BARCELONA MI AMOR, BARCELONA MI DESESPERACIÒN. Una declaración de amor diferente.

El presente texto de Jana Brandt nos brinda una mirada a dos bandas de Barcelona. La crónica expresa ese doble sentimiento aprisionado en los corazones de muchas personas provenientes de distintos lugares del planeta que, por circunstancias del destino, recalaron en este puerto mediterraneo.  

No me enamoré de Barcelona a primera vista. Ni siquiera a la segunda y creo que tampoco a la tercera. Hay otras ciudades, como Estambul, de las que me enamoré no sólo inmediatamente, sino también locamente. Con Barcelona fue diferente desde el principio. Fue una relación amorosa a pasos lentos y a partir de cierto momento fue sobre todo un cúmulo de recuerdos, experiencias y personas ligados a esta ciudad que me hicieron quererla, aunque siempre con condiciones.

Diez años. Diez años viviendo, trabajando, estudiando, amando y luchando en Barcelona. Diez años. O, que es lo mismo, una tercera parte de mi vida. Llegué a Barcelona cuando apenas había cumplido los 20, llena de deseos de pasar un tiempo lejos de mi familia, lejos de Múnich – mi ciudad natal – y lejos de Alemania en general. Los últimos dos años del bachillerato fueron para mi más una tortura que otra cosa, contaba los días para poder por fin pasar por última vez por la puerta del instituto. Llevaba meses planificando mi salida, aunque la elección de Barcelona fue más bien casual y no estuvo basada en razones concretas. Quería estar cerca del mar, en una ciudad no demasiado pequeña y quería sobre todo estar en un país donde nadie me entendiera ni yo entendiera a nadie. Quería aprender otro idioma y empezar desde cero. Una mirada al mapa europeo y allí estaba: Barcelona.

Barcelona entonces no provocaba reacciones algunas en mis interlocutores. “¿Barcelona? Está en España, ¿no?” fueron el tipo de comentarios con las que me confrontaron, acompañados de caras indiferentes. Yo tampoco sabía mucho, había estado sólo una vez para un fin de semana, y creo que ni siquiera me importaba. Me quería ir, esto era lo que contaba.

Recuerdo los primeros días y semanas sobre todo como estresantes. Tenía que buscar y encontrar un apartamento, tarea que se dificultaba enormemente por mi falta de conocimientos de español que en aquel entonces se limitaban a cuatro palabras. Inglés nunca fue una alternativa, no porque me negara a hablarlo, sino porque simplemente pocos lo hablaban o lo entendían. A pesar de todo, hice llamadas en español, iba a agencias inmobiliarias y hablaba en español, y aún hoy me sorprendo no sólo de cómo me hice entender sino también de que al final realmente pude alquilar un piso en pleno centro de la ciudad en un tiempo record de diez días, algo que hoy, por el mercado nefasto de pisos de alquiler, sería imposible. Descubrí rápidamente que no habitaba sola allí, sino que compartía partes del piso, en especial el baño, con una familia de cucarachas – las primeras que vi en mi vida.

Obviamente, como buena nouvinguda caía en trampas, trampas turísticas. No, no me robaban el monedero, sino caí en la clásica trampa de las agencias inmobiliarias que te hacen pagar por pisos que nunca verás ni alquilarás. Aunque la verdad, turista nunca me consideré en Barcelona, y menos aún guiri, sino extranjera, porque había venido para quedarme un tiempo largo. Un tiempo largo sí, pero 10 años tampoco. Había calculado seis meses (con la opción de prolongar un poco) y mi plan era volver a Múnich para empezar mis estudios allá.

Rápidamente empecé a sentirme cómoda en la ciudad y la hice mía. Recorrí y descubrí sus calles, su gente, empecé a tener mis lugares favoritos como el puerto donde me sentaba a estudiar español bajo la mirada de las gaviotas y donde podía oler la sal de mar en el aire. El mar. ¿Qué sería Barcelona sin el mar? Inimaginable, porque es algo como el pulmón de la ciudad, sin árboles se entiende (dejando de lado las palmeras). Espacios verdes y árboles me faltaban desde un principio. Acostumbrada a estar en contacto con la naturaleza, me encontraba en una ciudad donde un “parque” era definido como una plaza con tres árboles y dos bancos en medio del asfalto. Leí una vez un cartel colgado del Ayuntamiento en Barcelona donde se anunciaba la existencia de 64 parques en Barcelona. ¿64 parques? ¿En Barcelona?

