LA DESPRESURIZACIÓN DE LAS FUERZAS MILITARES

El tema de las Fuerzas Militares se ha vuelto intocable. Es como una especie de espada de Damocles a la que se teme porque hay el riesgo de acabar decapitado

El sargento Price alineó las miras de su rifle AR-15. El blanco aparecía borroso. Apretó el gatillo dos veces. El pecho y el cráneo de Vicar fueron atravesados. El sargento Price mató rebeldes en Irak sin que le temblara el pulso. Otra cosa era matar a Vicar, su viejo y enfermo perro San Bernardo que minutos antes le lamía la cara. Lo cuenta en su libro Nuevo Destino Phil Klay, un veterano de guerra.

¿Qué hacen y cómo se comportan los combatientes luego de terminar una guerra? Una buena pregunta para un país como Colombia, que aspira a terminar la suya. Un inquietante desafío. En estos tiempos de repliegue, el presidente Obama recomienda leer Nuevo Destino, las Short Stories escritas por Phil Klay, un veterano del Cuerpo de Marines que combatió en Irak. Con poco más de 30 años, el exmarine se ha convertido en una de las plumas más refinadas y aclamadas de Estados Unidos. Klay muele a golpes al lector. Le gusta el cuerpo a cuerpo. Sin mediadores. Sin paja. Un exsoldado que no deja nada oculto. Una especie de Bukowski que no se inspira en el alcohol sino en los recuerdos de una guerra que no pareciera tener fin.

Hay distintas lecturas acerca del relevo en el Ministerio de Defensa de Colombia. Cualquiera que sea la interpretación de la jugada de enroque ejecutada por el presidente Santos, hay un tema que los operadores políticos tradicionales y los medios colombianos eluden por interés, temor, chantaje o pereza intelectual: la desmilitarización de la sociedad colombiana.

El tema de las Fuerzas Militares se ha vuelto intocable. Es como una especie de espada de Damocles a la que se teme porque hay el riesgo de acabar decapitado. La desmilitarización de la sociedad no está asociada al tamaño de las Fuerzas Militares y menos en un país como Colombia en el que, con o sin conflicto, actúan potentes fenómenos criminales que por momentos han cooptado estructuras del Estado o simplemente lo han desbordado. La desmilitarización tiene que ver con el papel y el lugar de las Fuerzas Militares en una nación del siglo XXI que, de cara a la galería internacional, presenta credenciales democráticas.

Luego de 40 años de dictadura, la transición española consiguió, por medios estrictamente democráticos, que sus militares no se involucraran en el devenir político. Después de un dramático pulso con el gobierno civil, los otrora poderosos militares turcos fueron privados de su singular tutela sobre el poder civil. Los acuerdos de paz en El Salvador depuraron las Fuerzas Armadas y redefinieron su misión constitucional. Los militares chilenos entendieron en su momento que la transición democrática era irreversible. Las sociedades de España, Turquía, El Salvador, Chile, entre otras, hicieron suya la incuestionable idea de que el poder de los cuarteles no puede estar por encima del poder de las urnas, el poder de la ciudadanía.

Hay naciones con poco papel y mucha eficacia. Colombia es un país lleno de papel y poca eficacia. El papel dice que las Fuerzas Militares están sometidas al mando civil. Eso está escrito, pero nadie se lo cree. Prueba de ello es que un senador de la república hace campaña electoral dentro de los cuarteles. Los militares son usados en Colombia. Se dejan usar. El decoro militar queda al vaivén de los gobiernos. La única manera de evitar esta anomalía es que los militares tomen conciencia sobre su función dentro de la sociedad y tomen distancia del quehacer político. Llámenlo transición, repliegue o despresurización. Pónganle nombre a una asignatura que está pendiente.

Un astronauta pasa la mayor parte del tiempo flotando dentro de su nave. Los lubricantes de las articulaciones se vuelven un lastre biológico. Eso lo sabe el cerebro. Luego de un mes en órbita los astronautas empiezan a perder piel y las bolsas sinoviales. Las Fuerzas Militares de Colombia arrastran un lastre mental, aparte de las negociaciones de paz, del que vale deshacerse. En términos operativos los militares colombianos son ágiles, livianos, pero conceptualmente arrastran problemas y esos problemas los han llevado a más problemas. Problemas judiciales.

Las Fuerzas Militares tienen que abrirse hacia la sociedad y el mundo. Está bien que se enorgullezcan de sus destrezas, pero también sería bueno, profiláctico, que reconocieran las cosas mal hechas. Esa literatura militar que sólo hace eco a las gestas heroicas del pasado se vuelve obsoleta si no se detiene en escudriñar lo reciente. Por los textos de historia sabemos lo que fue la guerra contra Perú y qué fueron a hacer los soldados colombianos, entre esos un hermano de mi padre, en la península de Corea y bajo qué mando estaban. Pero la vida de los soldados en campaña se desconoce. Es una vergüenza que ciertos pasajes horribles de la guerra interna que vive el país se conozcan a través de los sumarios y no por boca de los mandos castrenses. Es tiempo de retirarle el oro a la píldora y tomarla cómo es.

Pienso que la intención del presidente Obama al recomendar a su país la lectura de Nuevo Destino, el libro del ex marine Phil Klay, es mostrar que en una guerra no todo es color de rosa y que los combatientes unas veces proceden como héroes y otras veces como canallas. Eso falta en Colombia. Conocer la parte canalla de la guerra. No se trata de juzgar sino de aprender a través de las voces de los propios soldados las cosas que se deben evitar.

A pesar de mis amigos antimilitaristas y anarquistas de credo, creo en un ejército profesional con misiones de soberanía y una policía bien remunerada que actué contra el crimen organizado y proteja, sin discriminaciones, los derechos de los ciudadanos. Colombia demanda de cara a la superación del conflicto armado unas Fuerzas Militares en las que todos, amén del credo político que cada uno profese, nos veamos representados y amparados. Para esto los militares deben poner de su parte. No basta un retoque en la jefatura del Ministerio de Defensa. Con un poco de agua se retira el maquillaje.

Coda: Antes fueron 11 soldados muertos. Hoy son 18 guerrilleros. Antes hubo repudio. Hoy hay celebración. ¿Qué opinan mis colegas columnistas de Semana y otros medios? ¿Una, dos o más tablas de valores para evaluar las dos matanzas? ¿Hay dos clases de carnaza en esta contienda bélica? ¿Hay una carne barata y una cara?

Enlace en revista SEMANA: http://www.semana.com/opinion/articulo/la-despresurizacion-de-las-fuerzas-militares-opinion-yezid-arteta-davila/428615-3

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