LAS MUCHAS VIDAS DE YEZID ARTETA

Las muchas vidas de Yezid Arteta

Autor: Felipe Villa

Enlace : http://pipevilla.wordpress.com/2013/06/03/las-muchas-vidas-de-yezid-arteta/

El 4 de marzo de 1939, al amparo de una playa retirada de Barcelona y tras un juicio sumarísimo de unos cuantos minutos en el que apenas le permitieron el derecho a la palabra, el granjero catalán Joan Codina Fradera cayó fusilado por un pelotón de tropas franquistas. Pocas horas después, su cuerpo fue transportado hasta el cementerio de Montjüic y arrojado desde lo alto de un peñasco. Abajo, en el lugar conocido como el Fossar de la Pedrera, le esperaban centenares de cadáveres más. Dicen los entendidos que cerca de cuatro mil personas siguieron el mismo itinerario mortuorio desde 1939 hasta 1952. A sus familias les comunicaban el deceso por causas naturales. “Hemorragia interna”, consta en el certificado de defunción de Joan Codina.

Yezid en marcha

Yezid Arteta en una manifestación organizada en Barcelona por la paz en Colombia.
Foto Isabella Antonelli

Setenta y cuatro años después, la mañana del 17 de marzo de 2013, en esa misma fosa donde apilaron los cerca de cuatro mil cadáveres y que hoy es un lugar emblemático en honor a las víctimas de la dictadura franquista, un grupo de unas cuarenta personas protagonizamos un acto simbólico por la paz de Colombia y la resolución de su conflicto a través del diálogo. Mientras un equipo audiovisual nos enfoca con sus cámaras de televisión, aprovecho para alejarme unos pasos y observar la veta de la ladera por la que arrojaban los cuerpos. Unos treinta metros desde la cima hasta la caída, al mismo nivel en que nos encontramos nosotros. ¿A cuántas de esas víctimas recién fusiladas habrán despeñado aún con vida?, me pregunto.

Regreso al grupo, entre los que está Yezid Arteta, asilado político, ex guerrillero y ex comandante del frente 29 las FARC hasta su captura, en 1996. Gorro de lana gris y chaqueta impermeable que le protegen del frío y de la tenue llovizna invernal, Yezid sostiene con la ayuda de dos compatriotas una pancarta de tela blanca en la que se lee “Colombia en pau” –Colombia en paz, en catalán–.

Yezid no es un invitado más en este acto simbólico: es uno de sus organizadores y principales impulsores. De hecho, sin su participación la convocatoria quizá no hubiese reunido a más de diez personas. Desde que llegara exiliado a Barcelona, Yezid asiste como invitado a centros universitarios, conferencias y charlas donde expresa su convicción de que el diálogo es la salida más sabia –si no la única– del conflicto que atenaza a Colombia. Mientras lo observo entre sus compatriotas, sosteniendo la pancarta, me pregunto por qué alguien que –movido por sus ideales políticos– cargó con un fusil durante más de trece años rastrillando las selvas del país, organizando emboscadas, huyendo y persiguiendo a la vez al enemigo, arriesgando la vida en cada combate, a cada paso de su vida diaria, ¿por qué ahora es un impulsor ferviente de la paz, que organiza caminatas pacíficas, que intenta convencer a sus interlocutores de que no hay más remedio que el diálogo y que escribe extensos ensayos sobre escritores antibelicistas?

El ADN barranquillero

Dos semanas después de aquel acto me cito con Yezid en una plaza de la Barceloneta, mítico barrio de Barcelona a orillas del mar Mediterráneo. Llego diez minutos tarde y resulta inevitable hablar de la puntualidad. Él, con un marcado acento caribeño que no ha perdido ni la frescura ni el desparpajo, me suelta: “viejo man, un minuto tarde en la clandestinidad podría pagarse caro”. Con esa frase, cargada de un simbolismo tan crudo como certero, Yezid echó por tierra la estructura de la conversación que yo traía en mente. De golpe ya no quise conocer su opinión sobre el actual proceso de paz y la situación política en Colombia, sino los pormenores de su clandestinidad, de su enrolamiento, de su vida antes de la lucha armada.

No fue difícil: a los pocos minutos, sus palabras, que delatan interminables horas de vigilia literaria, ya desprenden el sabor de la sal caribeña. Habla sobre Juan de Acosta, pueblo natal de su padre; sobre Mompox, donde su madre inició una larga vida dedicada a la docencia, y en especial habla del barrio El Carmen de Barranquilla, donde él se crió.

