¿Barça o Junior? ¿Millos o Madrid?

Una de las formas que hoy emplean las nuevas generaciones para enfrentar tanta estupidez política es volviéndose radicales de los clubes locales

Empieza un curso para entrenar equipos de futbol, le sugerí a una amiga que no sabía qué hacer con su vida. El griego y el latín fueron lenguas francas en las épocas imperiales. El futbol es la lengua imperial de nuestro siglo. Hablas un solo idioma pero si aprendes a dirigir futbol puedes hacerte entender o conseguir empleo en cualquier lugar del globo, le dije a Meritxell.

Lo estoy pensando, me dijo hace unos días en un bar sport tachonado de enormes pantallas planas que  repetían una y otra vez el regate en el que Messi por poco le quiebra la columna vertebral al corpulento Boateng. Los camareros, latinos y pakistaníes en su mayoría, hacían chistes de la aparatosa caída del central alemán de origen ghanés.

Mientras espera a sus amigos en la puerta de un instituto de Manila, un chico de 13 años enciende su Smartphone y observa un video en el que aparece un grupo de niños corriendo detrás de un balón en un campamento de refugiados en Bangui, República Centroafricana. En casa, la abuela del chico, mira en el noticiero a un miembro de la resistencia iraquí armado con un Ak-47 que lleva un keffiyeh rojo en la cabeza, luce una camiseta blanca en la que se divisa el número 10 con el nombre de James y calza unas zapatillas Nike de las que no hay manera de saber si son originales o piratas.

Con estos frescos del siglo veintiuno quiero terciar en una polémica que he observado en las redes sociales colombianas. Mi paisano Alberto Salcedo, uno de los pocos cronistas que resisten con dignidad al previsible y anémico periodismo colombiano, dijo en El Heraldo de Barranquilla que “yo solamente he llorado por el Junior, jamás en la vida lloraría por el Real Madrid”.

Un barranquillero puede llorar por el Junior y sufrir por el Barça. No hay oposición. Confió y creo en mis raíces pero levanto la mirada y alcanzo a divisar otras fuentes de inspiración, lejanas y tan poderosas como las propias. Sucede en el futbol, la política, el amor, la literatura y el arte.

Recuerdo que en los setenta la selección absoluta de Colombia recibía goleada tras goleada y vivía del recuerdo de aquel gol olímpico que Marcos Coll le marcó a Lev Yashin, la mítica “Araña Negra” que defendía los tres palos de la difunta Unión Soviética. Entonces los junioristas íbamos por Brasil y los seguidores de Millonarios por Argentina. No por eso éramos apátridas.

La historia de los clubes locales fijaba nuestra elección internacional. Optamos por Brasil y Argentina puesto que por el Junior de los sesenta pasaron estelares brasileños como Dida, Quarentinha y Garrincha, y por Millonarios desfiló la flor y nata del futbol argentino de los cincuenta tales como Di Stefano, Pedernera y Rossi. Así era el cuento.

El cuento ahora es el mismo pero más planetario. Más espectáculo. Más televisores. Más tabletas y Smartphone. Más piratas cibernéticos.  Más alcohol. Más bares. Más locura. La figura del mero espectador es cada vez más difusa porque las imágenes de TV y los efectos visuales son tan milagrosamente reales que, no son pocos, los que prefieren ver el match en la pantalla que en el estadio. Por momentos no se sabe si estás en un estadio o con una gallada en la sala de tu casa.

La pantalla y el estadio. Dos momentos. En el estadio se vive un ambiente único a pesar de que no veas muy bien las acciones o te pierdas el gol del empate por estar mirándole el culo o las pelotas a alguien. En la pantalla se observan las jugadas mejor que en un estadio pero hay que tener muchísimo alcohol en la cabeza para sentir lo que se vive en una tribuna y con los jugadores a tiro de piedra.

Nada es igual que antes. Contra eso no hay remedio. El vintage y la moda retro alivia la nostalgia, pero nada más. Nos guste o no, es el mundo que tenemos. A la misma hora en que se jugaba el pasado clásico Barça-Madrid había, según la página oficial de los tiburones, 28.270 espectadores en el Metropolitano siguiendo el partido entre Junior y Millonarios. No está mal.

Una de las formas que hoy emplean las nuevas generaciones para enfrentar tanta estupidez política es volviéndose radicales de los clubes locales. Actitud que me parece bien porque asume lo local y lo vuelve identitario. Los Char, por ejemplo, son políticos sin identidad pero tienen al Junior agarrado en un puño. Los junioristas tienen la opción de separar el grano de la paja: por un lado el club como reafirmación barranquillera y los políticos con sus chequeras y sus negocios por otra.

Hablar de globalización es llover sobre lo mojado. Nadie se salva. Hasta los eremitas que viven en las cuevas tienen su Smartphone y una aplicación para llevar la cuenta de las limosnas que le entregan en la mano los engañados turistas. No son tontos. Gente de Harlem o musulmanes de la franja de Gaza lucen camisetas de Hugo Chávez como expresión de inconformidad. En una favela de Rio un chico sin camisa y con una gorra que lleva una estampa de Pablo Escobar dentro de una hoja de marihuana hace 21 con una pelota Adidas.

Son las fibras de paja que tenemos y con ellas hay que tejer el canasto o el sombrero. Queda la opción de tejer con fibras imaginarias. Nada es puro en este siglo. No hay porqué escandalizarse. Ningún tiempo pasado fue peor o mejor. Toda ideología que desconoce o cierra los ojos ante la tierra en la que debe poner los pies, está condenada a hundirse hasta la cabeza y morir sin testigos.

Camus, el escritor que me ha dado siempre la mano para no dejarme perratear por la vida y la injusticia, escribió para la revista France Futbol lo siguiente: “después de muchos años en que el mundo me ha permitido variadas experiencias, lo que más sé, a la larga, acerca de moral y de las obligaciones de los hombres, se lo debo al fútbol”.

Hay ocasiones en las que es mejor apagar la radio o la televisión e irse a la cancha de futbol del barrio. Los chicos del vecindario que andan por allí pateando el cuero saben de la vida y pueden revelarles a una ristra de políticos y magistrados – encorsetados en sus trajes e hipocresías – que sus actuaciones y fallos están pasados de moda.

Seguir en Revista SEMANA: http://www.semana.com/opinion/articulo/yezid-arteta-davila-bara-junior-millos-madrid/427609-3

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