MÉXICO Y COLOMBIA: UN MISMO DRAMA CON DISTINTOS ACTORES

MÉXICO Y COLOMBIA: UN MISMO DRAMA CON DISTINTOS ACTORES

Autor: Yezid Arteta Dávila

El presente artículo fue publicado por el portal  NUESTRA APARENTE RENDICIÓN, dirigido por la escritora Lolita Bosch en colaboración con un grupo de intelectuales de latinoamericanos que resisten mediante la palabra y el decoro la violencia que estremece a México.  

Hace 11 años conversaba con quien fuera uno de los cinco narcotraficantes más poderosos del siglo veinte. Platicábamos mientras recorríamos de ida y vuelta los treinta metros de uno de los dos patios del Pabellón de Alta Seguridad de la penitenciaria “La Picota” de Bogotá.  Mi interlocutor cumplía una condena por narcotráfico mientras que yo lo hacía por el delito de Rebelión Agravada.
– El Tráfico de cocaína es una actividad económica como cualquier otra del capitalismo – me dijo aquel hombre que para ese entonces adelantaba estudios de filosofía a distancia a través de una prestigiosa universidad privada.

Su comentario no se me hizo extraño puesto que en el mismo pabellón de “La Picota” se encontraban recluidos más de una veintena de jóvenes pertenecientes a una nueva generación de narcotraficantes muy ricos que estaban a la espera de ser extraditados a los Estados Unidos, los cuales tenían más trazas de ejecutivos de una entidad financiera que de temibles gángsters, tanto así que la mayoría de ellos ni siquiera conocían físicamente la cocaína, pues su participación en el negocio era básicamente una operación mercantilista o bursátil. Mientras que la mayoría de los primeros capos del narcotráfico en Colombia se iniciaron en el negocio como “raspachines”[1] en los plantes de coca, “químicos”[2] o “caleteros”[3], los integrantes de las generaciones posteriores procedían de capas medias ilustradas que ambicionaban fortuna y los lujos que de ella se derivan.

México pasa por uno de los momentos más violentos de su historia como consecuencia de la decisión del gobierno presidido por Felipe Calderón de aniquilar mediante el poder de las armas de la república a las organizaciones dedicadas al narcotráfico, las cuales – por supuesto – defienden su negocio a sangre y fuego. La “colombianización” de México, predican buena parte de los analistas que siguen los sucesos; un comentario inspirado en una lucha parecida que libró el Estado colombiano contra el impresionante Cartel de Medellín que, dirigido por Pablo Escobar, aceptó el reto y motivó a sus sicarios para que llevaran la “guerra” hasta las oficinas y viviendas de la dirigencia del país.
La culpa de México es tener de vecino a los Estados Unidos, el mayor consumidor de cocaína del mundo. La culpa de Colombia es contar con unos suelos que posen las condiciones fisicoquímicas para el cultivo de coca y un conflicto interno que facilita la producción en regiones que el Estado no puede controlar. Colombia, México y Estados Unidos, tres países unidos por el “destino manifiesto”: producción, tráfico y consumo de cocaína. En este drama de naciones, México y Colombia poseen unos patrones comunes: corrupción política, amplios bolsones de miseria, segmentos de los organismos policiales que reciben un paga de los narcotraficantes superior a la que reciben del Estado, millares de jóvenes de vida callejera que poco les importa matar al que sea a cambio de unos pesos…en fin, Colombia y México, dos países en los que sus sucesivos gobiernos no han demostrado a lo largo de la historia republicana la menor autocrítica por las muertes violentas que, a su sombra, ocurrieron en el pasado.
– Al principio cobráramos por cada “vuelta”, por cada policía que matábamos o cada coche bomba que colocábamos en las oficinas gubernamentales o en los centros comerciales – decían los sicarios de Medellín que conocí en distintos penales de Colombia mientras purgaba mi condena – luego empezaron a acorralar al “Patrón” (Pablo Escobar), entonces decidimos hacer las mismas “vueltas” pero sin cobrar un solo peso, lo hacíamos por “la causa”.
Cuando observamos y escuchamos los reportes sobre las balaceras, las degollinas y los asesinatos masivos y selectivos que suceden en México, no hay que perder de vista los comentarios que sobre “la causa” hacían los muchachos al servicio del Cartel de Medellín, quienes fueron envejeciendo en las prisiones colombianas y aún siguen inquietos en sus celdas observando por los noticieros de televisión, que en las calles y los montes del país unos chicos – algunos pueden ser sus hijos – continúan haciendo las “vueltas” que en el pasado ellos ejecutaban. Vale preguntarse: cuántos narcotraficantes y asesinos han muerto en México en este lustro y cuántos más han recogido el testimonio para proseguir “su causa”.

Las guerras convencionales e irregulares por regla general finalizan mediante un acuerdo entre las partes. Las “guerras contra el narcotráfico” – si es que esto puede llamarse guerra – tienen comienzo pero nunca un final y Colombia es un paradigma de esta cruel realidad. 1200 colombianos extraditados a los Estados Unidos en los últimos 13 años, centenares de muertos y capturados en los operativos y redadas policiales, miles de inocentes y “culpables” muertos en las vendetta entre grupos vinculados al negocio. A pesar de estas cifras la “guerra contra el narcotráfico” en Colombia no ha servido para un comino: cada año salen toneladas de cocaína cristalizada desde territorio colombiano hacia los cuatro vientos. México, no será la excepción de esta absurda “guerra contra los narcotraficantes”.Esta manera represiva de combatir al narcotráfico es similar al cuento del “Gallo Capón”, inmortalizado en la obra de García Márquez: un cuento que nunca se acaba. No es casual que César Gaviria, el presidente colombiano que dirigió la persecución y caída de Pablo Escobar, dieciséis años después de la muerte del capo, haya llegado a la conclusión con sus ex homólogos Ernesto Zedillo – vaya coincidencia mexicana – y el brasileño Fernando Henrique Cardoso, que la represión contra el narcotráfico es una lucha que va a ninguna parte.

1] Nombre con el que se conocen en Colombia a las personas encargadas de recolectar – raspar – la hoja en los cultivos de coca.

[2] Encargados de aplicar los insumos químicos para extraer el clorhidrato de cocaína.

[3] Cumplen la misión de esconder y proteger los alijos de coca que posteriormente son enviados al exterior.

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