CELIA, PRESA

CELIA, PRESA

                                                                                       

Para Yezid, como corresponde

 

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Este libro estuvo preso. Literalmente. 

   Estuvo encerrado en una celda de la Penitenciaría Nacional de  Valledupar, junto a su lector, que pagaba una condena de 10 años por rebelión. Yo fui el que se lo hice llegar a través de la mano solidaria de una mujer de poquisímas palabras y rostro humilde cuyo nombre ya no recuerdo.

   El 28 de mayo del 2001 esa misma mano me dejó en la librería un libro, Trocha de ébano y otros relatos, y una carta escrita con tinta morada:

“Mayo /01

Alvaro

Cordial saludo!

A propósito del XXX aniversario de la muerte del “Che”, capté un programa en señal Colombia, donde exponías con mucha autoridad sobre el tema, y sobretodo me llamó la atención, que siendo tan joven, tuvieses gran ilustración.

Hace unas semanas apareció un semblante alrededor tuyo en la revista del Espectador, y ahora me encuentro con el artículo de Gatopardo.

Quiero encargarte un libro, no lo conozco, y creo se llama “El libro de Manuel” de Julio Cortázar.

Con la portadora estoy pendiente

Yezid”.

   En la primera página del libro me escribió: “Para Alvaro Castillo: En un país de tantos especuladores, nos alegra que alguien se destaque por ser uno de sus mejores lectores. Salud! Yezid Penitenciaría La Picota El 28 de mayo del año 1”.

   Se trataba de Yezid Arteta Dávila, por ese entonces el miembro de las FARC de más alto rango capturado por el ejército.

   Recuerdo que me conmovió mucho ese envío. Me parecía increíble que alguien en esas condiciones se interesara en buscar un libro de Julio Cortázar para leer. Y también, no voy a negarlo, me llamó la atención que alguien de esa organización supiera de mí. Como se trataba de un encargo tan particular y que, deduje, era para pronto le pedí a mi compañera de entonces, la más grande cortazariana que conozco, me devolviera un ejemplar que le había conseguido hacía poco de ese libro (la edición de la editorial Bruguera) para hacérselo llegar con el compromiso de reponérselo. Sin dudarlo me lo devolvió. Y el libro, con su nombre escrito con tinta azul en la primera página, esperó a que apareciera alguien por él. 

   Una tarde estaba llena la librería. Por esa época había algo más de espacio y dos sillas (una de ellas desvencijada y girante) permitían que los clientes se sentaran a mirar los libros o a conversar. Una señora, tímida y silenciosa, entró y se sentó en una de ellas. No me hablaba pero tampoco dejaba de mirarme y sonreírme. Cuando los clientes se fueron se levantó y me dijo en voz muy baja: “Yo soy la amiga de Yezid, vengo a ver si ya le consiguió el libro”. Le respondí: “Sí, claro, aquí está” y se lo entregué. Cuando me preguntó por el valor le dije: “Nada, no vale nada. Lléveselo a él y dele mis saludos”. Lo guardó en su bolso y antes de despedirse me dijo: “Le encarga las obras completas de Albert Camus”. Y se fue.

   Dos años después, en septiembre de 2003, la misma mensajera se apareció con otro libro suyo: La tramacua, con la siguiente dedicatoria: “Para Álvaro quien pertenece a un género en vía de extinguirse en nuestro país: los buenos lectores. Salud para ti. Yezid. Cárcel Nacional Modelo Septiembre de 2003”. 

   Leí, con la misma curiosidad y avidez que su primer libro, esta novela. 

   Escribí una nota sobre ella: 

   “Hay libros a los que es doloroso acercarse. Su lectura nos marca, nos deja una huella profunda en el alma, un sabor amargo en la boca. Muchas veces éstos libros cuentan historias simples, sencillas, de todos los días, esas que llamamos “de lavar y planchar”, con tal intensidad, con tanta carga emocional, que es imposible olvidarlas. ¿Quién que haya leído alguna vez Una muerte en la familia de James Agee podrá mirar el dolor, el aturdimiento, la sorpresa que causa la ausencia definitiva con los mismos ojos? Otras veces se transforman en testimonios de aquello que sucede en nuestra vida o en nuestro país y que no podemos o queremos ver. De éstas dos vertientes, que terminan siendo la misma, se alimenta La tramacua, primera novela de Yezid Arteta Dávila. Siguiendo el ejemplo de Gabriel García Márquez en Crónica de una muerte anunciada, donde más importante que el crimen es saber cómo se realiza, Yezid (y lo llamo por su nombre porque después de leer su libro nos sentimos con un amigo de hace mucho tiempo), nos cuenta la historia que hay detrás del asesinato de Quiñónez y la de otros hombres que por decisión propia, mala suerte o destino, terminan compartiendo sus vidas en la cárcel de máxima seguridad de Valledupar (la “Tramacua”). Sus historias, sus destinos, encierran, son un gran fresco de la otra Colombia que sabemos que existe y desconocemos: la que está presa. Aquella donde el destino de un hombre se tuerce en un segundo, donde las esperanzas se van desdibujando con el lento paso de los días, donde la injusticia campea. Gracias a su excelente construcción, la novela nos va revelando ésa otra realidad, haciéndonos sentir por un instante testigos de excepción y dejándonos, al finalizar la lectura en la página 212, un amargo recuerdo en el alma. Fruto de la misma “serenidad y paciencia” que le recomendaba Kalimán a Solín, ésta primera novela nos muestra a un escritor que está aprendiendo a narrar (ya habíamos tenido un magnífico anticipo en su libro de crónicas Trocha de ébano y otros relatos), que quiere y necesita dejar un testimonio y una constancia de lo que se calla y no se escucha, con el gran mérito de no pretender hacer un panfleto o una simple denuncia sino literatura. Al transformar en arte todas sus experiencias su obra se vuelve más eficaz que el informe más elocuente. “Fuera de la vanguardia o evidente panfleto” (como dice la canción de Silvio Rodríguez) Yezid nos entrega unos personajes, unos trozos de vida, que, gracias al oficio y a las palabras, se vuelven inolvidables, perduran en nuestra memoria. Mientras tanto aguardamos que Martín Sinisterra escriba la segunda parte del libro. Como diría Alvaro Cepeda Samudio: “todos estamos a la espera”. 