Por lo verde me gustaba tanto el Montjuïc (y en especial el parque de los cactus – desconocido a muchos barceloneses), a parte de ser una isla de paz en medio del ruido de la ciudad. Sí, ruido. Le dices a un barcelonés que Barcelona te parece ruidosa y te mirará con cara extraña. A mi la contaminación acústica de la ciudad siempre me pareció excesiva. Los coches, las motos, los metros, los trenes, la música en los bares, la recogida de la basura a las tres de la mañana. Todo es ruido. Y como todo es ruidoso, la gente grita para entenderse y el resultado es: sí, más ruido. Esto siempre me hace recordar una de las primeras canciones que escuché en Barcelona. “Ruido” de Joaquín Sabina, cantada por María Jiménez:

Mucho, mucho ruido,

ruido de tijeras,

ruido de escaleras

que se acaban por bajar.

Mucho, mucho ruido,

tanto, tanto ruido.

Tanto ruido y al final.

la soledad.

(…)

Ruido mentiroso,

ruido entrometido,

ruido escandaloso,

silencioso ruido.

Más allá de los espacios físicos de la ciudad era la manera de vivir la que me atrapada. Sobre todo en mis primeros años en BCN flotaba un aire de “aquí todo es posible” sobre la ciudad. Gente de todo el mundo apenas empezaba a llegar, la ciudad estaba todavía más o menos “intacta”, porque la remodelación urbanística estaba aún en sus inicios, y se vivía una vida muy mediterránea: salir, encontrarse con amigos, comer bien, disfrutar del clima, de la cultura, comer otra vez y trabajar cuando no se hacía nada de todo ello. El tiempo era menos importante y no un parámetro a seguir a rajatabla. Mañana era otro día. A mí, que había llegado con mi mente alemana estructuradísima, me hizo bien este cambio de ritmos y tiempos para tomarme la vida con más filosofía y de dejar de querer controlar todo en todo momento.

Resultado de aquel aprendizaje fue la decisión de no quedarme seis meses en Barcelona, ni un año, sino un tiempo indefinido. Con el paso de los meses veía cada vez menos razones para volver a Múnich, porque me sentí más cerca de Barcelona que de mi ciudad natal. Aún así, decidir prolongar mi estancia a un tiempo indefinido al principio me provocó una especie de vértigo, porque era como lanzarse al vacío, pero me dije a mi misma. “Volver, siempre puedes volver, Múnich está prácticamente al lado”. Y me quedé. Llevaba entonces nueve meses en Barcelona.

Siguieron: una mudanza del centro de la ciudad a Gracia, un primer amor barcelonés, un primer trabajo medianamente decente en una escuela de español para extranjeros, la selectividad para poder estudiar en España (el Abitur alemán entonces no estaba reconocido aún), su aprobación, y finalmente la matricula en una escuela de arte otros diez meses después.

Fue en aquella época cuando empecé a descubrir la fotografía (en blanco y negro y analógica por supuesto, lo digital apenas existía) como medio de expresión que me gustaba y me llenaba. Alquilé un espacio fotográfico en el taller de arte T45  (ubicado en el Raval) a medias con unos tantos sudamericanos locos, argentinos en su mayoría, que llenaban los días con acordes de guitarra, humo de cigarrillo y las fotos, y empecé a pasar más tiempo detrás de las cortinas negras y bajo la luz roja del laboratorio fotográfico que en casa con mis nuevas compañeras de piso. La puerta al taller fue la puerta a un mundo totalmente desconocido para mí, y fue sin duda una de las épocas más intensas de mi tiempo en Barcelona.

