EL DINERO NUNCA HA HECHO NADA BONITO

 

 “EL DINERO NUNCA HA HECHO NADA BONITO, EL SER HUMANO SÍ”

 Autora: Lolita Bosch

 

Me fui de Nueva York la tarde en que estaban deteniendo a 700 manifestantes en el Puente de Brooklyn. No pude participar de aquella acción, así como tampoco tuve la oportunidad de escuchar a Michael Moore ni la lectura de la carta abierta que había mandado Noam Chomsky. Pero sí pude pasear por el escenario de resistencia pacífica y hablar con algunos de los miembros que lo estaban manteniendo a flote. Vi pancartas increíblemente ingeniosas, dejé un testimonio y marché por Wall Street contra el asesinato de Troy Davis. Of course. Y como sucedió aquí: fue emocionante. Aunque allá: sorprendente. Conozco Nueva York. Hace tiempo viví dos años en Philadelphia y viajaba a Nueva York a menudo. Y desde entonces he podido ir en varias ocasiones. Tengo amigos, he trabajado en la ciudad y me entiendo con las ciudades cosmopolitas americanas. Me hacen sentir bastante en casa. Así que de Nueva York sé que tiene un carácter desenfadado que se ha vuelto increíblemente amable tras los atentados del 11S. Sé que hay un sentimiento de comunidad y de barrio muy propio de los Estados Unidos que se echa de menos en otros lugares del mundo. Pero sé también que, por decirlo de algún modo, no es San Francisco: ni tan ingenua ni tan espontánea. No para una respuesta común. Nueva York es una ciudad con frío, multitudinaria y activa pero a la vez casi autóctona. Y tiene un trasfondo conservador que es difícil de percibir pero que sujeta la ciudad en una especie de orgullo nacional que, inevitablemente, pasa por sentirse muy neoyorquinos, muy de vuelta de todo y, por lo tanto, menos crédulos.

  De modo que, si bien a nadie sorprende que en Nueva York haya reacciones y protestas individuales, frente a casi cualquier cosa y a menudo con mucho sentido del humor, lo que está ocurriendo en Wall Street sí era inesperado. Nueva York es como el futuro al que Occidente tiende. Y llegar allá es como llegar: a secas. De manera que la sensación fue que nuestro 15 M o la lucha de los estudiantes chilenos a favor de una educación pública habían tocado techo. Estar en el lugar del mundo al que se le presta más atención, a pesar de la pésima respuesta de los medios locales y de las burlas de cadenas nacionales como Fox. Pero es así: si pasa en Nueva York, pasa. De ahí la sorprendente esperanza que se instaló en el corazón pragmático de una ciudad descreída y todavía asustadiza y traumatizada. La protesta de ciudadanos conscientes de sus derechos y ocultamente ilusionados. O, por lo menos, así fue hasta que detuvieron a 700 manifestantes en el Puente de Brooklyn y una corriente de hermandad, como en Sol, pudo con todo. Desde entonces han salido ex marines, líderes sindicales o pilotos de avión a defender a los manifestantes. Que a diferencia de lo que sucedía en España no están reclamando contra su gobierno sino contra su economía. Los americanos, en general, creen en sus instituciones pero ahora, finalmente, cuestionan la terrible economía de mercado que ha dejado a millones de personas sin recursos, sin seguro médico, sin casa y sin perspectivas. Y que nos ha afectado a todos (aunque todavía no protesten sobre las consecuencias internacionales de la supuesta crisis económica.) Protestan porque a ellos los ha empobrecido y los ha afectado de una manera tan directa que hoy, consignas impensables hace apenas unos meses, como Stop Capitalism, se pueden gritar a pulmón abierto en las calles de Manhattan. Con precaución, claro. Porque la policía neoyorkina, la estadounidense en general, tiene fama de represora, altiva y obcecada. De modo que manifestarse en un país aparentemente más libre que el nuestro pero íntimamente muchísimo más conservador, no es una fácil. A la policía le tienen miedo porque saben de su efectividad.

Pero esto no detuvo la acampada a la que yo llegué el primer día que viajé a Manhattan en este viaje reciente. Eran pocos, pero se sentían muchos. Y dormían en un parquecito un par de calles más arriba de Wall Street, a una calle del monumento al vacío de las Torres Gemelas. En un lugar geográficamente estratégico. El parque era privado pero de uso público y esa trampa permitió que alrededor de unas cincuenta personas acamparan en él hasta que la policía les entregó un documento indicando que debían desalojar, precisamente, porque era de uso público. A lo que ellos respondieron que por eso tenían derecho a ocuparlo. Al día siguiente los desalojaron por primera vez. Pero regresaron, y eran más. El 21 de septiembre habían matado a Troy Davis después que siete de los nueve testigos que lo habían acusado de asesinar a un policía rectificaran sus testimonios. Y aquella fue una chispa por los derechos civiles, motor de reacción ciudadana en los Estados Unidos, que se unió al descontento económico. Jóvenes, profesionales y veteranos salieron a las calles hartos de que el dinero público se esté destinando a la recuperación de la banca. Eran pocos, pero se sentían muchos. Y me preguntaron cómo había sido en Catalunya y en Sol, y si nosotros también habíamos conseguido reunir a tanta gente. Los carteles de apoyo desde España les respondían: Venimos a ayudarlos, crecerán como crecimos allá. Hoy ya no es necesario. Si bien el movimiento todavía no se ha extendido a los barrios, sí se ha extendido ya a muchísimas otras ciudades del país. Cuando yo me fui eran pocos, hoy son miles. Y lo tienen clarísimo: Se quedan. Acaban de descubrir la fuerza de la izquierda a la que tanto temían y la están disfrutando. Y han sido, sin duda, una corriente que ha envalentonado a los ciudadanos de otros países que se siguen manifestando masivamente en lugares antes impensables como Tel Aviv o incluso algunas capitales de Latinoamérica. Algo está sucediendo, y tiene que ver con la convicción que sujetaba un manifestante octogenario en Wall Street, escrito a mano: El dinero nunca ha hecho nada bonito, el ser humano sí.

 

 

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