SEÑALANDO CON EL DEDO: LA MANERA DE ENCONTRAR A LOS MUERTOS

 DEFENSORES DE DERECHOS HUMANOS Y VÍCTIMAS: ¿OPOSICIÓN DE INTERESES ?

Autor: Yezid Arteta Dávila

Llevo tres días buscando a mi hermana,

se llama Altagracia,

igual que la abuela…

(Canción Desapariciones de Rubén Blades)

Nada más fácil que, denunciar mediante un discurso “políticamente correcto” los miles de asesinatos y desapariciones en Colombia, ante un auditorio europeo o norteamericano “políticamente correcto”. Aplausos y golpecitos en el hombro e informes de nunca acabar. Lo realmente difícil es cómo esclarecer un asesinato o cómo encontrar los restos de un desparecido. Poco o nada vale un discurso previsible o una extensa argumentación jurídica para determinar el lugar exacto dónde fue ultimado y enterrado Equis, el día equis, del año equis.

Poc a poc – como dicen los catalanes – se acerca la hora de pasar a los hechos y de adelgazar los discursos. Las personas que pueden llevar a una comisión de médicos legistas y familiares hasta un lugar apartado y enmarañado de Antioquia, Cauca o Meta y señalar con el dedo el sitio dónde fueron descuartizados y enterrados Ye y Zeta no están en las oficinas de Derechos Humanos de Montreal, Londres o Bruselas, sino en los pueblos, los montes y muchos de ellos en las prisiones de Colombia.

Frente al tema de la justicia transicional observo con inquietud a muchos de mis amigos activistas de Derechos Humanos tentando lo imposible. El padre Francisco de Roux, Provincial de la Compañía de Jesús en Colombia, en cambio parece tener bien puestos los pies sobre la tierra. Con toda seguridad el padre de Roux, en su condición de pastor de la iglesia en el Magdalena Medio,  guarda un contacto más cercano con las víctimas de la violencia – humildes labriegos en su mayoría – lo que le permite escudriñar e interpretar los deseos de quienes han padecido el terror en primera persona. “Todos debemos pagar el precio de la reconciliación”, escribió recientemente el padre Francisco.

Sandra Paola Montes Mira, una estudiante de la Universidad de Medellín, fue desaparecida en febrero de 2002 y su madre sólo pudo rescatar los restos de su hija en julio de 2008 con la ayuda de un desmovilizado que está en prisión y fue llevado por las autoridades judiciales hasta un paraje del municipio de San Carlos en Antioquia. En mayo de 2003 el cuerpo de José Absalón Achury, el amigo y camarada que me defendió ante los tribunales, fue encontrado dentro de un automotor en la vereda Macanal, jurisdicción del municipio de San Juan de Arama, Meta, con múltiples impactos de arma de fuego y en avanzado estado de descomposición. Seis años después los móviles y las circunstancias de este asesinato están prácticamente esclarecidos gracias a los testimonios de algunas personas que, habiendo participado directamente en los hechos, se han sometido a la Ley de Justicia y Paz. El caso de Paola y José son apenas dos entre los miles que esperan una eficaz ayuda  materializada en evidencias que, no cabe la menor duda,  sólo  la puede aportar  gente de carne y hueso que estuvo involucrada en los hechos. Tanto mamotreto y tanto alegato poco ayudan en estas cuestiones. Los defensores de Derechos Humanos deben pensar menos en su desempeño personal y ponerse más dentro del cuero de las víctimas.

No he renunciado a mi membresía al Partido Comunista y por tanto quisiera que en algún momento alguien en Colombia nos diga qué pasó con Miguel Ángel López, el compañero de Gloria y padre de tres niñas que hoy son adultas. Cuantas leyes, demandas y fallos debemos esperar los miembros de la izquierda colombiana para dar con un indicio que nos permita saber cuál fue la suerte de Faustino López el viejo luchador de Puerto Boyacá con quien compartí más de un café durante una Conferencia Nacional de Propaganda llevada a cabo en el salón cultural del barrio Policarpa a finales de los setenta, cuando asistí en representación de los jóvenes comunistas del Atlántico. Otras víctimas, sin ideología o contrarias a las nuestra, también demandan lo mismo que reclamamos los comunistas y es justo defender resueltamente el derecho a que puedan igualmente ser atendidos sus requerimientos sin discriminación alguna.

Muchas leyes, demandas y fallos pero poca realidad. No es mejor, pienso, facilitar las cosas y acompañar al Estado para que éste haga su trabajo y las víctimas puedan de manera efectiva encontrar a los suyos. La verdad debe primar sobre el deseo de vindicta que prevalece en algunos discursos maximalistas sobre el final de la guerra en Colombia. Observando la perspectiva del conflicto colombiano, tengo la convicción de que al final no habrá un ganador y un perdedor y menos aún que sólo se castigue a unos y se absuelva a otros. Hay que pensar en una solución realista que cree un escenario donde todos ganen a fin de cerrar el capítulo de la guerra y alcanzar el objetivo de no repetir hechos de violencia. Por supuesto que me refiero a todos, y no sólo a una parte de los que son o fuimos directa e indirectamente parte del conflicto, independientemente del motivo o las inspiraciones ideológicas que nos llevaron a involucrarnos en él.

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