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Acto simbólico organizado en el Fossar de la Pedrera, en Barcelona, por Colòmbia en pau.
Foto Felipe Villa

Mediaban los años sesenta. El movimiento hippie en Barranquilla no era más que un espejismo difuso entre la reverberación de la eterna canícula caribeña. Las ideas comunistas, en cambio, calaban con mayor rigor gracias a la vitalidad de los movimientos estudiantiles.

La rebeldía estudiantil

De la mano de un familiar paterno y como quien no quiera la cosa, Yezid ingresó una tarde de aquellos años a una conferencia comunista en un local frente a las Residencias Caldas. El expositor, Jorge Salazar, diseccionaba con precisión de cirujano los intríngulis y repercusiones del conflicto chino-soviético. “Fue el punto de quiebre en mi vida –confiesa Yezid–: el lenguaje del comunismo, inquebrantable, preciso y vehemente, abrió todo un universo ante mis ojos”. Tanto le impactó aquella jerigonza efervescente que esa misma tarde firmó su afiliación a las Juventudes Comunistas, donde al poco tiempo fue elegido responsable de propaganda.

Al iniciar sus estudios de Derecho en la Universidad Libre de Barranquilla, con 17 años, Yezid Arteta no sólo era un miembro activo del Partido Comunista Colombiano, sino un devorador de libros y manifiestos izquierdistas. Su apego a la ideología de la igualdad social fue tan apasionada que antes de acabar el primer año de carrera sus compañeros ya le habían elegido representante estudiantil, y al poco tiempo las Juventudes Comunistas lo enviaron a Yugoeslavia y la antigua URRS para fortalecer sus conocimientos políticos. Quizá fue ese el pistoletazo de salida hacia una carrera sin retorno que acabaría convirtiéndolo, a corto plazo, en uno de los líderes estudiantiles más activos en la Barranquilla de principios de los 80, y a mediano plazo en uno de los comandantes guerrilleros con mayor proyección a principios de los noventa.

Pero quedaban aún muchos recodos en el camino de aquel efervescente estudiante de derecho. No se llega a la comandancia de una de las guerrillas más antiguas del mundo con el único aval de ser un entusiasta líder estudiantil.

Protestas, detenciones y autoformación política se intercalaron con los libros de abogacía, sobre todo al retomar su carrera de derecho en la Universidad del Atlántico, donde trabó amistad con personajes que habrían de destacar en el ámbito nacional, como José Antequera. Sin embargo, llegó el momento en el que las luchas estudiantiles dejaron de tener sentido para Yezid. Él mismo lo recuerda: “de golpe me embargó la impresión de que era un camino estéril si pretendía cambiar las cosas”. Fue entonces cuando comenzó a rumiar la posibilidad de la lucha armada. “O eso –continúa–, o dejarme engullir por el stablishment”.

Tres elementos acabaron empujándolo a la clandestinidad: la victoria sandinista en Nicaragua, las primeras ofensivas en El Salvador y el libro La montaña es algo más que una inmensa estepa verde, del político, escritor y guerrillero nicaragüense Omar Cabezas. “Un libro que significó un estímulo infinito para la lucha armada en América Latina”, sostiene Yezid.

¿M19 o FARC?

1983. Una fría mañana de diciembre, Yezid espera en una cafetería, previamente convenida, del centro de Bogotá. Puntual como la puerta de un banco, aparece el hombre que habría de adentrarlo a la montaña y conducirlo a su primer campamento guerrillero. La decisión estaba tomada, las FARC, un movimiento que por aquel entonces no luchaba contra el desprestigio de hoy, porque el secuestro, el narcotráfico y los ataques a la población civil aún no envolvían su columna vertebral. “La gente me pregunta por qué no me enrolé en el M-19, una guerrilla más acorde con mi carácter, más urbana y desenfada. Yo en ese momento no dudé de que las FARC, por su racional estructura marxista comunista, era lo mío”.

Yezid recuerda casi cada detalle de aquella mañana en que llegó por primera vez a un campamento de las FARC. “¿Cómo lo voy a olvidar? Ese mismo día conocí a Manuel Marulanda. Para mí fue un impacto tremendo estrechar la mano de alguien que por aquel entonces era un mito para los revolucionarios del mundo entero, alguien a quien el propio Che Guevara había dedicado palabras de admiración en medio de un discurso”.