Paralelamente iba dedicando tiempo a profundizar mis conocimientos de español y disfruté muchísimo ver como poco a poco iba mejorando. Recuerdo perfectamente cuando viendo una película en español me di cuenta por primera vez que ya no traducía lo que escuchaba sino que absorbía las palabras de forma natural, como si las escuchara en alemán. También fue toda una revelación despertarme un día por la  mañana y darme cuenta que había soñado en español. ¡Soñar en español! Ni me había imaginado que esto era posible. Pero era cierto, el español cada vez formaba más parte de mi misma. Durante los primeros cinco años en Barcelona no hablaba alemán nunca, salvo cuando me comunicaba con mi familia o amigos en Alemania por teléfono. Empezaba a pensar en español y hasta sentía en español. Me di cuenta que el idioma y los sentimientos están estrechamente ligados. Me costó horrores explicar sucesos que me habían pasado en España y que por tanto había sentido y vivido en español, en alemán. Siempre tenía la sensación de que de alguna manera se quedaban cortas las explicaciones. Al mismo tiempo, la combinación de los dos idiomas, español y alemán, fueron y son para mí una simbiosis perfecta. Del alemán me encantan sus conceptos, su posibilidad de expresar con una sola palabra algo para el cual se necesita en español una frase entera. En español expreso mejor el mundo de los sentimientos, pensamientos y de las relaciones humanas.  Mi palabra favorita española por cierto es “ensimismado”, no sólo por su significado, sino quizás también porque es conceptual y emotiva al mismo tiempo.

Suena quizás paradójico o quizás hasta patético, pero el tiempo en Barcelona también me mostró – de manera forzosa – un sentimiento totalmente nuevo para mí: empecé a sentirme alemana, de hecho nunca me había sentido tan alemana como allá. Creo que viviendo en Alemania, ni siquiera era consciente de ser alemana, lo eres porque naciste allá, pero no le das mayor importancia. Y de repente te encuentras en otro país y tienes que contestar por lo menos una vez a la semana la pregunta: “¿Y tu? ¿De dónde eres?”. O alternativamente: “Tu no eres de aquí, ¿verdad?” Al abrir la boca, la gente nunca sabía de dónde era, pero siempre sabía que no era española. Y cuando respondes que eres alemana hay varias opciones: o te bombardean con una serie de tópicos (“Los alemanes no tienen frío, pero son fríos”); o te dicen que el tío de una hermano de una amiga ha pasado alguna vez tres días en Hinterdupfing (nota: metáfora alemana para un pueblito alemán del que ningún alemán ha escuchado en su vida). Y tú no sabes qué responder y sólo sonríes para simular. En la misma línea está un chiste que gusta mucho pero sobre el cual nunca me he podido reír. Aún así me lo han contado tantas veces. Ese chiste de “¿Cómo se dice autobús en alemán?”. Y los ejemplos siguen: Cuando critico algo o cuando me quejo de algo, me dicen “Ese carácter alemán…” Cuando estoy de mal humor, “Alemana y gruñona – ¡qué peligro!” Cuando no me emociono de la misma forma al escuchar determinada música, me dicen “Claro, tu cómo alemana no lo puedes sentir”. Y me acuerdo perfectamente del día, después de una cena con un compañero de clase, que éste me quiso besar, pero yo no a él, y me dijo con reproche en la cara: “¡Qué alemana que eres!” ¿¿¿Cómo “qué alemana que eres”??? Si yo no te quiero besar a ti, es porque tú no me gustas, y aún siendo japonesa, francesa o polaca no te besaría, ¡así de fácil! Indignada me fui y no nos volvimos a ver. También y del mismo estilo, muchas veces me han mirado con cara de sorpresa y me dicen “¡pero si tu no pareces alemana!” Dentro de mí misma empecé a preguntarme de cómo tenía que ser o actuar para ser o parecer alemana. Y son precisamente estas preguntas y estos comentarios  – sin quererlo – los que marcan la diferencia entre ellos y tú, son éstas las preguntas que te recuerdan una y otra vez que tú efectivamente no eres de allí ni nunca lo serás y al mismo tiempo subrayan y afirman de forma involuntaria tu “condición alemana”.

