EL DÍA QUE MURIÓ PEPE ANTEQUERA (juntar los jirones para tejer la memoria)

JUNTAR LOS JIRONES PARA TEJER LA MEMORIA*

Autor: Yezid Arteta Dávila

Barranquilla. Octubre de 1983.

José Antequera levanta la mirada de la cerveza que tiene en la mano y fijándose en mis ojos sonríe unos segundos y dice:

-¿Estás seguro de lo que vas a hacer?

La conversación transcurre en el interior de una tienda de dos puertas localizada en una de las esquinas de la calle 44 con carrera 44 – potente número para los cabalistas – mientras bebemos cerveza helada. Pasando la calle está la sede del Comité Regional del Atlántico de la Juventud Comunista (JUCO), sitio donde hace apenas una media hora terminamos una extenuante reunión con los responsables del frente estudiantil de la ciudad. José Antequera ha llegado a Barranquilla desde Bogotá, la ciudad capital donde reside desde hace algunos años desde que abandonó el ambiente del Caribe para asumir la dirección nacional de la JUCO en el altiplano andino. Aún no ha caído la tarde y hace un calor agobiante. Afuera se escucha el seseante ruido de los coches que bajan disparados en dirección al Paseo de Bolívar. Un hombre descarga contra el suelo media docena de canastas de cerveza de un camión distribuidor parqueado en la acera sin que a nadie le importe un rábano. Suena una bocina y alguien grita algo.

– Si– Le respondo mientras una inesperada ráfaga de viento entra por las puertas y nos agita el cabello – Me voy Pepe.

Efectivamente me fui de Barranquilla y meses después caminaba por un empinado desfiladero de la Cordillera Oriental, llevando sobre mis espaldas una mochila de lona donde guardaba algo de ropa, libros y elementos de aseo personal. Impulsado por motivaciones éticas e ideológicas había decidido vincularme a la guerrilla y contribuir mediante el empleo de las armas a la consecución de un espacio de participación en Colombia para la oposición política legal que, por más de un siglo, fue duramente castigada por los partidos gobernantes. Por su parte, José Antequera, mi amigo y camarada de militancia comunista, continuó luchando por los mismos ideales, pero tratando de aprovechar los mezquinos entresijos legales que el Estado dejaba para los ciudadanos que luchaban por una sociedad equitativa.

Pasaron los días, los meses y los años desde aquel encuentro en Barranquilla. José Antequera, se había convertido en un carismático líder de reconocimiento nacional que defendía en la plaza pública los postulados del partido Unión Patriótica (UP) cuya fracción parlamentaria era victimizada por sicarios al servicio de la extrema derecha y sus cientos de militantes no sólo eran amenazados sino algo peor: asesinados a bala. Yo, entretanto, estaba transformado en dirigente de la guerrilla en el occidente del país y desde la montaña hacíamos intentos por acordar un cese al fuego y una tregua con el gobierno y las Fuerzas Militares para conseguir un acuerdo de paz. José Antequera confiaba en el discurso, creía en la posibilidad de cambiar el país, sin acudir a la violencia. Yo, junto a otros centenares de rebeldes, desconfiábamos de la mera lucha pacifica porque alrededor de nuestro imaginario rondaban las imágenes de los lideres colombianos que alguna vez intentaron transformar las costumbres políticas del país por el camino de las urnas y fueron brutalmente asesinados.

3 de Marzo de 1989. Aeropuerto Eldorado de Bogotá.

En el aeropuerto Eldorado de Bogotá sólo se escucha el murmullo que produce las voces de centenares de viajeros que llegan y salen, policías, escoltas, empleados de la terminal y recepcionistas de las aerolíneas. De repente, como una liebre que salta del sombrero de un mago, un adolecente aparece en el aeródromo y levantando una subametralladora automática que sostiene entre sus manos dispara contra José Antequera, quien recibe numerosos impactos en su cuerpo y muere cuando es llevado en una ambulancia hacia el hospital. En el hecho resulta herido Ernesto Samper quien sería años después presidente de Colombia.  El joven sicario que disparó con la frialdad de un consumado asesino es abatido en el acto por un integrante de la escolta del dirigente político.

3 de Marzo de 1989.Cordillera de los Andes. 

Una neblina espesa que envuelve al piedemonte de la Cordillera Occidental Caucana se encarga de entristecer la tarde. Sobre una explanada cercana a un caserío llamado Huisitó, a más 600 kilómetros del lugar donde Pepe es asesinado, una chica que escucha noticias en una radio de baterías grita para que todos los que estamos dispersos en los vivacs del campamento guerrillero escuchemos:

– Mataron a Antequera, Camaradas.

