“ALMAS BRASILEÑAS, RAICES AFRICANAS”. María Fernanda Vomero

María Fernanda Vomero*, periodista brasileña y trotamundos, nos trae una sonora y sensible crónica sobre el Brasil remoto. Un recorrido por el mundo de los Quilombos: el pasado y el presente de la gente “prieta” que sigue cantando, bailando y mirando el futbol al tiempo que dejan oir sus lamentos nacidos de la indiferencia y la injusticia.


“ALMA BRASILEÑA , RAÍCES AFRICANAS”

“Esse homem é brasileiro que nem eu.”

(Mário de Andrade, poeta y escritor)

 Me acuerdo como si fuera hoy: éramos un grupo de latinoamericanos participantes de una organización no-gubernamental por la paz y nos encontrábamos reunidos en una cabaña en el Parque Natural Iguaque, en Colombia. Discutíamos iniciativas posibles para el continente y hablábamos sobre la inclusión socioeconómica y cultural de los indígenas, los primeros habitantes de nuestras tierras. En algún momento, pedí la palabra y sugerí que incluyéramos en el debate el tema de los afrodescendientes. Hubo un cierto murmullo hasta que alguien dijo en alta voz: “¡Las minorías ya están contempladas!”

¿Minoría? En Brasil, entre los 190,7 millones de habitantes que somos, los mulatos y negros suman 49,5%. Aquel día, en Iguaque, constaté como nuestros vecinos latinoamericanos poco sabían de la historia de mi país. Y como nosotros mismos, brasileños, todavía no habíamos hecho un acierto de cuentas con nuestra población mulata y negra: nos decimos una sociedad no-racista, pero necesitamos de cuotas en la universidad para que esa parcela de brasileños puedan acceder a los estudios superiores, por ejemplo. Y duele reconocer que los 300 años de práctica esclavista nos dejó como herencia el abismo económico entre un grupo grande de afrodescendientes y la otra parcela de la población, una herencia todavía muy presente.

Aquel domingo, delante de los compañeros de ONG, lloré un llanto largo y dolorido, un llanto de siglos. Aunque blanca y rosada como millares de compatriotas descendientes de italianos, soy tan brasileña cuanto un indígena de la Amazonia, un nieto de japoneses del interior del estado de Paraná, un tataranieto de portugueses de Rio de Janeiro, un hijo de alemanes de la región sur o un negro de Salvador, en Bahia. Una compañera brasileña – ella misma resultado de una mezcla entre indígenas, negros y portugueses – pronto me vino apoyar y preguntó a los demás: “¿Qué hubierais hecho si fuerais sacados de vuestras familias, de vuestros pueblos, y metidos en embarcaciones apretadas, en pésimas condiciones sanitarias, para que sirvieseis de esclavos a gente desconocida en el otro lado del océano?”

Silencio.

El Brasil profundo – Después de la reunión en Iguaque y cansada de tanto desconocimiento, decidí investigar más a fundo ese Brasil de raíces africanas. Entonces, en fines de 2009 inicié un recorrido por algunos de nuestros “quilombos” – palabra de origen bantu usada para nombrar los núcleos de resistencia de los esclavos africanos en la época de la colonización portuguesa y que ahora denomina las comunidades donde viven sus descendientes. De acuerdo con la Fundação Cultural Palmares, existen actualmente 1527 comunidades quilombolas reconocidas e certificadas por el gobierno brasileño, de las 3 mil estimadas en todo el país. Pero apenas 179 de ellas tienen el título de las tierras donde se encuentran – lo que viene generando desde hace años una disputa con los grandes latifundistas. Hubo incluso un político de derecha que dijo que “indígenas, quilombolas, campesinos sin-tierra, además de las reservas ecológicas, eran un obstáculo para el progreso del país”, una vez que impedían el avance de las plantaciones de soya y caña de azúcar en plena era de los biocombustibles.

Ese viaje por las comunidades negras rurales resultó una experiencia maravillosa, que me rellenó de ‘brasilidad’. Estuve en cinco diferentes estados del país. La primera comunidad que visité fue el Quilombo Campinho da Independência, en una linda zona de floresta tropical atlántica en Paraty, Rio de Janeiro, cuya historia empezó con tres hermanas que recibieran aquellas tierras de su antiguo señor. Casi todos los moradores del quilombo descienden de una de aquellas ex esclavas – excepción hecha a dueña Madalena, una señora blanca casada hace 60 años con don Valentim – y la mayoría vive de la producción agrícola. Pasé apenas un día completo con ellos, pero fui recibida con cariño, café fresco y mucha charla.

