RESCATANDO AL TENIENTE COOKSON

RESCATANDO AL TENIENTE COOKSON

Texto y Fotos: Yezid Arteta Dávila

They got me (Me han dado)- exclamó John Cookson, Teniente de la Compañía de Trasmisiones y miembro de la Brigada Lincoln al recibir en el pecho un fragmento de metralla proveniente de un obús anticarro de fabricación alemana, mientras combatía en la Batalla del Ebro a favor de la causa republicana en el verano del año 38. Tenía entonces 25 años y el pastor metodista Alfred, su padre, admitió que “tendría más razón un hombre en morir joven habiendo muerto por un propósito que en vivir una vida entera sin ninguno

Es 25 de julio de 2011 y hace 73 años se inició la legendaria batalla que definió el curso de la Guerra Civil Española. Un vigoroso sol de verano salpica al medio centenar de personas de todas las edades que desciende por entre los matorrales hacia una hondonada. Algunos enarbolan la bandera con los colores rojo, amarillo y morado que identifica a la II República Española. De repente el grupo se detiene junto a un claro protegido por un pino y otros arboles mediterráneos más pequeños. Sobre el tallo del pino están fijadas unas pancartas que contienen una foto y alguna leyenda en tres idiomas: inglés, castellano y catalán. Al pie del árbol hay dos losas de piedra con letras y números labrados y en una esquina está grabada la estrella de tres puntas que identificó a las Brigadas Internacionales que combatieron en España.

– Los huesos son de hombres que dejaron la vida en una batalla y no importa a que bando pertenecieron – me dijo María Molina, una vehemente activista de la izquierda catalana, mientras observábamos a un grupo de estudiantes que colocaban una ofrenda floral sobre la superficie del Monumento-Osario de Les Camposines, lugar donde se juntaron los restos de algunos jóvenes que murieron en la Batalla del Ebro y fueron enterrados de cualquier manera en los barrancos, las sierras y los campos de cultivo.

Los huesos recopilados en Les Camposines no se saben a que hombres pertenecieron. En cambio los restos sepultados al  pie del pino se saben de quienes eran. Unos son los de John Cookson, un estudiante de doctorado en física de la Universidad de Wisconsin en Madison que llegó a España con otro grupo de norteamericanos entre los que se encontraba Clarence Kailin para defender a la Republica. Cookson no era un soldado de fortuna – tal como los que combaten en la mayoría de las guerras del siglo veintiuno – que venía detrás de una paga, sino un joven humanista que no dudó en defender sus ideales con el pellejo. La otra tumba guarda los huesos de Fernando Iafa Brodsky un argentino que, no murió en la batalla, sino muchos años después en Buenos Aires, pero pidió a su prole que lo enterraran junto a Cookson.

– Cuando llegue el día de mi transito definitivo, mi deseo es que mis cenizas sean enterradas al lado de mi más querido amigo y camarada – dejo dicho a sus hijos Clarence Kailin, sobreviviente de la Brigada Abraham Lincoln que fue herido en combate pero logró salvarse y consiguió vivir hasta la edad de 95 años, convencido de que el socialismo no era una ideología sino una manera de asumir la vida.

El año pasado, John, el hijo de Clarence Kailin, viajó desde Wisconsin hasta el pueblo de Marçà en la comarca vinícola del Priorat trayendo consigo las cenizas de su padre. En una conmovedora ceremonia las cenizas de Kailin fueron regadas en el lugar donde reposan los restos de su amigo y camarada.

Hace unos años participé en una guerra irregular, en Colombia, mi país. Una guerra que aún no termina. No hay nada que justifique hoy día la acción de disparar y matar en Colombia. Hay que prepararse para el dialogo, la reconciliación y la recuperación de la memoria. Al fin y al cabo todos los huesos regados en las cañadas, en la selva remota, en los pliegues de las cordilleras, en los cementerios perdidos…todos esos huesos pertenecen a la especie humana.


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