ÉRASE UNA VEZ MANUEL MARULANDA VELEZ

PEDRO ANTONIO MARÍN: UN HOMBRE LLAMADO «TIROFIJO»

Texto:Yezid Arteta Dávila

 (Esta historia fue nominada a los premios Simón Bolívar de periodismo en el género de crónica. Fue publicada por la edición No 58 de la Revista Número dirigida por el laureado escritor colombiano William Ospina)  

Cuando un grupo de diputados franceses, durante las negociaciones del Caguán, fueron hasta el campamento de «Tirofijo» para discutir sobre la situación de Colombia, de repente se sorprendieron al observar que el jefe de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) se levantó de la mesa, introdujo una mano en el bolsillo de su pantalón de dril, extrajo un puñado de granos de maíz y luego los arrojó a unas gallinas que merodeaban por los alrededores. Esta anécdota, que le relató a la periodista Patricia Lara[1] el diplomático francés Daniel Parfait, es la metáfora más fiel para definir al hombre que fundó y dirigió por espacio de 44 años a la guerrilla más antigua del hemisferio occidental: el revolucionario Manuel Marulanda Vélez —su nombre de guerra— jamás dejó de ser el campesino Pedro Antonio Marín, nacido el 13 de mayo de 1928 en la población cafetera de Génova.

Eran los primeros días del mes de diciembre de 1984 cuando lo conocí en el legendario campamento La Caucha. El cuartel lo componía una casa de varias habitaciones, construida en madera aserrada y techada con láminas de zinc, además de cuatro o cinco barracas que alojaban a los guerrilleros. En aquel lugar, atravesado por una diáfana quebrada que desemboca en el río Duda, se hallaba el mando central de las FARC, el selecto grupo de jefes insurgentes que, de acuerdo con los planes aprobados en la Séptima Conferencia realizada en 1982, estaba llamado a dirigir la estrategia de guerra contra el Estado hasta su derrocamiento, y remplazarlo por un gobierno popular. Han pasado desde entonces veinticuatro años y la guerra colombiana no parece tener un final cercano.

Desde la creación de la república en 1819, Colombia ha parido sólo dos hombres que han combatido en forma casi continua por más de medio siglo. El primero de ellos fue el aristócrata payanés Tomás Cipriano de Mosquera, que a los dieciséis años se enroló en las filas del ejército del Libertador, batiéndose en una y otra guerras hasta un poco antes de su muerte. El otro fue el agricultor Pedro Antonio Marín (Manuel Marulanda Vélez), quien se alzó en armas, casi sin interrupción, contra quince gobiernos, una junta militar y una dictadura. Mosquera y su ejército sedicioso derrocaron al gobierno de Mariano Ospina Rodríguez en 1861. Marulanda falleció sin haber visto que su proyecto insurgente llegara al poder. Coincidencialmente, ambos jefes militares murieron días antes de cumplir ochenta años.

La vida de Marulanda es la historia de Colombia en el último medio siglo. A diferencia de la mayoría de los líderes mundiales, que mueren asesinados por algún fanático, en el lecho de una sofisticada clínica, en mansiones rodeados por sus más cercanos colaboradores o en una elegante funeraria atestada de familiares que se disputan una jugosa fortuna, «Tirofijo» murió en un cambuche construido con varas, palmas y helechos de la selva, esa misma maraña de árboles milenarios, bejucos y hojarascas que por espacio de varias décadas lo protegieron de los enemigos que lo buscaban incesantemente para matarlo.

No puedo olvidar la impresión que me llevé aquella mañana que arribamos al cuartel general de las FARC en compañía de un guía que arriaba una recua de mulas cargadas con víveres para los guerrilleros, y Camilo, un músico natural de Neiva que se reincorporaba a las filas luego de haber purgado en prisión una condena por rebelión y que meses después encontraría la muerte en combate en un paraje del Magdalena Medio. Allí, frente a mis ojos, estaban los que para esos días eran leyenda: Manuel Marulanda Vélez y Jacobo Arenas. Y digo que me sobrecogí porque ya en ese entonces, aun para los mismos comunistas, «Tirofijo» era un mito que pesaba en el imaginario de los colombianos. Además de los dos históricos jefes insurgentes estaban allí Alfonso Cano y Raúl Reyes. Yo había decidido en aquel entonces abandonar las luchas universitarias en Barranquilla para unirme a las huestes de las FARC, y justamente Manuel Marulanda fue uno de los primeros guerrilleros que vi armados: portaba una carabina M-2 de fuego selectivo terciada sobre el hombro izquierdo, el mismo tipo de arma que inmortalizara el «Che» Guevara en la quebrada del Yuro, donde lo emboscaron e hirieron.

