Una novelita lumpen (II)

Una novelita lumpen (parte 2)

Nunca en mi vida he visto un submundo tan frenético y emprendedor como el que presencié en el medio y bajo Caguán, alrededor de la coca

Como te conté, Bolaño, me fui de Nariño. Un departamento lindísimo, cuyos campos eran habitados por labriegos levantados a golpe de hacha, azadón y machete. Gente que pesar de las penalidades propias de la pobreza no se dejaban tentar por la mata de coca. Los cultivos de coca y el negocio del narcotráfico a gran escala llegaron después. “Hace 25 años no teníamos ni coca, ni minería ilegal en Nariño”, se quejaba hace unos meses un funcionario de quinta. En 25 años nadie paró bolas. Ni Gaviria, ni Samper, ni Pastrana, ni Uribe I, ni Uribe II, Ni Santos I, ni Santos…

Véngase para acá, me dijeron. Escogí a un puñado de guerrilleros y puyamos el burro hacia el Sur. Teníamos que atravesar los tres ramales de la cordillera de Los Andes y llegar vivos hasta El Pato. Pasamos en canoa el río Patía y esperamos la noche para atravesar a pie la vía Panamericana. Durante tres días trepamos por la cordillera central, hasta que el Macizo Colombiano nos quedó a tiro de cañón. Mataron a Pablo, nos dijo un campesino en la Bota Caucana. Cuál Pablo, le preguntamos. El mafioso, nos contestó. Para los telenoveleros era el final. Para los que sabían de las andanzas de los Castaño y cía, era el comienzo. El comienzo de una sanguinaria alianza entre narcos, políticos y empresarios. Mientras, en los caseríos, la gente alistaba la ropa, la comida, los regalos, la música y el ron para la Navidad de 1993. Nosotros seguíamos errantes.

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Duramos unos días perdidos en el parque natural Cueva de los Guácharos. Para no morirnos de hambre cazamos un mono. Siguiendo el curso de una quebrada conseguimos salir al talón de la Bota Caucana, donde se forma la triple frontera de Cauca, Caquetá y Putumayo. Comenzaba la Amazonía. En adelante íbamos a toparnos con grandes extensiones de tierra plana cultivadas de coca. Podría decirse con toda seguridad que la economía del Caquetá y Putumayo dependía principalmente de la extracción del clorhidrato de coca. El 1º de enero de 1994 nos despertamos en un campamento del Bloque Sur de las FARC cerca a la Unión Peneya con la noticia de que en Chiapas, un movimiento indigenista y libertario se había rebelado contra el TLC firmado por el gobierno mexicano. El año, desde nuestra visión del mundo, comenzaba bien.

Luego de atravesar los ríos Caquetá, Orteguaza y Guayas arribamos a la región de El Pato. Habíamos caminado un poco más de tres meses para llegar hasta el lugar que el escritor Arturo Alape había mitificado a través de su opúsculo Las muertes de Tirofijo. Allí pasé días, meses. Mera vida campamentaria. Rutina, lluvia, trabajo, reuniones internas, más lluvia, lodo. Leía hasta la medianoche alumbrado con una vela, pensaba, tomaba notas. Cayeron en mis manos decenas de libros, entre ellos La Historia del Petróleo de Daniel Yergin (Premio Pulitzer 1992) un tratado de geopolítica de 1228 páginas que me hizo entender el mundo sin estrecheces ideológicas. Parecía, Bolañito, que no iba a volver a ver una mata de coca en mi vida. ¡Pero que va! El destino me llevó justo donde la coca era ama y señora: el Medio y Bajo Caguán.

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Aquello, Bolañito, parecía una de esas películas que recrearon la fiebre del oro en California, un pasaje extraído de una novela de Steinbeck o un relato de Jack London. Nunca en mi vida había visto un submundo tan frenético y emprendedor como el que presencié en el Caguán. La pereza no tenía cabida en esa región y menos en una empresa condenamente capitalista cuyo producto final iba directo a las narices de millones de gringos. Habían colonos que llegaron a esa selva en los años en que los liberales y los conservadores se mataban en el centro del país; aventureros que eran llamados sólo por apodos; campesinas pobres que puteaban por temporadas; fugitivos de quién sabe qué deudas o entuertos y un largo etectera de personajes que podrían inspirar a cualquier escritor de novelitas lumpen.

Pero la base social, Viejo Topo, de ese maldito negocio estaba integrada por miles de colombianos y colombianas provenientes de todos los bolsones de miseria del país que se reciclaban como cocaleros y raspachines en la selva amazónica. Esa fue la razón, Bolañito, que llevó a la guerrilla del Sur a ponerse de parte de los campesinos cocaleros. Cuando el gobierno anunció una operación a gran escala para erradicar los cultivos por la fuerza. Fue entonces, Viejo Topo, cuando recorrí cada uno de los caseríos y veredas de los ríos Suncilla y Caguán, tramando luchas. Ni en el bachillerato, ni en la universidad, ni en la Juventud Comunista, aprendí tanto sobre la geografía humana, la cuestión campesina  y la lucha social, como lo aprendido durante esa campaña en el Sur.

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Los únicos que estaban haciendo algo para sustituir la coca en el Caguán eran unos curitas italianos, que tenían los cojones y la mística de los cristianos que predicaban en la clandestinidad durante la era pagana del imperio romano. Jacinto y Rino, eran o son sus nombres. Impulsaron la siembra de cacao y caucho, crearon empresa, pero el gobierno de Bogotá no les brindó ayuda para que la cosa prosperara, en cambio enviaron al ejército para ocupar la región y las avionetas para que echaran glifosato. Así comenzó la operación “Conquista II”. Allí fue cuando me pegaron los tiros y me apresaron. Sabes una cosa, Bolaño. ¿Qué? Algunos líderes de las energéticas marchas de los cocaleros y el padrecito italiano me fueron a visitar a la cárcel en ese año de 1996 para ver cómo estaba. Esos “detallitos”, Viejo Topo, a veces se les olvidan a los “amigos” y “camaradas”.

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El destino, Bolaño, de nuevo el destino. Rodé por seis prisiones del país. Todas de alta seguridad. ¿Sabes a quién me encontré? ¿Con quién? Con la mayoría de los grandes capos del narcotráfico, con los sicarios de los “años de plomo”, con los políticos condenados por vínculos con los narcos, con los testaferros, en fin, con toda esa patota. Con las historias de todos ellos se podrían escribir montones de novelitas lumpen, en vez de las mentiritas de Netflix. Si me animo, Bolañito, escribo una tercera parte de esta novelita lumpen. Hasta pronto

Enlace en Revista SEMANA:

http://www.semana.com/opinion/articulo/una-novelita-lumpen-de-yezid-arteta/545110

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