EPOPEYA EN EL CALABOZO (relato de un preso)

El presente relato fue escrito por Jaison Murillo Pachón en una celda de la Penitenciaria de Alta Seguridad de Cómbita, lugar donde se encuentra actualmente recluído cumpliendo su condena.

  LA NAVIDAD

Autor: Jaison Murillo Pachón*

– ¡Ese Martín Zárate! –grito el guardián desde la reja de acceso al patio, sosteniendo un pequeño volante en la mano.

– ¿Remisión? – pensé. Hacia casi un año no salía del penal desde que había terminado las audiencias públicas del juicio por el cargo de rebelión, pero aun debía comparecer ante los jueces por otras sindicaciones – ¿Será que me llevan a eso?

– ¡Quiubo ese Martín Zárate! – gritó de nuevo el guardián.

– Que no vaya a ser “traslado”, marica – soltó con sorna y mal agüero alguien cerca de nosotros.

– ¡Humm !  ¿Será que se calentó, socio? – dijo un colega a mi lado –. Yo le dije que no se metiera a joder en la vocería del patio.

– Eso se sabe que a todo vocero y monitores de Derechos Humanos los descontrolan y los ponen a viajar – agregó otro preso político que nos acompañaba.

– A menos que sea otra cosa, quien sabe… – concluyó el último del grupo con quienes me hallaba tomando el sol en el pasillo del segundo piso para paliar el frío de Cómbita.

Tranquilizado por esta idea baje, crucé la reja, me requisaron, me esposaron y saliendo pregunté:

– ¿Pa’ qué es, dragoneante?

– Encomienda – rezongó inexpresivo y lacónico.

¿Encomienda? – pensé – ¿Y eso de quien?, mamá me hubiera dicho si fuera de la casa, si no son ellos solo puede ser mi compañera, pero tampoco ha dicho nada, no tiene un peso, esta desempleada, no puede ser ella. ¿Entonces quien?

Pasamos la exclusa de guardia interna, el dragoneante dejó el volante allí, me hizo registrar en el libro de minuta, me quitó las esposas y me dejó en el calabozo en el que hacen los reconocimientos en fila.

– ¿Será una trampa? – digo para mis adentros – Se dice que la fiscalía suela hacer que sus “testigos” lo vean a uno furtivamente para luego, en un procedimiento legal, el señalamiento sea eficaz.

Me pego al vidrio y hago sombra con las manos para poder ver hacia el otro lado, pero no observo nada, la sala contigua parece vacía.

Espero un rato. Por fin me llaman. El guardia abre el calabozo y salgo. Los guardias encargados de las encomiendas están un poco más allá contra el muro de los locutorios junto a las exclusas de entrada a los patios de visita. Han puesto una mesa rimax con los formatos para inventariar y el huellero. En el piso, al pie de la mesa, se observan cajas de diversos tamaños con rótulos y etiquetas de una empresa de mensajería llamada Servientrega.

– ¿Qué significa esto? –comento en voz baja – recordando que no pocas veces se ha visto en la cárcel que alguien reciba un paquete anónimo,  de un remitente que le es por completo ajeno y desconocido y al abrirlo se descubren objetos prohibidos por el régimen del penal o incluso armas blancas o drogas. Por lo que el destinatario termina sancionado, encalabozado, con la valoración de su conducta gravemente afectada y perdiendo beneficios administrativos, además de la judicialización por nuevos delitos según el caso. Esto ha ocurrido en situaciones de internos contra quienes se han orquestado “montajes” con el fin hundirlos en prisión. Hay también casos en que algún preso decide entrar de contrabando materiales prohibidos usando los datos personales de un tercero a quien no se le advierte nada, y al que, resulte fácil presionar luego en el patio si los objetos burlan la seguridad; pero en caso de fracasar, el pobre inocente, no está en condiciones de señalar a los verdaderos responsables  ¿Se trata de algo así?. Pensaba.

– Su nombre – exige uno de los guardias.

– Martín Zárate – contesto.

Busca entre los paquetes y cajas junto a la mesa, toma una de las cajas más grandes y la pone sobre la mesa, rompe con el bisturí los sellos, cintas y etiquetas, toma el recibo del remitente y se lo pasa al otro guardián quien lo lee y pregunta:

– ¿Quién le envía?

Gracias a la tensión, la expectativa, el interés de saber qué carajo ocurre, logre ver la información del recibo justo en el momento en que se pasaban del uno al otro el papel. Vi que la dirección correspondía a un sector del noroccidente de Bogotá (mi familia vive en el otro extremo). El nombre del remitente: Verónica Ortiz. ¡Ni idea quién es!