   Ahora no recuerdo cómo se la hice llegar o si se la hice llegar. Creo que sí. La memoria a veces es débil. Y en esta historia tan misteriosa, tan llena de silencios e implícitos, más.

   En ese mismo año lanzamos el primer libro de Ediciones San Librario: Recordándole a Carroll, de Álvaro Rodríguez Torres. Lo que había empezado como el homenaje a un amigo se transformó, con el paso de los años, en un hermoso proyecto que publicó 53 libros. El diseñador de los primeros fue Jaime Sepúlveda, amigo de Alfredo Angulo (el inventor de este proyecto). Tenía, junto a su esposa y sus dos hijos, una café en un pasaje, entre la calle 72 y la 71, muy cerca de la librería: “El lugarcito”. Fue el lugar donde se lanzaron los primeros libros. Allá nos encontrábamos todos para celebrar la poesía.

   Creo que debió ser por un artículo que apareció en El Espectador donde se hablaba de editoriales pequeñas de poesía que mi lector preso supo que estábamos editando libros. Digo esto porque al poco tiempo apareció la cómplice de siempre con una carpeta donde había unos cuentos cortos escritos por él. Quería que los leyera, le diera mi opinión y viera si era posible publicarlos. Los leí. Me gustaron. Se los comenté. Desafortunadamente en esos primeros años sólo publicábamos poesía. No recuerdo al cabo de cuánto tiempo ella vino por el manuscrito. Tal vez ahí fue cuando le mandé mi nota sobre La tramacua. Tal vez…

   En mayo de 2004 nuevamente un libro suyo llegó a mis manos, Crónicas de convictos y rebeldes, con una dedicatoria en morado: “Para Alvaro del Castillo. Una amistad nacida de los libros. Salud! Yezid Penitenciaria de Cómbita Mayo de 2004”. 

   Y un nuevo encargo: Celia se pudre, de Héctor Rojas Herazo. 

   Estaba en la librería (hacía poco le había comprado varios ejemplares de la primera reimpresión a Patricia, la hija de don Héctor). Ese mamotreto de 1.008 páginas publicado por el Ministerio de Cultura en julio de 2002, ese tocho, viajó hasta la Penitenciaría Nacional de Valledupar. Allá permaneció encerrado, en medio del calor y el miedo, junto a él. Fue el último libro que me encargó y el último que le conseguí.

   A partir de entonces sólo volví a saber de él, esporádicamente, por las noticias de la televisión y la prensa. Hasta cuando fue liberado el 12 de julio de 2006. Participó en algunos actos públicos (dos o tres) y marchó al exilio en Barcelona.

   No lo vi ni hablé con él.

   Una de las cosas que no recuerdo es cómo conseguí su correo electrónico. La cosa es que le escribí y esto me respondió:

“Álvaro:

Salud.

Que alegría encontrar tu notica en mi correo.

Luego de recuperar mi libertad en julio del año anterior, una de las cosas que hice fue llegar a San Librario (tu librería) y sorprenderte. Un amigo me llevó en su auto y desafortunadamente estaba cerrada. Pregunté en el local de al lado y me dijeron que no tenías horario. Me hubiera gustado darte un abrazo y compartir un poco contigo. Luego, estuve un poco guardado por las condiciones de seguridad.

Ahora estoy en Barcelona, por una temporada, vinculado a un proyecto de investigación sobre conflictos armados y negociación política.  Estoy armando una novela que luego de comentaré en donde voy.

Cómo viste mi último libro de relatos. Aún está en internet, tu comentario acerca de La Tramacua. Me gustaría conocer tu opinión, que para mí es importante, por tu agudeza de lector.

Cuéntame de tus proyectos. Cómo van las publicaciones de poesía (conocí alguna). Estás escribiendo algo.

