LIBERÉMONOS DE LA GUERRA (a propósito de Gramsci)

 (Vuelve y juega el tema de la paz y la reconciliciación en Colombia. Como ex combatiente propugno por un acuerdo de paz. El siguiente texto es una reflexión acerca de este tema que hice en el II Seminario Internacional sobre Antonio Gramsci, efectuado en la Universidad Nacional de Colombia. Se titula: LIBEREMONOS DE LA GUERRA)

 ANTONIO GRAMSCI: DE LA FILOSOFIA DE LA PRAXIS A LA PRAXIS DEL COMÚN

Queridos Amigos:

“…Ahora ya no tengo dientes para masticar y por eso sólo debo comer determinadas cosas…”[1] escribía Gramsci a Peppina Marcia, su madre,  desde la casa penal de Turi en la provincia de Bari, en octubre de 1931. Luego de leer las Cartas dese la Cárcel  (Lettere dal Carcere) – la recopilación que contiene más de medio millar de cartas escritas desde el cautiverio, y dirigidas principalmente a sus familiares – por quien fuera el más importante teórico marxista del siglo XX, ningún individuo de la especie humana que se reclame como tal, podrá mostrarse insensible ante las tribulaciones de un individuo que día a día ve deteriorada su humanidad, pero que sin embargo mantiene lucido el pensamiento a pesar de que el día en que escribe a su progenitora, completaba casi cinco años de prisión y aún quedaba otro tanto más para cumplir la condena. Si hay quienes reclaman la existencia de una Providencia que aboga por los “sedientos de justicia”, para el caso de Gramsci, la Predestinación se condujo miserablemente al permitir que contra el joven sardo se cometiera la peor de las injusticias, amen de dejarlo morir como a un perro apestado. Quienes defienden a ultranza el Destino, y creen que no hay nada casual en este mundo dirán entonces que, la reclusión de Gramsci en un “lugar de espera” por espacio de una década, permitió que ese diamante en bruto pudiera mostrar gradualmente sus facetas, el brillo que iluminaría e inspiraría a generaciones completas de pensadores que aún no han podido agotar la infinita fuente que contienen los 38 Cuadernos de la Cárcel (Quaderni del Carcere), integrado por 2848 manuscritos realizados en las más penosas condiciones – tanto como perder gran parte de su dentadura antes de cumplir los cuarenta años –, y que a la postre se convirtieron, como lo quiso su autor, en una obra für ewig (para la eternidad).

De esto trata la presente reflexión, del Gramsci humano, demasiado humano – apropiándome del titulo de una de las obras de Nietzsche –,quien no pudo conocer las carnes y los huesos de Giuliano, su hijo, puesto que su esposa Giulia Schucht, exiliada en Moscú, nunca pudo visitarlo en la prisión, circunstancia que impidió que el padre meciera entre sus brazos las carnes de la criatura. Lo hago con la clara intención de construir una visión menos politizada – menos polarizante para ser más preciso – con relación al prolongado conflicto colombiano, haciendo énfasis en la faceta del hombre nuestro, puesto que hoy, como resultado del fanatismo y el dogma, el rencor y la venganza, parecen agotadas todas las interpretaciones y soluciones al mismo, y no queda más que acudir a ese individuo que hemos dejado a la deriva, en el lugar más recóndito e inhóspito de nuestra existencia. Para tal efecto, me tomaré la licencia de emplear arbitrariamente algunos conceptos de Gramsci, sin negar un cierto tinte metafórico, y sin deleznar por supuesto, la esencia de los mismos. Veamos:

1. El Príncipe Moderno. Liberarse de la guerra en Colombia – enunciado de esta jornada – no puede ser el resultado de la voluntad de un príncipe como lo concibiera Maquiavelo o un Mesías iluminado como podría pensarlo un creyente, sino parece serlo – en la reinterpretación gramsciana de El Príncipe de Maquiavelo – la consecuencia de una “voluntad colectiva”  de carácter nacional. La construcción de esta “voluntad” no puede entenderse como la imposición de un pensamiento o de una iniciativa en oposición a otro u otra, por el contrario se trataría de acoplar dos o más visiones del país, sin que esto implique la renuncia a determinados postulados político-partidistas. En las actuales circunstancias parecería que en Colombia hay una sumatoria de gestos que pueden conducir a forjar esa “voluntad colectiva”, sin embargo la clave para que estas señales a favor de la paz puedan recalar en un puerto de aguas profundas, es menester que aquellos y/o aquellas que trasmiten dichas señales, renuncien a sus pequeñas miserias, a sus excesos protagónicos, y se empleen más a fondo en la tarea de seducir al adversario, porque sin él, no es posible encontrar la llave que abra la puerta que nos conduzca a la transformación negociada de Colombia. El gran merito de Nelson Mandela, además de resistir 27 años de prisión sin renunciar a su propósito de superar el régimen de segregación racial en Sudáfrica, fue la de no sólo ganarse la voluntad de su propia gente sino también la de sus “enemigos”, y adelantar con ellos la misión suprema: eliminar el apartheid por la vía del dialogo y de la negociación[2]. Mandela, entendió que sólo la “voluntad colectiva” (El Príncipe Moderno) era capaz de unificar a una nación alrededor de su propósito transformador, y que mejor representación para esta empresa que los Springboks, el equipo sudafricano de rugby capitaneado por François Piennar, hijo del apartheid. El seleccionado de rugby hizo las veces de pegamento, y consiguió soldar los fragmentos de una sociedad fracturada por décadas de racismo, convirtiendo un mero encuentro deportivo en la metáfora para conjurar la guerra, en el paradigma de la unidad de la nación sudafricana.

Empero, en las actuales circunstancias de Colombia, hay un factor que juega en contra del deseo de “liberarnos de la guerra”, y se trata de la inminente lisa electoral, en donde el discurso provocador a favor de la guerra a ultranza – o en  favor del dialogo – vale como instrumento para exacerbar las más primarias reacciones de la eventual masa votante. Se nos ocurre pensar entonces – proponer mejor – que los ya existentes o futuros candidatos presidenciales pacten un acuerdo que blinde el tema de la guerra y la paz a fin de facilitar todos aquellos esfuerzos que lleven a la reconciliación y la inclusión de toda la nación en la edificación de un país viable para todos los estamentos o sociedades. Esto no significa que los partidos que sostienen dichas candidaturas renuncien al debate político, económico, social, etcétera, antes por el contrario es vital para la sociedad la apuesta contestataria, el contraste entre las diversas plataformas o programas electorales.

2. Hegemonía. Algunos expertos en la sicología de los pueblos aseguran que la prolongada confrontación en Colombia ha invertido la tabla de valores de la inmensa mayoría de sus habitantes. La dicotomía, difundida habitualmente por el circuito mediático, que divide al país entre “buenos” (la gente de bien) y “malos” (los violentos) no resiste un análisis serio. El asunto va más allá. No se trata de un asunto de ricos, pobres, “buenos” o “malos”, sino que involucra a toda la sociedad, pues tanto los unos como los otros hemos asimilado la violencia a niveles tan desconcertantes, hasta comportarnos indiferentes ante las escenas más repugnantes y despiadadas. Cabría preguntarnos entonces: no será que hemos llegado en Colombia al extremo de “banalizar el mal”, esa censurable conducta que definiera Hanna Arendt con relación a la inmutabilidad, la carencia de crítica de la sociedad alemana a propósito de los crímenes del nazismo.

No ahondaremos en estas notas sobre lo que abarca el concepto de “hegemonía” explicado por Gramsci porque seguramente otros analistas lo harán mejor que yo, pero sí queremos llamar la atención acerca del componente intelectual, moral y espiritual de dicha noción, elementos enfatizados en sus Cuadernos de la Cárcel. El intelectual colombiano de los tiempos que corren, provisto de razones  antibelicistas, no puede resignarse a la mera “subordinación”, adaptarse cómodamente a la “hegemonía” dominante, debe – es un imperativo moral – resistirse al dominio espiritual que, desde los poderes, enaltece el linchamiento y el rencor. Corresponde entonces a los intelectuales que militan en la causa del humanismo, no guardar silencio o contemporizar con aquellos discursos que se desplazan holgadamente entre tópicos y lugares comunes. Se trata de elaborar una disertación, capaz de superar el círculo de la violencia, en particular aquella perorata que sublima a la venganza, que glorifica la justicia del banquillo y la presenta como la infalible formula que pondrá punto final a la guerra. Creo, por el contrario, que este fundamentalismo que rinde un culto ciego a la justicia que encierran los códigos, ese pensamiento que pretende hacernos creer que el conflicto colombiano es un asunto eminentemente jurídico y como tal debe abordarse, termina de manera caprichosa convirtiéndose en un mecanismo de freno contra el deseo de “librarnos de la guerra”. Esta discursiva interminable se parece cada vez más al “cuento del gallo capón”, ese original recurso empleado por los bebedores de ron en ciertas aldeas del Caribe para “mamarle gallo” al forastero, costumbre inmortalizada por la prosa del escritor de Aracataca[3]. Es preciso elaborar una narrativa del conflicto que contenga una página con la palabra “fin”, escrita. Ya veremos luego que enseñanza les deja la lectura a las generaciones que nos siguen, luego de conocer toda la verdad con relación a nuestras violencias.