En Venezuela, Jaime Lusinchi ganaba las elecciones presidenciales; en Argentina, Alfonsín asumía la Presidencia tras nueve años de Dictadura Militar, y en Chile, el Frente Patriótico Manuel Rodríguez iniciaba sus actividades con un sabotaje eléctrico a nivel nacional. El costeño recién enrolado a la guerrilla, Yezid Arteta no habría de enterarse de ninguna de estas noticas porque el vasto y complejo universo rural colombiano lo engulló, aislándolo de la realidad y del ajetreo urbano.

Atrás quedaron la familia y los amigos, el bullicio barranquillero y las refriegas estudiantiles. Delante quedaba una vida de clandestinidad, de fusil, de guerra, emboscadas, huida, de contacto directo con la muerte –“enterré a muchos conocidos y amigos”–, de sacrificio, monotonía y también de luchas internas, “de saber si estás haciendo lo correcto, porque llega un momento en el que te das cuenta de que la lucha armada se vuelve una monotonía; y en un conflicto tan dilatado como el colombiano llegas a perder de vista la meta final, que es tomar el poder para cambiar las cosas”.

En julio de 1996, doce años y seis meses después de estrechar por primera vez la mano de Manuel Marulanda, Yezid Arteta cae herido en combate contra fuerzas especiales del Ejército en Remolinos del Caguán, Caquetá. El Gobierno se congratula por su captura. No es un guerrillero raso cualquiera, ni un estudiante febril organizando manifestaciones en las calurosas calles de Barranquilla, es el ex comandante del Frente 29 de las FARC, uno de los más escurridizos de esa agrupación guerrillera, un caribeño pertinaz que llevaba doce años y seis meses en primera fila de guerra, cortando selva junto a otros combatientes, enfilando montaña, hablando con campesinos, conociendo la realidad del país, de ese otro país, el marginado, el de los niños hambrientos que se lanzaban a relamer las hojas de jibao con las que los guerrilleros envuelven la panela; pero también el país de la naturaleza exuberante, abrumadora, paradisíaca.

Darrell Standing caribeño

Tras la detención, vino la etapa más dura: diez años de prisión –en diferentes cárceles del país–, de los cuales los cuatro últimos debió sufrirlos en régimen de aislamiento: 23 horas diarias encerrado en una celda de tres metros por cuatro. “Doce metros cuadrados de libertad, mi hermano”. Esto me lo cuenta Yezid en nuestra última entrevista, paradójicamente sentados en una playa frente al mar Mediterráneo, que se abre imponente a nuestra vista. “¿Qué hacía en esa celda? Pensar y leer, pensar y leer. Mi familia y mis amigos me enviaban paquetes de libros que yo devoraba como si fueran dulces. Era la única forma de sentirme vivo”. Pienso en El vagabundo de las estrellas, de Jack London, y se lo digo. “No la he leído –me confiesa él–, aunque es uno de los escritores norteamericanos que más me atrae”. Le cuento que el personaje principal de la novela, Darrell Standing, es un convicto de la cárcel San Quintín que sufre como castigo el uso de una camisa de fuerza. Esta inmovilidad le permite enfocar todo el esfuerzo de su mente en revivir sus vidas pasadas.

Doy por finalizada la entrevista y enfilamos hacia el barrio de la Barceloneta. El mar se mece apacible a nuestras espaldas. Luego de despedirnos me percato de que este tipo cincuentón, de entrecejo fruncido, de labia suelta y precisa, es una especie de Darrell Standing caribeño, porque las vidas que ha vivido no parecen pertenecer a la misma persona. El mismo joven que fue una promesa del baloncesto en el departamento del Atlántico fue también líder estudiantil de dos universidades diferentes, comandante de la guerrilla más antigua de Latinoamérica, convicto durante diez años, Presidente de la mesa nacional de trabajo de los presos de Colombia, y hoy, a nueve mil kilómetros de distancia, es un columnista y escritor a punto de publicar su cuarto libro y un abanderado comprometido con la Paz en Colombia. Aún ahora, cuando me dispongo a poner el punto final de esta crónica, no sé cuál de todos ellos es en realidad Yezid Arteta. No es descabellado pensar que Jack London, en uno de sus arrebatos literarios, hubiese escrito que Arteta era la reencarnación de Joan Codina, aquel granjero catalán que murió por sus ideales en una playa de Barcelona el 4 de marzo de 1939, y más aún si se hubiera enterado que durante 24 años -desde 1983, cuando se enroló a la guerrilla internándose en la selva colombiana, hasta el 2007, cuando aterrizó como refugiado político en Barcelona- Yezid Arteta nunca vio el mar.

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