La noticia produjo una especie de estupor y hubo un silencio por espacio de algunos segundos hasta que un guerrillero armado con una carabina San Cristóbal lo interrumpió lanzando una maldición.

Luego de escuchar la noticia por la radio con mis propios oídos pude finalmente dar crédito al hecho de que Pepín – como afectuosamente lo llamábamos entre la militancia juvenil comunista de Barranquilla – era un hombre muerto. Apesadumbrado me retiré a solas hacía el vivac donde pernoctaba y durante el resto de la tarde y toda la noche recordé con nostalgia los momentos alegres de la vida militante cuando teníamos menos de treinta años y aspirábamos a cambiar radicalmente el mundo. Volví a aquella noche que pasamos con Pepín alrededor de una fogata en La Tenaza de Cartagena cantando y bailando con decenas de líderes estudiantiles.  Me acordé cuando nos fuimos los dos en una canoa de remo empujada por un chiquillo a buscar ostras en las ciénagas del parque de Salamanca mientras se debatían temas medioambientales con estudiantes de todo el país. Recapitulé los pormenores de aquella celebración que hicimos en casa de mis padres en el barrio El Carmen de Barranquilla cuando obtuvimos el primer lugar en las elecciones de la Universidad Libre. Repasé aquel brindis que hicimos en la sede del Comité Central de la JUCO del arrabal de Santafé en Bogotá por el éxito obtenido por nuestra organización juvenil en el Congreso Nacional Estudiantil en mayo de 1980.

Enero de 2011. Cerdanyola del Vallès.

José Darío, es físicamente idéntico a José Antequera, su padre. Hemos cruzado el umbral de la casa que habito en el Vallès Occidental y de inmediato descubre colgada sobre la pared de una habitación un poster que muestra a su padre sonriendo en medio de flores ardientemente coloridas, hojas de plátano arrebatadas por el viento y un cielo caribeño que parece sacado de un cuadro de Obregón. En una de las esquinas del poster está impresa una nota de puño y letra de Pepín que habla de la espontaneidad del amor. Cercando el poster de José Antequera, cuelgan en la pared una fotografía de Camus; otra del Ejército Rojo atravesando una estepa durante la Segunda Guerra tomada por Yevgeny Khaldei; una más que exhibe a Lenin dirigiéndose al II Congreso de los Soviets; y una última que muestra a la mítica delantera brasilera del Junior de Barranquilla en 1967: Da Cunha, Dida, Pepe Romeiro, Quarentinha y Otón Valentín. Las fotografías de alguna manera resumen lo que fue nuestra vida en Barranquilla: la militancia, la literatura y la pasión barranquillera encarnada en el onceno rojiblanco.

– Los ideales de mi padre – piensa en voz alta José Darío, mientras observa a su padre en el poster.

Es difícil explicar lo que puede sentir un joven a quien le arrebataron su padre cuando apenas sabía distinguir el mundo o contar hasta diez. Reconstruir o mejor vivificar a Pepín a través de pedazos de historia esparcidos en la memoria del uno y del otro es la tarea que se ha propuesto José Darío desde hace varios años. La labor de Antequerita – como se refieren a él los que conocieron y fueron amigos de su padre – no se ha quedado solamente en honrar la memoria de su padre sino también la de centenares de líderes asesinados en Colombia y cuyos hijos siguen preguntándose: ¿Quien era mi madre? ¿Quien era mi padre? Con José Darío hay otro puñado más de jóvenes que guardan la ilusión de esclarecer lo sucedido durante una etapa terrible de la historia reciente de Colombia.

Coda 

Resulta extraño comprender que un hombre que se fue a la guerra sobrevivió a ella y en cambio aquel otro hombre que hizo de la lucha pacifica su bandera murió acribillado. La realidad colombiana en las últimas décadas ha sido condenadamente absurda. Todo discurso que trate hoy de justificar la violencia en Colombia carece de sentido. Lo único valido y sensato son las voces que entrevén en la reconciliación, una esperanza para la nación colombiana.

* Esta crónica hace parte de NUESTRA APARENTE RENDICIÓN, una iniciativa de la escritora Lolita Bosch con la complicidad de un grupo de artistas e intelectuales comprometidos con los problemas de Latinoamerica. Recientemente elaboraron una especie de Mapa Latinoamericano de Nuestro Futuro en el que participaron 45 autores de 18 países y donde cuentan de qué modo los períodos de violencia extrema en sus países ha afectado su intimidad, su entorno o su sociedad.  América Latina comparte problemas sociales comunes pero, también, tal vez, posibles soluciones conjuntas.

Para más información ir a: http://nuestraaparenterendicion.com/index.php?option=com_k2&view=itemlist&layout=category&task=category&id=30&Itemid=10

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