En Los Mangos no hay mangos

Los presidentes son tercos. Los ministros de defensa también. Los militares entran en el juego

Flash-back. En las cabeceras del río Micay fue mi ceremonia de fuego. Cerca al corregimiento El Mango. Caía la tarde. Iba al mando de una comisión de guerrilla. Una exploración mal hecha. Una patrulla del ejército nos emboscó. Un guerrillero abatido.

Pronto oscureció. El destino nos echaba una mano. Más de una hora reptando como iguanas. A oscuras salimos de allí. Eso fue hace más de 30 años. Nada ha cambiado desde entonces. La guerrilla sigue allí. Un puñado de policías maldiciendo la hora en que los mandaron a esa ratonera. La gente tratando de cuidar el pellejo. Una guerra atascada. Empantanada. Sin salida por los medios armados.

El corregimiento El Mango, Argelia, queda en el cañón del río Micay. No hay un solo árbol de mango en la plaza. Un desfiladero profundo. Filos y grietas rocosas y vegetación enmarañada en los que la guerra convencional no aplica. Los presidentes son tercos. Los ministros de defensa también. Los militares entran en el juego a sabiendas de que allí, lo mismo que en muchas comarcas rurales del país, la raíz del problema es meramente estructural. A mediados de los ochenta el Plan Nacional de Rehabilitación (PNR) del presidente Virgilio Barco trató el problema y la región fue incorporada a las llamadas Zonas de Rehabilitación. La población se entusiasmó. La guerrilla también. La cosa terminó como terminan en Colombia la mayoría de las cosas gubernamentales: politización, burocracia, lenta ejecución de los recursos, paralización de los proyectos, asesinato de líderes locales y otras vainas más. Los gobiernos siguientes volvieron al maldito remedio de siempre: más soldados, más policías, más controles. Historia de un fracaso.

Compa, me dijo un sargento que comandaba una subestación de policía en Nariño, a estos lugares mandan a los que se portan mal o a los más huevones. Eran los tiempos de la frágil tregua pactada con el gobierno de Belisario Betancur. Mientras platicaba con el suboficial, los policías y guerrilleros que participaban de la singular reunión se carcajeaban a la sombra de unos yarumos. Caminé hasta ellos y les pregunté: eche, de qué se están riendo. De nada, de nada, contestó un guerrillero sin parar de reír. Así es en el puesto, comentó el sargento, no tienen nada que hacer más que echar chistes.

En el corregimiento El Mango y en muchísimas regiones de Colombia volvieron a rugir los motores de los aviones de combate. Los guerrilleros hostigan desde posiciones cubiertas y otros siembran trampas explosivas y vuelan tubos que trasportan crudo y torres de conexión eléctrica. En las plazas de mercado los lugareños tratan de dominar a las bestias encabritadas y los niños, con su proverbial inocencia, se divierten con los remolinos de arena que levantan las palas de los rotores de los helicópteros de los que saltan soldados lanzados al eventual combate y a la aleatoria muerte. No se trata, por supuesto, de una serie de actores y extras actuando en una ambiciosa producción cinematográfica.

Es probable que en comarcas como El Mango una parte de la gente esté con el gobierno de Santos, otra parte con el Polo Democrático Alternativo y alguna con el partido de Uribe y los conservadores. Es probable que una gente apoye al gobierno y otra a los rebeldes. Es probable que algunos se reclamen católicos o evangélicos o ni les van ni les vienen estos asuntos. Pero hay un asunto en los que hay acuerdo: no queremos esta maldita guerra. Es probable que lo sucedido en El Mango se vuelva un fenómeno in crescendo en el país. Las armas oficiales y rebeldes son un obstáculo para zanjar las diferencias políticas. La guerra como instrumento de lucha o instrumento contrainsurgente está agotado.

Puedo estar pensando con el deseo o exponiendo una idea subjetiva sobre el curso de los acontecimientos, pero creo advertir en los recientes comunicados de las FARC, las propuestas del expresidente Uribe sobre la continuación modulada de las negociaciones en La Habana y en la carta, en tono coloquial, del procurador Ordoñez a Iván Márquez, un deseo de encontrar una vía consensuada que siente las bases de un gran acuerdo nacional, estatal e internacional que permita a Colombia salir del pantano. Vidas Paralelas, el reportaje realizado por la periodista Martha Ruíz sobre la trayectoria del ex general Rafael Colón y el líder guerrillero Pastor Álape, es una muestra palmaria que, desde caminos diferentes, es posible alcanzar un acuerdo que erradique para siempre la puñetera violencia política que nos ha vuelto mierda.

Enlace en revista SEMANA: http://www.semana.com/opinion/articulo/yezid-arteta-davila-en-el-mango-no-hay-mangos/432652-3

 

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Uncategorized. Guarda el enlace permanente.