En Vivir para contarla[2], Gabriel García Márquez relata un episodio del que fue testigo en compañía del fotógrafo Daniel Rodríguez, ocurrido en la región de Villarrica por allá en los años cincuenta, cuando se desempeñaba como periodista en el diario El Espectador. Recuerda el Nobel la emboscada contra un destacamento de soldados de la dictadura de Rojas Pinilla, realizada en un paraje rural del municipio por un embrión guerrillero del Tolima dirigido por un muchacho de veintidós años que hacía «carrera en su ley». Cuarenta y tantos años después a «Tirofijo» lo consultaron en su campamento de guerra acerca de aquel episodio y dijo no recordarlo. No es así, Marulanda lo recordaba todo; simplemente quería minimizar, por no decir que esconder, su papel en la conducción táctica del combate, pues no era amigo de referir sus proezas militares (que se pueden contar por montones) porque su espíritu era de grupo, de acción colectiva. «Tirofijo» fue dueño de una memoria prodigiosa. Podía recordar en detalles cada roca, cada árbol, cada riachuelo que cruzaba un camino que recorrió hacía muchos años. Muchos mandos medios llevaron a cabo celadas exitosas contra la fuerza pública siguiendo estrictamente las instrucciones que les proporcionaba Marulanda, quien les decía en qué lugar debían emboscar a los francotiradores, qué recodo del camino debían sellar para que no escapara la patrulla, dónde ubicar al grupo de asalto o el de corte, en fin, el zorro «Tirofijo» tenía calcada en la memoria el teatro del combate, aun cuando estuviera a centenares de kilómetros del lugar o hubiera dejado de transitar por allí cuarenta años atrás.

«Tirofijo» se destacó como un guerrero entregado totalmente a sus hombres. Vivió como un espartano, con lo justo para sobrevivir en las duras condiciones de la guerra de guerrillas, compartiendo con su tropa cada una de las vicisitudes de la trashumancia guerrillera. Enseñando a cada combatiente desde lo más elemental, tal como la manera en que se debe cortar una cebolla para sazonar la carne de un cerdo, hasta la complejidad de una emboscada cuya relación era de 10 a 1. «Tirofijo» jamás creó distancias entre él y sus hombres, y así lo recuerdo, cuando una madrugada en La Caucha nos comentaba con lenguaje sencillo, sin pretensiones y arandelas, la decisión de las FARC de permitir la incorporación masiva de jóvenes estudiantes a las estructuras rurales, rompiendo con el viejo mito de que los «urbanos» no eran capaces de asimilar los vórtices de la lucha armada en el campo. Quienes lo escuchamos con inusual atención, compartíamos la misma ración de arepa y chocolate que él comía, sentados sobre unos troncos fijados en horcones.

Cuando se iniciaron los diálogos en el Caguán con el presidente Pastrana, en enero de 1999, más de medio centenar de guerrilleros procedentes de distintos frentes y columnas estábamos presos en la Cárcel Nacional Modelo de Bogotá. Seguíamos los sucesos relacionados con la negociación a través de la televisión, de manera que podíamos ver las imágenes de los voceros de las FARC, y naturalmente la ruda figura de Manuel Marulanda. Algunos de los prisioneros hacían notar que «Tirofijo» asistía a cada uno de los eventos luciendo una camisa a cuadros de colores azul y blanco. Los más quisquillosos se ruborizaban por este hecho, pues mientras los voceros oficiales vestían diversos y elegantes atuendos, el jefe de un sólido ejército guerrillero aparecía en escena siempre con la aludida camisa, al parecer la única que guardaba en su mochila de campaña y reservada para la ocasión. Este simple hecho, que para algunos prisioneros era motivo de vergüenza, es por el contrario una demostración del hombre ajeno a las veleidades y la vanidad, un jefe revolucionario al que le tenía sin cuidado su imagen exterior puesto que para él lo esencial era su pliego de reivindicaciones. En estos tiempos de imágenes mediáticas, de poses superfluas y expresiones corporales estudiadas, no hay duda de que el guerrillero más antiguo del mundo era lo opuesto a todo ello, una especie de outsider a su manera.

