EL ACTO DE MATAR

Qué pensará un espectador colombiano sobre el exterminio en Indonesia cuando lo qué ha visto y vivido en su propio país ha sido igual o peor que aquello.

Por. Yezid Arteta Dávila

http://www.semana.com/opinion/articulo/the-act-of-killing-opinion-yezid-arteta/360563-3

La convención de Ginebra puede ser la moral de hoy pero mañana tendremos la Convención de Yakarta y tiraremos la Convención de Ginebra, vocifera Adi Zulkadry mientras conduce su auto y un camarógrafo le filma. Zulkadry es un verdugo que torturó y asesinó a millares de indonesios acusados de com unistas durante la dictadura de Suharto.
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Sin el menor gesto de culpa o remordimiento cuenta sus canalladas. Los vencedores deciden qué es un crimen de guerra – el verdugo mira hacia el lente de la cámara – soy un vencedor así que yo decido.
La escena quedó registrada en The act of killing (2012), un documental danés ganador de varios galardones y dirigido por el tejano Joshua Oppenheimer. No he visto un film tan potente, surreal y aterrador en la última década, afirmó el laureado director Werner Herzog. Para un espectador norteamericano o europeo la vida sigue igual luego de los 115 minutos que dura la cinta.
Qué pensará un espectador colombiano sobre el exterminio en Indonesia cuando lo qué ha visto y vivido en su propio país ha sido igual o peor que aquello. Es probable que ni siquiera se inmute o le parezca una ópera bufa lo que ve en la pantalla porque su cerebro ha terminado por asimilar y banalizar la barbarie.
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La periodista Nubia Rojas contó en esta revista que fue a ver el documental en la Universidad Central y se asombró de la apatía de los estudiantes y cómo muchos de ellos se distraían con sus Smartphone mientras en la pantalla aparecía un gánster orgulloso de haber violado niñas de catorce años acusándolas de comunistas.
La violencia anticomunista en Colombia dejó un rastro sangriento. No hay que ir hasta Yakarta para conocer los expedientes que cuentan con pelos y señales las brutales masacres que se perpetraron en la Costa Atlántica, Antioquia, Cauca, Meta…en fin.
En Colombia se cargaron a unos cuantos miles de comunistas. El periodista Roberto Romero Ospina documentó 1598 miembros de la Unión Patriótica exterminados en un poco más de diez años. (Véase Unión Patriótica. Expedientes contra el olvido).
¿Quién es el vencedor de la guerra que aún padece Colombia?
Preferiría que nadie se abrogara la victoria a fin de evitar un relato rectilíneo sobre los orígenes y el discurrir de la violencia colombiana. Me inclino por un relato escrito a cuatro manos: el Establecimiento y sus fuerzas armadas, la guerrilla, los escuadrones paramilitares y las víctimas. Así evitamos que en el futuro un hombre o una mujer fanfarroneen ante la televisión por haber exterminado a pedradas y garrote a una comunidad indefensa o desmembrado el cuerpo de un crío frente a unos padres aterrorizados.
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El Centro Nacional de Memoria Histórica entregó al Presidente de la República y al país el Informe General de Memoria y Conflicto, titulado ¡Basta ya! que, no cabe duda, es un aporte para entender el conflicto colombiano, pero no es suficiente. Más recientemente observamos como el narrativo del conflicto colombiano ha quedado en manos de los guionistas de seriados de televisión quienes han hecho lo que les ha venido en gana con la realidad del país.
Hay que preguntarse las razones por las cuales un muchacho llamado Pedro Antonio Marín, aserrador y negociante de quesos y con apenas cinco años de primaria cursados, se convertiría años después en Manuel Marulanda Vélez y máximo líder de una de las guerrillas más grande del mundo. ¿Cuándo y porqué causas un campesino liberal se hizo guerrillero? ¿Cuándo y porqué este guerrillero liberal se pasó al bando de los comunistas?
La guerra se hace con armas y el objetivo es producir daño al enemigo. La guerra revolucionaria también provoca perjuicios y quienes no la han vivido consiguen creer que se puede hacerla sin usar la violencia. Hay que decir con honestidad que la violencia revolucionaria también trajo drama y dolor en Colombia.
Desde las FARC hasta Barack Obama reconocieron recientemente  la belleza moral de Nelson Mandela. Fue el propio Madiba, como lo llaman en Sudáfrica, quien dijo a los suyos y los otros que no quería ser presentando de forma que se omitieran los puntos negros de su vida. Mandela reconoció haber enfrentado con violencia la violencia del apartheid.
Los conflictos internos, largos y brutales como el nuestro hay que cerrarlos de la mejor forma posible. Evitar las simulaciones y la hipocresía. Asumir responsabilidades individuales y colectivas. Sin espectáculos mediáticos, sin morbosidad. Hay que eludir el móvil de la venganza y priorizar el esclarecimiento de los pasajes más escabrosos de un enfrentamiento terriblemente cruel.
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Anwar Congo, con su pinta de músico caribeño y gafas de bacán de barrio, hace una demostración frente al camarógrafo de la forma como ahorcaban a los acusados de comunistas en Indonesia. Rodeaba la garganta de su víctima con un alambre fijado a una viga y luego halaba la otra punta mediante un madero hasta matarla. Esto lo hacíamos, sonríe, para evitar que la habitación se inundara de sangre y los malos olores. Al final Congo vomita, asqueado, atormentado por las almas que llevó hasta la piedra de los sacrificios.
The act of Killing (El acto de matar) debería proyectarse en los cuarteles militares, en las universidades y colegios, en las cárceles, en las oficinas estatales. Deberían verlo y comentarlo los directorios políticos de derecha e izquierda, los congresistas, los magistrados y jueces, los educadores, los periodistas, los curas, las iglesias, los negociadores de la guerrilla y el gobierno…hasta llegar a nuestra realidad y comprender cuál ha sido el camino que Colombia ha recorrido en las últimas décadas…hasta encontrar un camino distinto…sin sangre.
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