3. El Bloque Histórico. Continuando con Italia – Gramsci nació allí, en la isla de Cerdeña – algunos recordaran aquella violenta escena de Novecento, la película dirigida por Bernardo Bertolucci, donde el actor Donald Sutherland, quien interpreta a un brutal capataz fascista de principios del siglo pasado, amarra a un gato contra una puerta, toma impulso y lo aplasta con su cabeza. Pregunto ¿es posible hablar con un individuo capaz de semejante aberración o sólo nos queda la opción de aplastarlo con sus propios métodos? Albert Camus intentó en vano acudir a la palabra para evitar que el nazismo continuara ensañándose contra la Francia ocupada. (Reflexionaba Camus en su Primera Carta a un amigo Alemán escrita desde la clandestinidad, así: “…Hemos necesitado todo este tiempo para ver si teníamos derecho a matar hombres, si nos estaba permitido incrementar la atroz miseria de este mundo[4]En la Cuarta Carta prosigue: …Cómo es posible que hayamos sido tan semejantes y hoy seamos enemigos, cómo he podido estar a vuestro lado y por qué ahora todo se ha acabado entre nosotros… ”[5]). Finalmente Camus no tuvo más remedio que justificar la “eficacia del combate” en legitima defensa. No hay que olvidar que el autor de La Peste y El Hombre Rebelde entre otras, rechazó todas las formas de violencia, inclusive la empleada por los independistas de Argelia – lugar donde nació  – que enfrentaban al feroz colonialismo francés.

No pocos en Colombia han defendido el uso de la violencia para combatir la violencia o todas las formas de violencia. Hay quienes reclaman legitimidad para ejercer la violencia “legal” desde el Estado, y otros que consideran espuria dicha legalidad. El problema es que a pesar de la asimetría de fuerzas, todo el fuego que existe en el territorio es suficientemente potente para perpetuarse, pero además produce daños irreparables tanto en el plano material como espiritual, y no se avizora ni aún a largo plazo que un fuego pueda acallar definitivamente al otro. Así las cosas, no queda más alternativa que aquellos que han enseñado los dientes durante décadas, pero que también han mordido, elijan la opción no violenta para dirimir sus diferencias. El debate no radica en saber quién ha mordido más o si los dientes son de leche o son de hueso, si las muelas son legítimas o postizas, sino en definir unas reglas para que no se sigan mordiendo. La “Teoría de la Praxis” – como diría Gramsci – parte de realidades y no de quimeras. Resulta pues ilusorio que muchísimos colombianos esperen el advenimiento de un gobierno principesco con las atribuciones que, en las Analectas, Confucio clamaba para los gobernantes justos, a fin de que pueda este, bajo la más absoluta legitimidad, acordar el fin de la guerra mediante una solución negociada. Sin embargo la realidad es testaruda, y conviene a la sociedad colombiana ahorrar vidas mediante un acuerdo entre adversarios, en lugar de optar por una visión milenarista que sin lugar a dudas, multiplicará la muerte y el desastre.