La muerte de «Tirofijo» se produjo a consecuencia de un infarto cardiaco, tal como reza en el comunicado oficial de las FARC leído en forma grandilocuente por Timochenko, uno de sus discípulos que se forjaron en la Operación Cisne 3[3] que se libró en la histórica región del Guayabero. El cadáver de Marulanda Vélez ha sido el trofeo más preciado por varias generaciones de militares colombianos. Todo oficial o suboficial del ejército soñó alguna vez con «darlo de baja en combate». «Tirofijo» demostró ser más listo que sus perseguidores, y vaya que lo fue, pues más de medio siglo peleando y escabulléndose de las trampas que le tendían sus enemigos es, en el terreno militar, una verdadera hazaña, sobre todo cuando la guerra en Colombia ha sido de verdad y no de mentirillas. Su deceso no deja de ser una representación alegórica de las dos grandes utopías que hoy persisten en Colombia, a pesar de la muerte violenta de millares de ciudadanos por razones del conflicto. Una es la quimera que Marulanda ha dejado de herencia a sus sucesores y que pretende imponerse mediante un triunfo militar que le arrebate el poder a la rancia y codiciosa oligarquía colombiana. La otra es la fantasía de los guerreristas del establishment, que sueñan con minar en forma definitiva la capacidad de combate de los alzados hasta verlos forzados a firmar su rendición incondicional. Lograr un punto de encuentro entre estas dos posturas maximalistas podría ser la llave que permita transformar y construir la paz en Colombia.

En un país de saltimbanquis, donde a la dirigencia política le tiene sin cuidado realizar cualquier tipo de maroma para obtener sus réditos particulares, una sociedad que reproduce sin vergüenza alguna las más abyectas prácticas arribistas, la figura de «Tirofijo» parecería exótica. Marulanda fue un hombre testarudo, que jamás renunció a su programa de transformación agraria, lo que prueba su tesitura, independientemente de que se compartan o reprochen los métodos empleados para lograrlo. Es una lástima que la dirigencia del país, obnubilada por los prejuicios de linaje y su arrogancia intelectual, no percibieran que detrás del ejército que comandaba Marulanda se encontraban unos agravios íntimamente ligados a la tenencia de la tierra y a la persecución por sectarismo político. Los discursos de la «modernidad» miraron a «Tirofijo» como a un raro animal en extinción, lo trataron de «dinosaurio», de «chusmero», de «forajido», de «antisocial», de «bandido»; mientras tanto, él seguía reclutando campesinos en la frontera agrícola, en la punta de la colonización, en la Colombia de fábulas y mitos, en lo profundo, allá donde la historia se transmite de modo oral. Antes de escuchar y corregir los orígenes de las demandas campesinas, los centros de poder se emplearon a fondo por eliminarlo. El resultado es lo que sabemos: una guerra sin cuartel y sin reglas.

En la vida errante del guerrillero, donde se caminan miles de kilómetros durante días y años sin llegar a ninguna parte, el hecho de llevar una libra de más o de menos en la mochila adquiere una enorme relevancia. Menciono este detalle porque marchar al lado de Marulanda implicaba una serie de condicionamientos derivados de la rusticidad, o mejor, de la autenticidad de su carácter. La columna que caminaba con «Tirofijo» debía cargar un pesado molino para triturar el maíz, ya que no permitía que las arepas que consumían él y sus hombres se hicieran con harinas elaboradas. Gustaba de tener animales de huerta en sus campamentos, tales como gallinas o cerdos, y escuchar el canto de un gallo rompiendo la madrugada. Por razones tácticas y de respeto al orden de la naturaleza misma, sus subalternos tenían la prohibición terminante de cortar las raíces de los bejucos que se elevaban por los tallos de los árboles hasta entramarse sobre los copos, pero además no permitía la tala de bosques sin justificación o la cacería de animales del monte, salvo en caso de extrema necesidad, esto es, para alimentarse en aquellos períodos donde la supervivencia de sus combatientes dependiera de ello. Estas actitudes de Marulanda no eran el resultado de un discurso aprendido en torno al respeto al hábitat, ni tampoco una pose glamorosa alrededor del consumo de alimentos orgánicos, sino más bien una actitud connatural a un hombre de costumbres sencillas, la de los campesinos, aquellos que lo veían pasar por sus míseros ranchos, y sin embargo no lo delataban, no tanto por el temor que ello implicara, sino porque «Tirofijo» — como lo nombraban — era la representación misma de su marginalidad; lo veían como el «último mohicano», el residuo de aquellos tiempos turbulentos de la violencia partidista, donde el solo hecho de ser un desdichado labriego, liberal o conservador, era motivo suficiente para morir con la cabeza cortada a machete. Por esta razón, muchos campesinos se ufanaban de conocerlo o mentían entre ellos de haberlo visto algún día pasar por su granja, porque en últimas la figura tosca y perseverante de «Tirofijo» era la encarnación de los ilusiones de ellos mismos.