Sueño y lucha – Pasados algunos meses, fui en dirección a otra bella zona de floresta tropical atlántica (esa vez al sur del estado de São Paulo), llamada Vale do Ribeira, conocida por la fertilidad de sus tierras y el alto índice de pobreza. Trátase de una región de muchos quilombos – en un pasado no muy lejano ahí había muchas haciendas de viejos portugueses cuya fuerza de trabajo era mayoritariamente esclava.

Bico me esperaba al costado de la carretera llena de agujeros producidos por las intensas lluvias de los días anteriores. Atravesaríamos juntos de barquito el Río Ribeira, que estuvo a punto de desbordarse – de hecho, las plantaciones de plátano en sus márgenes ya estaban casi tomadas por el agua –, a fin de llegar hasta el Quilombo de Ivaporunduva, uno de los más antiguos de São Paulo. Ya en la casa simple dónde vivía, comiendo lo platillo más típico – arroz con frijoles, pollo guisado, alguna ensalada y farinha –, Bico me comentaba sobre sus aspiraciones y sueños. Joven líder en la comunidad, huérfano de padre y madre, sobrino de Zé Rodrigues, un quilombola recién hecho político, él contaba con orgullo la historia de Ivaporunduva, las raíces africanas, los intentos de generar oportunidades económicas para la gente y evitar el éxodo y, principalmente, la lucha contra el proyecto de una usina hidroeléctrica en la región defendido por un gran empresario.

Me quedé unos días con la comunidad, interactuando con los moradores, compartiendo su cotidiano y me encanté con la acogida recibida. La dignidad de aquella gente, la belleza de su relación con la naturaleza y la ligación con la tierra, de donde sacan su sustento (cultivando el plátano y practicando la agricultura de subsistencia), me emocionó. En mi último día allá, un domingo, el sol logró vencer la tiranía de las lluvias de verano. No dudamos: fuimos todos a bañarnos en el Bocó, afluyente del Río Ribeira. Después, aún encharcados pero contentos y frescos, seguimos a casa de Ditão, otro de los líderes de la comunidad, a fin de ver un partido entre Corinthians X Palmeiras (uno de los clásicos nuestros). Yo, que soy hincha del São Paulo, apenas disfrutaba de las discusiones acaloradas entre los moradores – deseando secretamente que todo terminara empatado sin goles. El lunes temprano, un poco antes de irme, la pequeña Daniela, de 12 años, me entregó una carta con una severa recomendación: solo la debía leer cuando llegara a mi casa. Así lo hice, con el corazón apretado: “Querida Fernanda, mi nueva amiga, espero que vuelvas pronto. No te olvides de mí. Un beso, Dani”.

Disputa y explotación – De São Paulo viajé a Pernambuco, uno de mis estados favoritos en Brasil, síntesis de nuestras contradicciones socioeconómicas, y luego de haber visitado la región cortada por mi amado Río São Francisco, seguí para la zona más árida – o sertão –, donde la heroica y pobre población sobrevive gracias a la expectativa de que el cielo les regale algunas gotas más de lluvia (Lula, nuestro ex presidente nació en un pueblo de ahí).

Para llegar al Quilombo Conceição das Crioulas, con una docena de gente cogimos un viejo bus que suele transportar los quilombolas de Salgueiro, el pueblo más cercano donde van por sus vainas, hasta la comunidad. Era un día caliente, más de 40 grados a la sombra, y el trayecto tardaba poco más de una hora en un paisaje seco, de cactus y cerros, pero con su belleza extraña. No puedo dejar de decir que esa diversidad de paisajes – y de gentes – en Brasil me fascina montón.

Allá también fui recibida con mucha alegría por los moradores y me quedé con Valdeci Maria, mujer valiente, madre amorosa, una de las líderes del quilombo. Escuché sus historias de lucha, los recuerdos de una infancia llena de dificultades cuando ella y la hermana, todavía niñas de sus 10 años, trabajaban en la colecta de algodón en las haciendas cercanas y lo poco que ganaban era totalmente cambiado por comida. ¿Y los estudios? “Los señores decían que bastaba aprender a firmar el nombre.”