Colombia en sólo siete años (2002-2008) ha visto morir a 4029 soldados, y curar a 11.596 heridos[6], amen de los cientos de rebeldes, esto sin contar a los millares de civiles muertos, desaparecidos o desplazados. Permítanme entonces tomar prestada la mera acepción de “Bloque Histórico”, expuesto por Gramsci, y atrevidamente extrapolarlo a esta cruda realidad, y mostrarles que “nuestro reino es de este mundo”, y por tanto es válido – aunque parezca una grosería –, en las actuales circunstancias de nuestro país, hablar hasta con aquel que aplastó al gato con su cabeza. Es útil, es forzoso para los colombianos crear un “Bloque Histórico” – no equiparo mi ejemplo con la idea e interpretación gramsciana – que paralice la acción bélica. Sólo la unidad de todas las fuerzas sociales y políticas por diferentes que parezcan, puede atajar los vórtices de la guerra. Se trata de lograr la confluencia del conjunto de la sociedad, no para tomar la calle “en contra de”, sino “a favor de”, superando los multitudinarios desfiles artificiosos que carecen de vocación y contenido.

El mundo está lleno de ejemplos al respecto. En Irlanda, pocos negociadores se podían jactar de tener unas manos limpias, y menos si actuaron en la lucha armada. En Sudáfrica, los afrikáner (el 7 % de la población del país africano) que regentaron un Estado ilegitimo por muchísimos años empleando los métodos más brutales contra la mayoría negra, se convirtieron en la contraparte del ANC (Congreso Nacional Africano por su sigla en inglés). La experiencia de negociación en El Salvador es igualmente una muestra de que cuando se trata de obtener un bien supremo – el fin de la guerra – no es necesario realizar demasiadas disquisiciones con relación a las personas que ocupan la mesa de negociaciones, cuando lo importante es hacer conciencia del poder de fuego que estas representan. Y quedo sin contar las experiencias de negociación en el continente africano, con la cual un acucioso investigador podría fácilmente escribir una enciclopedia de la paradoja.

4. Prisión y Paciencia. En alguna ocasión escribí durante mi reclusión en el pabellón de aislamiento de la penitenciaria de alta seguridad de La Dorada (Caldas) un opúsculo que intitulé Un Día en la Vida del Prisionero 29 – era el número asignado a mi celda – donde subrayaba que la prisión es el reino de la estática puesto que, al igual que un buey de noria, la vida transcurre alrededor de las consabidas miserias. En una de las pocas cartas que Gramsci escribió desde la cárcel de Milán en 1928 a Giuseppe Berti uno de sus camaradas de Partido recluido en otro penal le decía: “…hasta la lectura se torna cada vez más indiferente. Naturalmente aún leo mucho, pero sin interés, mecánicamente…”.[7] Salvo la lectura (recuerdo que mientras estuve en las penitenciarias de Valledupar, Combita y La Dorada devoraba un libro cada dos o tres días. Gramsci leía uno diario según le confesaba a Berti en la misma carta), el aislamiento lleva al prisionero político a reencontrase consigo mismo puesto que no hay con quien confrontar o debatir, y es lógico que además de ganar el don de la paciencia, logra aplomar el pensamiento a la medida que no está sometido al vaivén que trae consigo la coyuntura política del día. Hay muchísimo tiempo para tomar el pulso a los acontecimientos con la frialdad que trasmiten los muros del calabozo.

Si alguien se tomara la tarea de revisar el epistolario o los diarios de los prisioneros políticos de todos los tiempos y circunstancias, se encontraría con un hilo común: los guardianes, los libros, el código de los presos comunes, la relación familiar, alguna novedad en la miserable ración de alimento, un pequeño animal que merodea el ventanuco de la celda, la soledad…Pero, lo más importante, a mi modo de ver, es la apropiación que hace el prisionero político al concepto de “tolerancia”, esto es, la capacidad de comprender hasta la más abyecta de las conductas humanas. Toni Negri – seguimos con Italia –, el celebre filosofo y pensador de la universidad de Padua, prisionero durante cuatro años, acusado de instigar a partir de sus formulaciones teóricas la acción de las “Brigadas Rojas”, en el pliego No 42 de su obra El Tren de Finlandia (titulo que rinde homenaje a la estación de Finlandia en Petrogrado, hoy san Petersburgo, lugar en donde recaló Lenin en un tren para colocarse al frente de la revolución rusa de 1917) reivindica la llamada disociación[8]. Negri, explicaba su disociación como la renuncia a un método de lucha – el terrorismo nihilista – más no a la acción política por otros medios, siempre y cuando estos no devalúen la condición humana del “transformador social” sino por el contrario la dignifiquen.