La biografía de Manuel Marulanda Vélez, cuando aún era el agricultor Pedro Antonio Marín, podría ser francamente aburrida para aquellos lectores que gustan de folletines y de historias románticas, con pasajes plenos de aventuras extravagantes y viajes exóticos. Lo único que se sabe por boca de su centenaria tía Ana Francisca Marín es que de niño era un excelente e invencible jugador de trompo. Que después apareció en una lista que por error el dirigente conservador de Génova, Floro Yépez Gómez, había dejado en el bolsillo de un sacoleva que envió a una lavandería de vapor. «Liberales para matar», titulaba el papel encontrado por el lavandero, donde por supuesto estaba el nombre de Pedro Antonio Marín, y tachados por una cruz los que ya se habían cargado. «Desde que se fue con la chusma de Modesto Ávila, ni más lo he vuelto a ver», le contó la anciana mujer, que cumple 101 años y vive en un barrio popular de Armenia, al periodista de El Espectador Miguel Ángel Rojas[4].

Quienes realmente convirtieron a Pedro Antonio Marín, tan pobre de solemnidad hasta ese entonces, en un auténtico personaje de biografía fueron los «ilustres» gobernantes de la época a quienes se les ocurrió la brillante idea de que un pequeño grupo de campesinos analfabetas, que gestionaban una comuna agrícola en el culo del mundo, eran la rediviva versión criolla de los bolcheviques que tomaron por asalto el palacio de invierno en San Petersburgo. Eso fue en 1964, y lo atacaron; él se defendió con 48 hombres que le acompañaban y años después obligó a los descendientes de los agresores a negociar con una organización que reunía a unos 20.000 combatientes a principios de 1998. Sin embargo, «Tirofijo» nunca se tomó en serio aquello de que era un importante dirigente revolucionario de América Latina, y siguió llevando al cinto una cubierta «chaparraluna» que guardaba un machete de dieciocho pulgadas, de los mismos con los que limpiaba la maleza en sus años mozos, cuando jornaleaba por unos cuantos reales en las haciendas cafeteras del viejo Caldas. Ni siquiera Marulanda se refería al hecho de que el más grande icono mundial de todos los tiempos, Ernesto «Che» Guevara, lo mencionara de manera relevante en el famoso Mensaje de la Tricontinental, escrito de su puño y letra en el año 1966 y publicado al año siguiente, cinco meses antes de su muerte en Bolivia[5].

Manuel Marulanda Vélez no se tragó el cuento de la fama que lo presentaba como el «guerrillero más antiguo del mundo», y a diferencia de los jóvenes combatientes que ostentaban vanidosamente ante las cámaras de televisión sus uniformes de campaña camuflados y sus fusiles de asalto, él seguía siendo el mismo Pedro Antonio Marín que conversaba con un ordeñador de vacas sobre la manera de curar la pata de un ternero que cojeaba. Sin portar charreteras, calzando sus botas de arriero, su pantalón de dril  barato y su camisa a cuadros de cuatro pesos, ponía en aprietos a los más encumbrados generales de la república aprisionados en sus lustrosos uniformes de fabricación estadounidense. Aparentemente, «Tirofijo» no era consciente de lo que representaba, pues a pesar de que su fotografía aparecía en la primera plana de los más importantes periódicos del mundo, y que sus imágenes eran presentadas una y otra vez en vivo y en directo por las grandes cadenas de televisión por cable, su cotidianidad proseguía igual, como si aún fuera el pobre muchacho campesino que se fue con la «chusma» de Modesto Ávila porque los conservadores lo andaban buscando para matarlo.

«Tirofijo» murió físicamente el 26 de marzo, según explica el comunicado leído por Timochenko. De inmediato, el ministro de Defensa dijo públicamente que el alma del fundador y jefe máximo de las FARC se encontraba desde ese día en el infierno (lo condenó a las tinieblas sin haber hecho escala en el purgatorio). Del comentario realizado por el ministro se ha de colegir que el paraíso está reservado para él y los suyos. Para desgracia de Colombia, las grandes y encumbradas familias que sucesivamente se han repartido el botín, por lo que sus alforjas están repletas, se han reservado el derecho de mandar no sólo en la tierra sino también en el más allá, arrogándose potestades que hasta ahora se había guardado para sí el mismísimo dios. No hay duda de que la soberbia de los poderosos es uno de los mayores obstáculos para la reconciliación de los colombianos. Si le creyéramos al ministro que el alma de «Tirofijo» está en los aposentos del diablo, bien podría el jefe de las FARC seguir la máxima de Mark Twain y sentirse cómodo adonde lo envió el alto funcionario de gobierno; al fin y al cabo, como diría este escritor estadounidense «el paraíso lo prefiero por el clima; el infierno, por la compañía». A lo mejor, el que fue el guerrillero más viejo del mundo encontrará más de un personaje interesante de la historia para conversar, para divertirse, para reírse, para dar y recibir consejos.