– Verónica Ortiz – dije sin pensar más. A Santa Rosa o al charco. como dice el refrán popular .

El tipo registró la información del recibo en el formato, mis datos personales y luego hizo el inventario de lo que el otro guardián iba sacando de la caja. Para mi sorpresa, este otro, lentamente fue requisando una docena de rollos de papel higiénico, una decena de jabones para ropa, media docena de jabones de tocador, tres tubos de crema dental, dos cepillos dentales, un tarro grande de talcos para los pies, champú, desodorante…

Esto no es una “encomienda” – pensé –, es un “botín”, una lotería, el premio gordo del baloto . Estas cosas no podían provenir de mi familia o de mi compañera. ¿Con que plata? Tampoco era una trampa porque el guardián seguía sacando más objetos maquinalmente, sin sobresaltos. ¡Un amigo! ¿Pero cual? Ninguno quedaba de los días previos a mi detención. ¿Alguno de los tantos compañeros de presidio que salen libres y que luego de despedirse prometen no olvidar a los que quedamos? Pero ninguno cumple, se van y nos olvidan, o si se acuerdan no se manifiestan, no escriben, no nos visitan, no consignan ni ponen encomiendas…

Cuando el guardián iba finalizando la faena ví en el fondo de la caja unos suplementos culturales de el periodico El Heraldo y una carta. Sin esperar que la registraran la tomé emocionado.

– ¡Claro! – dije exultante -. ¡El viejo Yezid!

Los guardias me miraron con notoria molestia, turbados.

Con ver la caligrafía reconocí los trazos precisos, nítidos, del colega. Sólo él me enviaría los suplementos culturales de El Heraldo, el amigo con quien compartimos entre rejas el goce de la literatura, intercambiando libros, opiniones y escritos. Yezid Arteta estaba pronto a recuperar su libertad después de diez años en cautiverio, y claro, había decidido acompañar los suplementos con un detalle que para aquel diciembre de 2005 era todo un regalo de Niño Dios, la Navidad, una especie de PapaNoel oportuno, gratificante y generoso.

Guardé la carta en el bolsillo para leerla tranquilamente en la celda. Me quité el saco haciendo con el una bolsa y recogí todo. De regreso en el patio los compañeros me vieron llegar con el paquete y esgriminedo una sonrisa de oreja a oreja.  Subí hasta la celda, tire todo adentro por la rejilla de la puerta, volví al patio, reclamé la comida y me senté junto al grupo de amigos que me esperaba con evidente curiosidad.

– ¿Qué pasó? – dijo uno.

– ¿Qué era, cuente! – acosó otro.

Saqué la carta, la mostré ligeramente y la metí de nuevo en el bolsillo.

– Yezid me envió encomienda – expliqué.

– ¡Que chimba, la Navidad? – exclamó el primero.

– Bacano que haya tenido ese detalle – agregó el segundo.

– ¿Cierto? – enfaticé.

– ¿Y que dice la carta? – pregunto uno.

– No se, después la leo –  dije.

– Me cago de risa donde eso no sea para usted… – dijo uno que había permanecido callado.

Todos lo miramos entre sorprendidos, incómodos y molestos por el comentario de mala leche. Terminamos de comer en silencio. Pese a la fraternidad que se teje entre presos políticos es natural, inclusive corriente y predominante, que afloren mezquindades. La envidia frente al bienestar de alguno es hasta lógico y explicable en un ambiente donde campean las necesidades y las privaciones.

De noche, encerrado bajo llave, como es habitual en las prisiones de alta seguridad, organicé todo en la celda, me acosté y leí la carta en que Yezid me actualizaba sobre sus vivencias mas recientes, comentaba sus últimas lecturas, pedía mi opinión sobre algún asunto filosófico y al final decía: “Por favor, entregale los útiles de aseo a un preso que le dicen Cumbia. Los suplementos culturales son para tí.”

* Jaison Murillo Pachón (Armenia 1978) estudió filosofía en la Universidad Nacional. Trabajó de docente en varios colegios de Bogotá. Ha ganado dos veces consecutivas (2003 y 2004) el Concurso Nacional de Cuento del INPEC (Instituto Nacional Penitenciario y Carcelario). Sus obras más relevantes son Síndrome de Estocolmo (poesía), Huequitos en la Distancia (poemas 2005-2007), Epopeya del Calabozo (crónicas) y La Incertidumbre que incluye narraciones galardonadas en el Salón Nacional de Arte. Jaison cumple condena desde  2003 y dedica su tiempo en prisión a las actividades educativas, la lectura y la escritura. 

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