Un abrazo.

Seguimos en contacto y envíame cosas de literatura por este medio.

Yezid”

   Nos mandamos textos. Nos leímos. Nos comentamos. Lo puse en contacto con la revista Número.

   En julio de 2008 tuve la fortuna de ser invitado por Paco Ignacio Taibo II (a quién había conocido en 1999) a participar de la Semana Negra de Gijón. 

   Allá pasamos días maravillosos con Berta, Amir, Tony, Lior, Rebeca, Lorenzo, Ángel, Jaime, la Mona y Nahum. De una manera misteriosa (no tanto, realmente) quedé integrado a la delegación cubana. Fui uno más (que es como me gusta ser y estar en la vida).

   Después del evento pasé por Barcelona, donde me hospedaron Verónica y Álvaro, su esposo.  

   Y ahí, por fin (antes de partir a Berlín invitado por Amir y los suyos), nos encontramos con Yezid Arteta Dávila, en Montjuic. Habían pasado 7 años desde su primera carta. Visitamos la tumba de Buenaventura Durruti, por supuesto. Nos acompañó un corresponsal de CNN en español. Caminamos mucho. Hablamos mucho. Era mucho lo que teníamos que contarnos. Fuimos al Camp Nou. Me invitó a almorzar en un restaurante “Paqui”. 

   Ahí me contó que todos los libros que tenía en la cárcel Modelo los había perdido durante una requisa de la guardia. Se los rompieron. Entre ellos el Libro de Manuel que le había mandado. Cuando le pregunté por Celia se pudre me dijo que lo había leído en la cárcel de Valledupar. Que lo acompañó durante la época en que prácticamente no podía salir de su celda por temor a los paramilitares que también estaban presos y eran enemigos jurados suyos y de su organización.

   Antes de despedirnos me escribió en Relatos de un convicto rebelde (entonces su último libro publicado): “Álvaro, después de tantos años conociéndonos a través de los libros, las notas sueltas, de las razones de los amigos; por fin llegó el día de darnos un abrazo de carne y hueso. Y qué lugar para ello: Barcelona, la ciudad que ha creado odios y amores. ¡Salud! Yezid Barcelona, Verano de 2008”.

   La tinta, esta vez, era azul. No morada.

   “Y desde entonces los años”,  “Y pasó el tiempo, y pasó. Un águila por el mar”…   

   Juana me contó que un amigo suyo, Camilo, había abierto una librería cerca de la Universidad Nacional. Yo había escuchado algo de ella. Confundí a su amigo con Santiago, el hijo de Jaime Sepúlveda, el primer diseñador de Ediciones San Librario. No sé por qué. Le avisé por Facebook a él, Santiago, que el jueves iba a conocer su librería, “Hojas de Parra”.

   Miré rápidamente todos los libros. Mi visión periférica me permite esto, además de distinguir lo que es más interesante para mí. En este caso eran dos libros: El desierto de los tártaros, de Dino Buzzati y Celia se pudre, de Héctor Rojas Herazo. 

   Tomé el primero y lo abrí. En la parte superior de la primera página una letra y un nombre conocido: Yezid Arteta Dávila. Tomé el segundo: la misma letra y el mismo nombre. Me quedé helado. En un segundo toda la historia, la que estoy contándome en este momento, volvió a ser ante mis ojos. 

   “No puede ser…, me dije. Este fue el libro que le mandé a la cárcel de Valledupar”.

   En medio de mi estupor llegó Santiago, a quien había confundido, y me contó con orgullo que aún tiene los libros de Ediciones San Librario que presentamos en “El lugarcito”. Antes había pasado (se me había olvidado contarlo) su mamá. Nos saludamos con una alegría y un abrazo inmenso. Negocié con el librero ese libro (y dos más: uno de Umberto Valverde y otro de Elena Poniatowska). No fue tan larga ni compleja la transacción. Me comentó de quién eran los libros. Yo me sonreí y le conté de mi historia con Celia se pudre. Nos despedimos con un apretón de manos. 

   Este libro estuvo preso y salió libre con su dueño. Aún se pueden distinguir algunas frases subrayadas con lápiz: “(…) ha podido ser peor, se lo aseguro, porque usted ni siquiera sospecha lo que es una guerra. Usted nunca ha visto una batalla ni un asalto ni una escaramuza siquiera. Claro que nunca ha visto nada de eso. Y ni siquiera lo imagina” (en las páginas 265 y 266). Siguió su camino hasta llegar a una librería cerca de la Universidad Nacional. Una librería cuyo uno de sus dueños era un niño cuando nacieron las Ediciones San Librario. Y hoy, 27 de julio de 2017, llega a mis manos nuevamente para que encuentre una vez más su destino de libro elegido por su lector. Al nombre de Yezid tal vez se le añada otro. 

   Y la historia de este libro, Celia se pudre, que alguna vez estuvo preso junto a su lector, continuará su camino. Su destino. Una historia que nació cuando un librero y un guerrillero preso se encontraron sin saberlo.

ÁLVARO CASTILLA GRANADA 

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