De hecho, esa es una realidad muy presente en gran parte de los quilombos brasileños. Solamente ahora, gracias al esfuerzo de muchas ONGs y de las mismas comunidades, la nueva generación de quilombolas logra frecuentar escuelas en pueblos cercanos o – en algunos casos – estudiar donde viven. Los que ya pasaron de los 40 años suelen tener la misma historia de Valdeci. Como la tía Zita, del Quilombo do Barro Preto, que visité enseguida bajando al hermoso y fértil estado de Minas Gerais (otro de mis favoritos, tierra de mis papás y de mis añoranzas).

Tía Zita me contaba sus relatos entre galletitas recién preparadas y un café fuerte delicioso. Ella y sus hermanos, cuando pequeños, solían trabajar en las grandes plantaciones de café. Despertaban de madrugada, volvían ya por la noche, solo descansaban el domingo. Las pequeñas alegrías venían de las comidas en familia, las fiestas tradicionales en honor a un santo, los juguetes de niños.

Otra situación recurrente es la disputa agraria. Los quilombolas de Conceição das Crioulas, por ejemplo, ya tienen el título de pose de las tierras, pero todavía ocupan solamente 30% del territorio. Lo restante, especialmente los trechos más fértiles, siguen en las manos de los latifundistas vecinos. La situación es más grave en el Quilombo do Engenho do Bonfim, en el interior del estado de Paraíba, también en el nordeste brasileño. Reconocido desde hace cinco años y con el título de tierras desde 2009, aquel quilombo ocupa apenas una pequeña área del territorio que le pertenece. Y muchos miembros son acusados de invasores por los dueños de las haciendas alrededor o incluso reciben amenazas. “La comunidad existe desde hace 150 años”,  me dijo el agricultor Zezinho, mientras se ocupaba de la plantación de fríjol.  “Nuestros abuelos fueron obligados a cambiar sus tierras por comida. Continuaron a vivir en el mismo lugar, pero trabajando para un patrón. Y ese patrón solía decir que ellos no tenían derecho a nada porque eran negros.”

Sentimiento de pertenencia – No hace mucho que la sociedad brasileña ha empezado a cambiar esa postura de “no tienen derecho a nada porque son negros”. Y más: a reconocer las comunidades de afrodescendientes como legítimas dueñas de las tierras donde están establecidas por más de un siglo por lo menos, aunque el poder económico quiera sugerir el contrario.

Tendría muchas otras historias y anécdotas a contar. Hoy me acuerdo con cariño de todas las experiencias vividas, del sentimiento fuerte y lindo de pertenencia y de las grandes amistades que conquisté en ese recorrido. Jamás me había sentido tan brasileña cuanto lo sentí en esas “vivencias quilombolas” (ni mismo en las tan celebradas conquistas del mundial de fútbol, jejeje).

Cuando me despedí de la gente del Quilombo do Barro Preto, entre los cerros verdes y las plantaciones de café tan características de aquella región del país, todavía cargaba en mis oídos los acordes de la serenata de la noche anterior. Estábamos yo y mi joven anfitriona Neide bebiendo cerveza y hablando tonterías femeninas (pues… hablando sobre hombres, por supuesto). Don Antonio, uno los líderes de la comunidad, pasaba por ahí y nos preguntó: ¿queréis música? Ni esperó la respuesta – pronto cogió su “caja de percusión”, llamó el hermano Luís con su acordeón y Zé Onésio con la guitarra. Alguien surgió después con un pandero. Y, bajo el cielo estrellado de una noche cálida, cantamos, cantamos, cantamos mucho. Aproveché para hacer un pedido a una simpática estrella fugaz que por allá pasó: que los quilombolas dejaran de ser un paréntesis en la historia de Brasil y de América Latina. Y que aprendamos a valorar las herencias africanas en nuestro país de tantos rasgos, de tantos colores, de tantas mezclas, de gente tan valiente.

* Maria Fernanda Vomero. Brasileña trotamundos,  Periodista por profesión, artista por vocación y viajera por pasión. Soñadora sin fronteras, ya ha recorrido más de 30 países en el mundo siempre en búsqueda de las gentes y sus historias.

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