Siguieron: Unas cuantos proyectos fotográficos, que incluyeron un viaje a la posbélica Bosnia y Herzegovina que fue para mi como una bofetada de realidad cruda en la cara y que me dejó sin fuerzas durante mucho tiempo. El abandono de los estudios de arte, la expropiación del taller por motivo de la construcción de un nuevo edificio universitario, la búsqueda de un espacio nuevo y la mudanza del taller a una vieja fábrica de textiles de 1000 m2 en el barrio de Poble Nou.

Después de semanas y meses de trabajo invertido en el nuevo espacio y unas cuántas discusiones en medio, vino la ruptura con el mundo artístico y el inicio de una etapa nueva. Después de un viaje mochilero y solitario, pero muy necesario, de seis semanas a Argentina llegué dos semanas tarde a las clases de ciencias políticas en las que me había matriculado meses antes. El arte por si sólo ya no me llenaba, me pareció demasiado superficial, y quería hacer algo más terrestre. Llevaba algo más de tres años en Barcelona.

Siguieron: La universidad. Nuevas y muy importantes amistades. Manifestaciones en contra de la guerra de Iraq, apoyada por el gobierno del PP. El 11-M que provocó un trauma nacional y que devolvió el poder al PSOE en las elecciones generales que se celebraron sólo tres días después del atentado. La legalización del matrimonio homosexual en el 2005 en España, todo un logro, no sólo por ser uno de los primeros Estados de Europa, sino también por imponerse a la Iglesia Católica que sigue teniendo un papel central en España y que obviamente se opuso a esta ley, considerándola un ataque a la institución del matrimonio. Otras tantas mudanzas. Un semestre en Estambul (mi gran pasión). Unos cuantos amores y desamores que me mostraron que la especie humana en general es un desastre. Y sobre todo: mucha cotidianidad.

La mayor parte de la gente dirá que la época de los estudios universitarios fue la mejor de su vida. Para mi fue sobre todo agonía. Combinaba los estudios – que me gustaban e interesaban, aunque lo que no me gustó fue el sistema educativo – con puestos de trabajo de 30 horas semanales (que me llenaban el bolsillo, pero no el alma), porque las ayudas sociales para estudiantes apenas existen, y me metía paralelamente en cursos de ruso y en un posgrado y llevé a cabo una estancia profesional en Uzbekistán. Acababa teniendo días de 15 horas y cuando llegaba a casa sobre las 22.30h, caía muerta en la cama. Esta época, que duró más de cuatro años, fue sobre todo una carrera detrás del tiempo. Estaba cansada siempre, miraba el reloj siempre y tenía prisas siempre.

Sólo pude caminar como una persona normal de nuevo, cuando finalmente tuve entre mis manos mi título universitario con el cual cerré aliviada otra puerta como ya lo había hecho años antes con la del instituto. Y pensé: Ahora sí, ahora sí que puedes dedicarte profesionalmente a algo con lo que realmente te identificas. Quería trabajar en le mundo social, humanitario, de derechos humanos. Pero no. Cuando intenté adentrarme al mundo laboral local (o sea un mundo laboral que no tiene que ver con la gastronomía o los call center), de repente me cerraron todas las puertas. A todas mis solicitudes enviadas llegó como respuesta o bien el silencio o bien frases como “muy bueno tu CV, pero lo sentimos, pero no hablas catalán”. ¡Carajo! Sí, era cierto, no lo hablo, o lo hablo poco (pero hay otros idiomas que sí que hablo), pero lo leo, lo entiendo y si me esfuerzo hasta lo escribo. ¡Mi carrera universitaria fue en un 80% en catalán!

El tema del catalán es un tema imposible de discutir de forma constructiva con la mayor parte de los catalanes. Lo he intentado muchas veces, pero es un callejón sin salida que cansa y al cual no me quiero meter ya. Las discusiones sobre el catalán suelen convertirse en un elogio al nacionalismo catalán y en un himno a Cataluña. Porque claro, Catalonia is not Spain. Qué uno haya aprendido español desde cero y que lo domine casi hasta la excelencia importa poco. El tema del idioma me da especialmente rabia, ya que sólo una minoría de los catalanes habla aunque sea un idioma extranjero. Pero no. Si no hablas catalán en el mundo laboral, que por si sólo ya es muy cerrado, no eres nadie y sumando el hecho que España es famosa por todas las formas posibles del enchufismo, te encuentras delante de una puerta no sólo cerrada, sino sellada.

