De convictos, rebeldes y vainas parecidas

Yezid Arteta es un tipo particular. Condensa al revés un pensamiento famoso del poeta Roque Dalton: que la literatura arroja a muchos al camino de la guerra, con la esperanza de que algún día la guerra habrá de traer caminos mejores para la literatura. En efecto, al final de los noventa Arteta quién por entonces era un importante comandante de las FARC, fue herido en combate y quedó prisionero purgando más de una década de condena en diferentes cárceles del país. La reclusión solitaria le devolvió la serenidad para la escritura, pasión que cultivaba en la selva usando cuadernos de cartógrafo, batallando contra la humedad salvaje del trópico y los continuos cercos militares.

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De las cárceles salen los personajes de los textos que componen Crónicas de convictos y rebeldes. Al final es imposible definir si se trata de relatos o testimonios, ficción o cruda realidad, crónicas o cuentos. O todo lo anterior junto.

Con una prosa tajante, que abunda en figuras y giros duros, cortante como los improvisados cuchillos de vidrio que se empuñan en los patios de las penitenciarias, Arteta parece cualquier cosa menos un escritor nacido en el Caribe, más cuando notamos la ausencia total de exageraciones y coloquialismos. Un poco como Tomás González, se trata de un estilo frío, preciso y sencillo. Aunque conserva el estilo desparpajado de los costeños, por el increíble fatalismo con que aborda sus temas Yezid parece contagiado para siempre con la nostalgia del sur, justamente la zona del país donde caminó con un fusil al hombro tantos años.

Los relatos, desprovistos de una intencionalidad militante o panfletaria, se recrean en contar la vida carcelaria con sus matices tenebrosos, también con sus solidaridades o pequeños milagros. Desde el campesino preso por una confusión arbitraria entre militares, jueces y guardianes, hasta la vida y muerte de dos pobres diablos que por circunstancias completamente opuestas acaban matándose entre sí a varillazos y puñaladas rodeados de presos indolentes, porque el destino les colocó en lugar equivocado a jugar con unas reglas inhumanas. Viene la historia alucinante de un párroco incapaz de mostrarse resilente ante la cloaca de miseria moral que se cocina en la prisión, delirante de locura, delirante de justicia, con seguridad los verdaderos criminales andan afuera, o el relato de la mujer que pasa sus horas y sus caricias con un miserable de la celda de aislamiento, para salir luego a codearse con la más alta aristocracia capitalina.

Yezid juega limpio y muestra sus armas desde el principio, a diferencia del guerrillero que fue, emboscando y atacando con recelo, quizá aprendió en los penales que guardar sorpresas es casi siempre inútil en la narrativa, por eso desde el primer suspiro anuncia la tragedia, que no por ello es menos sorprendente al concluir los relatos, pues su magia está en la anécdota y la forma de desenvolverla. Buscar impresiones de último momento suele ser un recurso bastante mediocre. Y es que en las prisiones, salvo rarísimos casos, todo convicto conoce con exactitud la fecha precisa de su condena, el final más o menos claro de su propio cuento. Lo duro será contar uno a uno los años, las semanas, los días, las horas, los segundos.

Enlace del portal TRAS LA COLA DE LA RATA:

http://www.traslacoladelarata.com/2014/09/06/de-convictos-rebeldes-y-vainas-parecidas/

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