Sueños y Encuentros

Esta crónica de la periodista brasileña, María Fernanda Vomero,  acerca de un viaje que hizo por Colombia cae como una especie de limonda helada sobre una garganta sedienta. Un toque optimista y soñador para un país agobiado por tantos males. Nada más cierto aquello de que, la vida cotidiana de la gente sin abolengo, es generosidad pura.

…Cerca de la débil luz amarilla de la esquina estaba él. Un cuentero. Edad indefinida, rostro indefinido, manos agitadas, voz suave. Su vieja silla lo acompañaba, silenciosa,  atenta a los ejercicios de respiración a los que se dedicaba. Poco a poco unos jóvenes se juntaron alrededor del personaje. Él cerró los ojos y estiró los brazos. Bajo un cielo sembrado de estrellas y una luna sonriente dijo que iba a volar. Y empezó su cuento…

…Era una mujer de mejillas rosadas, cabello frágil y manos soñadoras. Se decía brasileña, pero podía ser de cualquier parte. Ya había estado en Perú, Palestina, Canadá y Kosovo. A veces hablaba con un acentito catalán. En otros momentos, cuando se encontraba distraída, nombrando montañas y sentimientos, se expresaba en portuñol. Le gustaban los poetas y los chiflados, los viajes y los encuentros, los claros y los oscuros. Pertenecía a nuestra dimensión, pero también a la otra. Otra dimensión que los ingenieros y los matemáticos aún no comprendían. En las noches soñaba con el sabor de la nieve y el café. En las noches calientes solía soñar con el aroma del vino y la carne masculina… pero no es sobre esto que trata esta historia.

Un día le tocó a esa muchacha de alma peregrina un paseo mágico por tierras colombianas. El mundo se había vuelto oscuro y nada se podía ver con los ojos de la razón. Había un viaje que hacer, entre cerros y valles, charcos y ríos, ranas y pájaros nocturnos, emociones y sensaciones. Ella sabía que no habría regreso. Que la ruta de los senderos desconocidos es la ruta de los soñadores, de aquellos cuyas manos se asemejaban a las suyas. Y un soñador va y viene.

Alimentada por arepas, ajiacos, tintos y agua de panela, ella caminó guiada por las enseñanzas de Seykwa, un ser místico de la floresta y con la ayuda de la linterna que llevaba encendida en su corazón. Cuando los ojos de la razón no ven, tanto el cuerpo como el alma reciben con gentileza todo aquello que está a nuestro alrededor. Eso le pasaba a ella.

Entonces ella, recorrió Bogotá, anduvo por calles y carreras, se encaramó a los buses de transmilenio, tomo café y cerveezas en los ventorrilos y los tenderetes. Monserrate mirándola. Se liberó del  tiempo deambulando por las calles del barrio La Candelaria. De repente se encontró en Villa de Leyva, allí dónde la música barroca se iba desprendiendo de las paredes de la Iglesia de San Agustín y rellenaba los oídos de las casitas blancas, de portales y ventanas verdes. Voló a Cartagena de Indias. Un coche halado por un caballo la llevó por las callejuelas del centro amurallado. Probó los patacones y el jugo de zapote. Vio también la otra Cartagena: la agitada y hambrienta. Danzó en la Playa Blanca, encantada de bañarse en las aguas del Caribe. Pasó por Turbaco, siguió hacía Valledupar y desde allí empezó a subir la Sierra Nevada hasta alcanzar Nabusimake. En el poblado indígena, ella logró despegarse de la dimensión cotidiana y empezó a flotar entre lo nuevo y el misterio. Volvió a la realidad cuando llegó a Santa Marta y apagó su sed con limonadas y agua de coco. Pero ella debía seguir entre la gente, devorando fronteras.

Pero lo más bello que vio en su camino fue el entusiasmo de la gente callejera. Encontrar gente acá, allí y  allá. Hombres y mujeres distintos, de colores y acentos diferentes, pero todos con un enorme corazón y una mirada de esperanza, de amor por algo. Encontró amigos que le alcanzaron a tocar el alma y la vida misma. Casi no cupo más en si misma de tanta dignidad compartida…

…En ese momento el cuentero lloró. Y manteniendo los brazos abiertos empezó  a volar ante la mirada de una sorprendida y emocionada  muchedumbre. Ella vio el rostro del hombre de mejillas rosadas, boca delicada y evidentes rasgos femeninos. Su cabello se volvió delgado, sus manos se transformaron en manos de soñadora y en su pecho crecieron senos y sus caderas se alargaron.

Más allá de las estrellas y de la noche, cuando el sol se estira perezoso, es posible ver el personaje-vuelto cuentero-vuelto personaje, una mujer-mariposa-azul, volando cerquita de la nube de tonos dorados. Cuando la gente se abraza ella sonreí. Y el mundo se vuelve cálido y amistoso.


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