Así es posible entender que el prisionero Gramsci haya realizado una serie de reflexiones en torno a la lucha interna que se libraba en el seno de los comunistas rusos luego de la muerte de Lenin, y en particular su preocupación acerca de las posturas de Stalin, el nuevo jefe del Partido quien en su condición de Secretario General iba gradualmente deshaciéndose de toda la vieja guardia bolchevique. En este siglo de gente risueña – y desesperada también – hasta los más dogmáticos revolucionarios se lisonjean nombrando los escritos de Gramsci, destacando a igualmente “su firmeza revolucionaria”, pero en aquellos tiempos azarosos, de purgas y desgracias, no faltaron los comentarios sotto voce de militantes italianos que tildaban al prisionero de contemporizar con el revisionismo.

En el caso de Nelson Mandela, la prisión – aunque resulte una cruel ironía decirlo – contribuyó notablemente para que su pensamiento y actitud maduraran a favor de una salida política y concertada con sus adversarios al tema del apartheid. Esta paciencia adquirida por Mandela durante sus años de prisión, fue determinante para superar la más virulenta provocación contra el proceso de negociación con la élite blanca: el asesinato de Chris Hani el 10 de abril de 1993, meses antes del proceso electoral que llevaría al primer negro a la presidencia de Sudáfrica. Chris Hani, secretario general del Partido Comunista de Sudáfrica ostentaba a su vez la dirección de Umkhonto We Sizwe (Punta de Lanza de la Nación), brazo armado del Congreso Nacional Africano (ANC), y era considerado junto a Mandela como el líder más amado por su pueblo. La voz pausada de Mandela, instando a los millones de negros que clamaban venganza y el fin de las negociaciones, fue vital para que este atroz asesinato no fuera utilizado como pretexto, por quienes se empecinaban en sostener una confrontación per se, sin rumbo alguno.

5. Coda. Quiero finalmente anotar una frase que me dijo alguien en una conversación relacionada con nuestro país: Colombia tiene tanto futuro que lo que no tiene es presente. Quien la dijo no es un filósofo o un pensador reconocido, pero no por ello deja de resumir de manera palmaria la realidad que nos atenaza. Sea este encuentro acerca del pensamiento de Gramsci un pretexto para confabular a la academia y los intelectuales colombianos en torno a una idea hegemónica: LIBERAR A COLOMBIA DE LA GUERRA, tal como reza la convocatoria de esta primera jornada. Construir y plasmar esta idea requiere mucha paciencia, reposo y tolerancia.

No hay que perder el decoro y la compostura aún en las peores circunstancias, recuerden que Robinson Crusoe, el personaje creado por Daniel Defoe, jamás perdió su dignidad como ser humano a pesar de que durante muchos años no vio a un similar con quien afirmar su reconocimiento. Cada día cuidó para mantener su estima aún en su vestimenta a pesar de que en la desierta isla no hubiera nadie que pudiera observarlo. Curiosamente Antonio Gramsci le contaba en una carta dirigida a su esposa Giulia que él había leído las novelas Robinson Crusoe y La Isla del Tesoro cuando apenas tenía 7 años[9].

Salud para todos

Yezid Arteta Dávila

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[1] A. Gramsci, Cartas desde la Cárcel, Ediciones Nueva Visión, Bueno Aires, página 160[2] Véase Carlin John, El Factor Humano, Ediciones Seix Barral, página 17

[3] García Márquez, Cien Años de Soledad

[4] Camus Albert, Cartas a un Amigo Alemán, obras completas, tomo II, editorial Aguilar, pagina 278

[5] Ibídem, pagina 294

[6] Véase Logros de la Política de Consolidación de la Seguridad Democrática, Ministerio de Defensa Nacional, Grupo de Información y Estadística

[7] Gramsci Antonio, Cartas desde la Cárcel, Editorial Nueva Visión, página 61

[8] Negri Toni, El Tren de Finlandia, Pliegos de Diarios, editorial Libertarias, página 142

[9] Gramsci Antonio, Cartas desde la Cárcel, editorial Nueva Visión, página 88

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