Junto a las particularidades “locales”, dificultó la famosa crisis económica del 2008 y en adelante conseguir un trabajo medianamente decente. A partir de finales de 2008, el mercado laboral español se vino abajo y todavía hoy, en el 2011, no hay señales de que vaya a recuperarse. El paro entre los jóvenes alcanza hoy casi un 50%. Yo que había vivido, estudiado y trabajado en España durante los últimos ocho años, y que por tanto me sentía y me siento parte de esta generación “perdida”, de repente me encontré en el paro como otros tantos.

Siguieron y en medio hubo: El trabajo voluntario como profesora de inglés y español en el centro penitenciario de La Modelo en Barcelona que disfruté como pocas actividades anteriores y con el cual aprendí probablemente más que mis alumnos. El descubrimiento del remo en los llaguts catalanes como mi deporte, facilitado por mi mudanza a la ciudad costeña de Badalona. Otras elecciones generales (en las que por cierto nunca pude votar por ser extranjera, algo que siempre me molestó ya que vivía en España y era la política española la que me afectaba y la que deseaba influir con mis votos. La política alemana, aunque la seguía, estaba lejos de mi vida diaria) que confirmaron el PSOE como ganador.

Durante todos estos años siempre había explicado que me había quedado en España durante tanto tiempo, porque siempre hubo más razones para quedarme que para irme. Pero hora, después de tantos años de lucha, y con un futuro laboral bastante negro por delante, empezaba a preguntarme qué hacía todavía aquí.

Al mismo tiempo no me gustaba el cambio que había vivido la ciudad durante los años anteriores. Cuando miraba Barcelona veía un parque temático y un circo turístico. Toda la ciudad había pasado por fuertes cambios urbanísticos, muchas zonas de la ciudad eran prácticamente irreconocibles y el 99% de las obras que se hizo a lo largo de los años en Barcelona se habían hecho en nombre del turismo. Sé que la ciudad había vivido cambios fuertes ya una vez en el 92 debido a los Juegos Olímpicos, pero lo que había pasado en cuatro a cinco años en nombre del “Modelo Barcelona” era brutal: Especulación inmobiliaria por excelencia que se tradujo en un hotel de lujo en forma de vela en primer línea de mar. Un hotel y restaurantes en el Montjuïc. La mitad del Poble Nou – un barrio antiguo industrial – fue tirado abajo y en su lugar se construyó un barrio con el absurdo nombre 22@, que incluye hoteles de cuatro y cinco estrellas, pisos de lujo, un centro comercial y edificios empresariales. El Raval, un barrio marcado por la migración, la delincuencia pequeña y la prostitución, pero un barrio a la vez muy dinámico y alegre, estaba ahora lleno de tiendas y talleres de diseño. El colmo de los colmos fue un hotel de lujo en la Rambla del Raval, la que por cierto fue construida sobre las ruinas de viviendas cuyos inquilinos fueron expropiados de manera forzosa (muy recomendable el documental “En construcción” del director José Luis Guerín sobre este tema). Para contentar a la gente que vive en la zona, se había construido un supermercado y colocado algunos bancos para sentarse. Aunque los bancos, que eran individuales, se habían puesto de tal forma que la gente se tiene que hablar de espalda a espalda, sin mirarse la cara. Una solución bastante asocial, pero muy barcelonesa a la vez. El centro de Barcelona –  en especial la Ciutat Vella y el Born – se habían convertido en un único hormiguero turístico. Y una de las plazas de toros más antiguas de la ciudad, ubicada en Plaza España y en desuso desde 1977, se convirtió en otro centro comercial (¿por qué no p.e. un centro cultural en lugar de ello?), inaugurado en el 2011, con lo cual ahora hay algo como diez centros de consumo de este tipo repartidos por toda la ciudad.