No sabemos si tomar en serio o no el ofrecimiento que ha hecho el alto mando militar colombiano de ofrecer una jugosa recompensa de varios miles de dólares a quien dé informes acerca del lugar donde fue enterrado el cadáver de «Tirofijo», con el fin de «averiguar» por las causas de su muerte. En Colombia todo parece ser serio pero al final todo resulta caricaturesco, tal como sucedió recientemente con el reloj de Raúl Reyes, presentado como un lujoso Rolex de varios miles de dólares; con todo, al final se comprobó que era un reloj «pirata», de los mismos que venden en el mercado de Tepito de Ciudad de México o en El Boliche de Barranquilla por unas cuantos calderillas. En Colombia, las noticias de la guerra han llegado a tal grado de banalidad que lo trágico se transmuta, como por arte de magia, en algo cómico. Fueron más de sesenta años, miles de muertos y millones de dólares que se emplearon para matar a «Tirofijo» y sin embargo no pudieron lograrlo. Ahora que se sabe que está bien muerto, la pregunta es: ¿cuántos años, cuántos muertos y cuántos dólares se necesitarán para dar con los restos de «Tirofijo»?

La última vez que vi físicamente a «Tirofijo» fue en el campamento de «Hueco Frío», donde funcionaba la Escuela Nacional de Cuadros Hernando González Acosta, dirigida en ese entonces por Timochenko. Habíamos finalizado una maniobra de entrenamiento con su columna de marcha, y Marulanda asistió a la reunión de balance y clausura del curso. Iba acompañado de un formidable perro ovejero bautizado con el nombre de Danger, y había abandonado recientemente el consumo de cigarrillos: los celebres Pielroja que lo acompañaron durante muchísimos años en sus campañas. En aquella jornada estuvieron también Jacobo Arenas y Alfonso Cano. Desde entonces han pasado veintitrés años y escribo estas notas a miles de kilómetros de aquel lugar, desde una escuela en la que se estudian los conflictos armados en el mundo y propugna la resolución dialogada de los mismos.

He cerrado el capítulo de la lucha armada luego de pasar un  tiempo en la prisión, y desde este lugar pienso en Miguel Pascuas — apodado «El sargento Pascuas» por quienes frecuentan los círculos de la guerra —, el único sobreviviente activo de aquellos cuarenta y ocho hombres que resistieron el ataque oficial contra Marquetalia en mayo de 1964. Pienso también en Alfonso Cano, el nuevo comandante en jefe de las Farc, con quien comparto el gusto por la música salsa y el futbol. En algunos momentos conversé con Pascuas en la zona montañosa de Corinto, territorio de los indígenas paeces, y también en un viejo campamento en El Pato, y la idea que me formé de él es que conserva el mismo componente de todos los marquetalianos: la humildad. En la Segunda Conferencia Nacional de Organización de la Juventud Comunista, en el año de 1977, coincidí con Cano, a la postre secretario del regional de Bogotá para la época. Algunos años después, militantes ambos en las filas de las Farc, charlábamos muy animadamente, y entre bromas, sobre el futuro de la organización. Era Alfonso Cano miembro del Secretariado y yo responsable de un frente en el suroccidente del país, y conmemorábamos para esos días el vigésimo aniversario de las Farc. En resumidas cuentas: Pascuas es la impronta viviente de un asunto campesino que aún está por resolver en Colombia, y Cano es la nueva generación de guerrilleros llamados a sellar un pacto definitivo: una paz que beneficie al conjunto de la sociedad colombiana.

[1]. Véase revista Diners.

[2] Vivir para contarla, Editorial Mondadori, p. 553.

[3]. En 1980, durante una importante operación en la región del Guayabero, el ejército empleó un nuevo modo de operar contra la guerrilla, desplazándose a campo traviesa y sin dejarse detectar por la población civil. En respuesta, las Farc opusieron una nueva táctica, que se materializó en la Operación Cisne 3.

[4]. Véase diario El Espectador, 31 de mayo de 2008.

[5]. Ernesto «Che» Guevara, Mensaje a los pueblos del mundo a través de la Tricontinental, abril de 1967.

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