está en la manera en que se reparte esa riqueza. Franklin D. Roosevelt, luego del crac de 1929, estableció el New Deal, una nueva repartición, un plan económico que benefició a millones de trabajadores estadounidenses que fueron triturados por el despiadado martillo capitalista. ¿Qué tipo de “normalidad” tendremos al día siguiente de superada la pandemia? La política local, nacional y global estará terciada por la siguiente cuestión: ¿Qué es volver a la normalidad?

Los países ricos no se ayudan entre sí. En los 27 países de la Unión Europea prima la consigna de “¡Sálvese quien pueda!” Cada país con sus infectados. Cuando en 2015 el gobierno de Syriza gobernaba a Grecia pidió ayuda a la Unión Europea para superar la crisis económica, todos los miembros se fueron contra él. Era un gobierno de izquierda que aspiraba a renegociar la deuda externa sin perjudicar a su pueblo. La troica castigó al pueblo griego. La zona norte de Italia, controlada mayormente por gobiernos de extrema derecha, ha tenido que recurrir a Cuba para luchar contra la peste. Los vecinos de Italia, ricos, han pasado de puntillas. La pandemia no se combate con palabras sino con hechos concretos. Un hecho concreto es la brigada de médicos cubanos. La proverbial generosidad de los pobres contrasta con el egoísmo de los ricos.

 En algunos Estados, como los de Oriente, las medidas para combatir el covid-19 fueron draconianas. En el Cono Sur, por ejemplo, los militares golpistas empleaban el confinamiento de la población para combatir y desaparecer a los opositores. Así lo retrató Costa Gavras en sus filmes Estado de Sitio y Z. Ahora mismo se emplea el confinamiento para evitar la propagación del virus y proteger a la población. Es el caso de China. Pensadores como Byung-Chul Han advierten desde hace algunos años sobre la relevancia de la biopolítica. El término, inventando y explicado por Michel Foucault, tiene que ver sobre el control de los individuos más allá de la psiquis. El control del cuerpo propiamente dicho. El confinamiento, empleado por algunos Estados para frenar la pandemia, podría en un futuro emplearse para otras cosas. El pánico generalizado, inducido, puede llevar a poblaciones completas a renunciar a algunas de sus libertades y derechos para protegerse de una amenaza que no es tal. Durante las revueltas de Ecuador, Chile y Colombia los gobernantes de estos países usaron las redes sociales y marionetas mediáticas para inocular el miedo entre la ciudadanía y luego justificar la represión contra los manifestantes.

 Doce monos, interpretada por Bruce Willis, Madelaine Stowe y Brad Pitt, es un filme que volvió a streaming. Un filme postapocalíptico acerca de un virus que afectó a la tierra. El protagonista que vive en el presente es enviado al pasado para ver qué fue lo que pasó. América está viendo a Europa con quince días de retraso. El presente de Europa puede ser el futuro de América. El covid-19 saltó el Atlántico. La devastación que ocurre en Europa los latinoamericanos la ven llegar. Los gobiernos se han visto en una encrucijada. Confinar a sus habitantes o dejarlos que hagan lo que les venga en gana. El sistema de salud latinoamericano, salvo alguna excepción, fue desbaratado por gobernantes incompetentes. Las políticas neoliberales crearon una economía dependiente, distorsionada, en la que millones salen cada día a buscarse el pan. Confinar en sus casas a millones de pobres es un disparate. No confinarlos es un disparate por partida doble. El teletrabajo en Latinoamérica es un lujo. Confinarse es otro lujo. Los efectos de la pandemia en Latinoamérica son una incógnita. A veces los pobres tienen más suerte que los ricos. La suerte de millones de latinoamericanos en manos del demonio.

 Las medidas económicas para palear la desbandada económica son una quimera en Latinoamérica. El presidente Iván Duque salió ante los medios para anunciar el confinamiento de la población colombiana. Por primera vez no salieron los militares detrás del presidente. Apareció con un grupo de personas acongojadas, puestas allí para la foto. Luego anunció algunas medidas económicas. Nada nuevo en el firmamento de Colombia. Lo de siempre. Medidas hechas a la cintura de los banqueros. Para los proletarios nada. Algunos mandatarios locales han estado muy activos. No tienen más alternativa que arar con los bueyes que tienen. Los operadores políticos que quieren sacar réditos de esta emergencia hay que sugerirles que se queden en casa guardando la cuarentena. Hacen más en sus casas que echando la lata desde los micrófonos. Algunos, como Lady Macbeth, se lavan una y otra vez las manos. No hay agua y jabón que laven sus fechorías.

 Todo está por verse, Viejo Topo. La emergencia sanitaria en Europa la están sorteando los médicos, enfermeros, camilleros y un largo etcétera de personas que se están jugando la piel. Los sanitarios colombianos le han visto las orejas al lobo. Están inquietos. Nerviosos.  Esperando el ataque. Han visto a sus colegas al otro lado del Atlántico. Quizá salgan de esta. Quizá no. Desde aquí, desde el otro lado del mar, va mi voz de aliento para mis siete familiares médicos que, en Colombia, tendrán que vérselas con los colmillos del lobo. Salven vidas, mi sangre.

Yezid Arteta Dávila

* Escritor y analista político

En Twitter: @Yezid_Ar_D

Blog: En el puente: a las seis es la cita

Enlace en Revista SEMANA:

https://www.semana.com/opinion/articulo/el-dia-despues-columna-de-opinion-yezid-arteta-davila/659152

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