Los toros. Otro tema importante: En el 2010 el gobierno autónomo decidió prohibir (aunque con muchas discusiones previas y posteriores) las corridas de toros a partir del 2012 en Cataluña, lo cual fue interpretado desde Madrid como una amenaza a la unidad nacional, pero que fue aplaudido (y con mucha razón) por gran parte de la sociedad. Ahora, es cierto que Cataluña no actuó de forma totalmente consecuente, ya que dejó intocados los  correbous, el festejo taurino catalán. En ellos, los animales son cercados y se le ponen bolas de fuego en los cuernos. Partiendo de la idea de que el maltrato de animales tenga escalas, entonces los correbous probablemente estén por debajo de las corridas, donde el toro al final siempre muere de forma cruel. Pero el abuso o maltrato de animales y más cuando son utilizados para entretener a un público, no debería estar permitido nunca, independientemente del grado de abuso. Si Cataluña realmente quiere ser precursora a nivel nacional, debería prohibir también los correbous. Sí, forman parte de la tradición y cultura catalana (igual que los toros de la española), pero aunque los cambios no siempre son buenos, en algunas cosas está muy bien avanzar y dejar morir algunas tradiciones como éstas, y reconocer que lo de antes no siempre es mejor, en lugar de seguir matando o maltratando toros bajo el júbilo del público.

Como dije, de repente, Barcelona se había convertido en una de la ciudades más chic y cool de Europa y los turistas, empujados por precios de vuelos ridículos, empezaron a llegar en masas. El turismo masivo no es bueno en ningún lado y cuando el ayuntamiento y el gobierno empiezan a invertir más dinero en el turismo que en los habitantes locales, entonces algo va mal. Cuando ahora le comentaba a alguien que vivía en Barcelona, este alguien me empezaba a mirar con ojos brillantes y una sonrisa de oreja a oreja en la cara y me decía: “Barcelona! Qué guuuaaaayyyyyy!” y empezaba a cantar un himno a la ciudad, casi como lo había hecho Freddy Mercury cuando abrió los Juegos Olímpicos con su canción mítica “Barcelona”. Pero por lo menos la mitad de las personas que tan positivamente hablaban de Barcelona, nunca habían estado allí, sólo lo habían escuchado o leído. La otra mitad te hablaban de los bares, de las discotecas, de la playa y de los centros comerciales. Como si  todo esto representara la ciudad. Barcelona empezó a sufrir un fenómeno turístico bastante triste, pero común: aparentemente muchas personas (independiente de sus nacionalidades) se olvidan de toda educación cuando viajan a otro país y se comportan como cerdos. A parte de tambalear gritando borracho por las calles a las doce del mediodía, muchos guiris pensaban que formaba parte de la vestimenta local, pasear en biquini o traje de baño por la Rambla. Los visitantes se comportaban como si la ciudad hubiera sido construida en exclusiva para su diversión y para su consumo, olvidándose de que también había gente que vivía en ella. Después de años de aguantar que turistas medio desnudos caminaran por mercados, restaurantes y tiendas, el Ayuntamiento de Barcelona puso fin al problema mediante multas – y esto en una ciudad que por legislación era una ciudad nudista, o sea, donde estaba permitido caminar completamente desnudo por las calles, siempre y cuando uno no lo hacía ni para exhibirse ni para provocar.

Sin embargo, Barcelona siguió pareciendo la ciudad donde todo era posible. Pero esto era mentira, era ficción. Barcelona ya no era lo que había sido. Muchos amigos y   conocidos estaban frustrados porque de repente ya no había lugar para ellos en esta ciudad, y muchos – igual que yo – estaban cansados de tanto luchar. Porque Barcelona no es una ciudad fácil: la vida es carísima, los salarios pésimos, las jornadas larguísimas, y al final simplemente intentas sobrevivir de alguna manera. El lado bonito de Barcelona apenas lo puedes disfrutar. A parte de que el mar y la playa no son todo en la vida.

