20 AÑOS, 10 AÑOS: DE EL SALVADOR AL CAGUÁN

Yezid Arteta Dávila, ex militante de las FARC y ex prisionero político, actualmente investiga y trabaja en Europa por la paz de Colombia. Arteta escribe para Nuevo Arco Iris una reflexión sobre lo que significó El Caguán y  como esa experiencia, así como la de la negociación salvadoreña, que cumple 20 años, le dejan lecciones a la Colombia de hoy.

El pasado 16 enero se celebraron los 20 años de la firma de los Acuerdos de Chapultepec que permitieron el fin de la guerra en El Salvador. El 20 de febrero se cumplieron 10 años de la reanudación formal de la guerra en la totalidad del territorio colombiano luego de que el gobierno y las FARC no encontraran el camino hacía la paz durante las conversaciones del Caguán. Mientras que en la cintura de América un acuerdo pactado entre el gobierno derechista presidido por Alfredo Cristiani y la guerrilla del FMLN permitió alcanzar un punto de convergencia para salir de la guerra, en Colombia por el contrario, la falta de un acuerdo entre el gobierno conservador de Pastrana y los insurgentes de las FARC llevó nuevamente al país hasta la puerta de entrada a la guerra. Dos historias recientes en un mismo continente sucedidas al final de un milenio y el comienzo del otro.

¿Hubo un proceso de paz en el Caguán? No, rotundamente, no. Por supuesto que hubo una ronda de conversaciones entre los representantes del Estado y los rebeldes que demoró un poco más de 3 años, pero nunca existió de manera formal o metodológica lo que comúnmente se conoce como “Proceso de Paz”. A rasgos generales los “Procesos de Paz” están subordinados a un calendario acordado previamente por las partes. Una revisión escrupulosa de la documentación acuñada en el Caguán prueba de forma objetiva que el salto cualitativo no se consiguió: el inicio de un “Proceso de Paz”. Sin embargo, hay que dejar claro que las partes suscribieron algunos acuerdos de carácter humanitario y definieron los ejes temáticos de una eventual negociación, pero estos logros conseguidos en un ambiente enrarecido por la ausencia de un alto al fuego en toda la geografía nacional no trajeron una perspectiva de paz más o menos clara.

“En una mesa de negociación no se discute la revolución sino lo posible” escuché decir a la diputada Nidia Díaz, quien hizo parte de la comandancia del FMLN y suscribió los acuerdos de paz en El Salvador. Qué es lo posible en las actuales circunstancias del conflicto colombiano es una buena pregunta para el Estado, los alzados en armas y los diferentes segmentos de la sociedad colombiana. La guerra tiene un costo y la paz también. Por tanto el gobierno debe sacar sus cuentas y determinar si el esfuerzo bélico que, cobra la vida a medio millar de militares y más de dos mil heridos cada año, amén de que absorbe incalculables recursos de la nación, permitirán superar el conflicto por esta vía o simplemente se condenará a la generación de hoy y a la de mañana a amoldarse a una guerra geográficamente distante de los centros neurálgicos del país, pero con un grado de letalidad igual o peor de la que se libra en las áridas montañas de Afganistán. Las jefaturas guerrilleras por su parte deben evaluar hasta qué punto el capital organizativo y operativo que, aún conservan en el mundo rural colombiano, se puede transformar en un proyecto sociopolítico legal que abra el horizonte de la izquierda colombiana o por el contrario continúan aplazando las decisiones y sólo se ocupan de conservar sus propias tropas en el espacio marginal que brinda la selva, cuando en el presente y en el futuro de Colombia la gran contienda política y las decisiones relevantes sobre el rumbo del país se están puntualizando en las grandes conglomeraciones urbanas. De otro lado, para los diversos segmentos sociales que han sufrido en carne propia los efectos devastadores de la guerra, el inicio de un proceso de paz les traerá obviamente más dividendos que perdidas, más aún si estos se involucran activamente en una negociación posible.

El hecho de que las conversaciones del Caguán no hayan desembocado en un acuerdo de paz, no es razón para dejar que las bocas o el poder de fuego se encarguen de enderezar las cosas. En la guerra no hay certezas y resulta peregrino confiar la suerte del país a lo que puedan hacer unos hombres con sus rifles de asalto. De nada sirven las condenas absolutas a lo hecho o deshecho en el Caguán si a cambio no se proponen alternativas de cómo cerrar el capítulo de la guerra en Colombia. En estos diez años han sucedido hechos importantes en el campo operativo con algunas consecuencias de carácter estratégico que son relativos si se colocan en el ámbito de lo que, en lenguaje militar, se conoce como “derrota” o “victoria”. Estos dos conceptos no están aún claros en el conflicto colombiano y los balances sobre lo que ha sucedido en los últimos tres años en el teatro de la guerra, no muestran una significativa disminución de las acciones bélicas que hagan pensar en una “victoria” o una “derrota” en los próximos años.

Un eventual proceso de paz en Colombia sólo es posible que avance y fructifique siempre y cuando se aleje de los extremos y los maximalismos. Lo único que parece estar más cerca de la realidad, por experiencia propia y ajena, es que la paz en Colombia no terminará con una parada militar victoriosa efectuada por las fuerzas gubernamentales o los rebeldes, sino en una mesa de negociación.

http://www.nuevoarcoiris.org.co/sac/?q=node/1419

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