Muchos amigos entonces decidieron hacer sus maletas y buscar su suerte en otro lugar, y también empecé a pensar en buscar trabajo más allá de las fronteras españolas – emigrar de la emigración. Vino una época bastante complicada, mandé no decenas, sino cientos de CVs, sobre todo en Barcelona y España, pero también afuera, pero nada. Mi humor cada día era peor.  No sólo tenía la sensación de perder mí tiempo en Barcelona, sino también estaba llena de rabia con Barcelona en particular y España en general. Después de tanta lucha, tanto renunciar, tanto estudiar y trabajar en trabajos de basura para poder pagarme la vida, ¿ahora el sistema simplemente me rechazaba? ¿De repente ya no había lugar para mí? Me lo tomaba personal.

Finalmente, después de casi dos años en paro, salvo una interrupción corta para trabajar en el muy interesante mundo de la toxicomanía, y después de una estancia de cuatro meses en Bruselas, donde me empeñaba, de forma gratis, en el trabajo de los derechos humanos, en julio de 2010, casi diez años después de mí llegada a Barcelona, encontré trabajo. En Múnich. ¿Casualidad? ¿O un círculo que se cierra?

Hice mis maletas y me fui una vez más (mudanza numero 14 de mi vida). Aunque debo decir: A medias. Porque sigo con un pie en Barcelona, ya que mi compañero y todas mis amistades siguen allí y claro, una parte de mi misma también. En consecuencia tengo la sensación de ni estar en Múnich, ni en Barcelona, sino estar dividida entre las dos ciudades. Aún así de momento no me puedo imaginar una vuelta completa a Barcelona. Con un trabajo quizás, ¿pero sin? ¿Para volver a lo de antes? ¿Para volver al rechazo, al paro? Jóvenes de toda España por fin se han levantado a protestar contra las políticas sociales, reclamando un espacio para ellos en la sociedad. “Los indignados” se llaman o movimiento 15-M. Y en realidad, debería estar allí con ellos, gritando con ellos, protestando con ellos. Porque esta España maldita también es mía.

Cuando llegué a Múnich, en las primeras semanas me sentí extranjera en la ciudad. Ya no sabía como funcionaba el sistema alemán, en especial su burocracia, y sobre todo con todo el papeleo que me esperó al principio, me sentí muy perdida. Me quedé atónita con todas las regulaciones y miraba con incredulidad los contenedores de reciclaje. No sólo había que separar botellas y frascos de cristal por colores  – verde, transparente y marrón – (y automáticamente me preguntaba donde se echarían estas botellas azules de agua que se habían puesto de moda), y el plástico del aluminio, sino sobre todo leía una y otra vez el cartel pegado en los contenedores: “Sólo está permitido echar la basura días laborables de 7-19h.” Era sábado, 20h. Bajo choque cultural me llevé mi basura de vuelta a la casa, intimidada por tanta ordenanza, y pensé en Barcelona donde se recoge la basura exclusivamente en la madrugada, todos los días del año. También me sentí torpe con la salutación de la gente. Acostumbrada a los besos españoles – que al principio me parecieron toda una invasión de mi espacio personal, pero que después formaron parte también de mis costumbres – de repente ya no sabía como saludar a la gente. ¿Dar la mano? ¿Un abrazo? ¿Besos? ¿O nada de ello, sólo un “hola”? Y debo reconocer que sigo sin saberlo e improviso cada vez que me encuentro con alguien.

Llegué en pleno verano y toda la ciudad estaba verde, algo que me sorprendía día tras día de nuevo. Había olvidado lo verde que puede ser una ciudad y caminaba maravillada por las calles. Cuando llegó el otoño, estaba fascinada con todos los colores amarillentos, anaranjados y rojizos de las hojas de los árboles. ¡Era todo un espectáculo! De igual manera disfruté con la primera nieve y después de un invierno largo y bastante gris y oscuro, estaba impresionada por la llegada de la primavera. Me pareció un milagro que después de tantos  meses de frío pudieran volver a brotar los árboles y flores. En Barcelona, donde el clima es bastante constante durante todo el año (poca lluvia, poco frío, pero mucho sol),  a veces tenía la sensación de que la naturaleza y las estaciones del tiempo eran algo muerto o que simplemente no existían. Siempre eché de menos los cambios de tiempo, porque me gusta sentir la fuerza de la naturaleza, sentir que la naturaleza es algo vivo. ¡No hay nada mejor que una lluvia torrencial o una tormenta, nubes amenazantes, rayos y truenos incluidos! Las pocas veces que el tiempo en Barcelona se salió de su libreto y decidió rebelarse, se paralizó la ciudad: con una tormenta, fácilmente se quedó un barrio entero de la ciudad sin electricidad o se paralizaron los servicios de trenes de cercanía. Con mucha lluvia, las estaciones del metro no se llenaban sólo de goteras, sino también que se inundaron directamente, tanto que el agua llegaba hasta los andenes. Siempre había algo que dejó de funcionar. Lo de las goteras sigue siendo un enigma para mí: Los hay siempre y en todos lados. Construyen obras durante años y años y nada más inaugurarlos, y con la primer lluvia, así sucedido con el mercado de Santa Caterina, se filtra agua por el techo.

Descubrir Barcelona fue descubrirme a mi misma. Íbamos al lado, mano a mano. Creo que la época entre los 20 y 30 años es crucial para las personas ya que es la época que la que uno define lo que se quiere hacer o no con la vida que se tiene delante. De los primeros diez años de vida uno apenas tiene recuerdos, en los próximos diez uno hace muchas cosas por primera vez y uno se da cuenta que la vida no siempre es una carnaval (a contrario de lo que canta Celia Cruz) y que estaría bien mandar algunas experiencias al olvido, pero es precisamente entonces cuando los recuerdos empiezan a cavarse un lugar consciente y inamovible en nuestras memorias.

Si me miro hoy, veo Barcelona por todas partes: El español que forma parte de mi – tanto que incluso en Alemania me apunto mis listas de compras o otras notas en español. La música que escucho que es un su gran mayoría hispanohablante. Mi impaciencia ante los semáforos en rojo que obviamente en España también existen, pero que por los peatones no son respetados. En cuánto la calle está libre, uno empieza a caminar, luz verde o roja, no importa. Aquí en Alemania, la gente hasta espera la luz verde en calles donde pasa un coche cada media hora y confieso que sigo practicando siempre que pueda la costumbre española. Cierta impuntualidad que se apropió de mi en España, donde un margen de cinco a diez minutos forma parte de los buenos modales. El amor por las olivas y los espárragos, verdes en los dos casos, las alcachofas, el fuet, las tapas en general y claro, el pa amb tomàquet. Y sí, también mi manera de ser que ya no es tan “alemana” y yo misma ya no puedo decir que soy alemana sin decir en el mismo instante que he vivido mucho tiempo en España – si no lo hago, siento que doy sólo una imagen media de mi misma.

Y bueno, Múnich es bonita, disfruto sobre todo la posibilidad de moverme en bici siempre y a todos lados y la cercanía de los (Pre-)Alpes, donde me gusta pasar mi tiempo libre. Pero Múnich también es muy tranquila y añoro la bulla del sur. Múnich también es un poco pija, la gente es toda más o menos igual, y echo de menos la mezcla de gente. Mi sitio quizás no sea Barcelona, pero muy seguramente Múnich no lo es, así que la búsqueda sigue.

Preguntarme como hubiera sido mi vida o quien sería hoy si no me hubiera ido a vivir a Barcelona, es absurdo, porque otra ciudad u otro lugar me hubieran marcado también, aunque de manera diferente. Pero lo cierto es que una gran parte de lo que soy se lo debo a Barcelona, tanto lo bueno como lo malo. Y por esto te digo, Barcelona: Eres muy bella, aunque a veces muestras tu cara más fea. Eres mi amor, Barcelona, pero también mi desesperación.

Jana Brandt. Septiembre de 2011

Fotos:

  1. Mapa Barcelona
  2. Playa de Barcelona (Jana Brandt)
  3. Casa en Bosnia y Herzegovina destruida por la guerra (Jana Brandt)
  4. En el taller T45 en el Raval
  5. Catalonia is not Spain
  6. Área afectado por el plan 22@
  7. Imagen de los correbous
  8. Viñeta paro
  9. Múnich en otoño
  10. Pa amb tomàquet 
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