LA DECADA PERDIDA: El fracaso de una guerra

El siguiente artículo publicado recientemente en la edición No 26 de la  Revista Taller de Bogotá, es una elaboración de Yezid Arteta Dávila que, busca desde la perspectiva política y militar, mostrar a los lectores que la guerra en Colombia es un pantano que sigue tragando recursos y gente. En resumidas cuentas se trata de un conflicto que sólo acarrea perdidas y ningún beneficio para la inmensa mayoría de colombianos.

LA DECADA PERDIDA: El fracaso de una guerra[1]

 “Todo el mundo espera con gran impaciencia

que esta maldita guerra se acabe de una vez”

(Informe de la Gendarmería de Petrogrado en 1916)[2]  

Nota Preliminar

No son pocos los analistas del conflicto colombiano que se dejan llevar por dos circunstancias a la hora de abordarlo. La primera tiene que ver con los pesimistas que tienden a considerar el caso colombiano como el más complejo e insoluble del planeta y la segunda se relaciona con aquellos comentaristas que derivan sus opiniones a partir de los titulares de prensa y/o las peculiaridades que encierra una acción militar de hondo calado mediático. A los escépticos hay que recordarles que en situaciones complejas tales como las del Sur de Sudan, Sierra Leona, Burundi, Liberia y los emblemáticos casos de Sudáfrica e Irlanda que, a simple vista parecían casos perdidos, se lograron acuerdos aceptables para todas las partes comprometidas en la lisa. En cuanto a los articulistas que razonan sobre la base de las oscilaciones en materia de orden público, vale decir que, los conflictos de naturaleza prolongada – verbigracia el colombiano – hay que observarlos desde esa misma perspectiva y por tanto no es válido afirmar que una formación armada mas o menos estructurada puede ser aniquilada o debilitada de la noche a la mañana.

Dos aspectos más vale la pena destacar en la idiosincrasia colombiana. Uno es la predisposición de resolver los asuntos más intricados de la vida nacional a través de “soluciones” improvisadas. El otro, es la impaciencia, ese deseo irrefrenable de pretender resolver en menos de lo que canta un gallo problemas de extensa cronología. Resulta peregrina la creencia que un conflicto cuya raíz inmediata data de finales de mediados del siglo pasado se puede superar con la firma de una mera acta que se prepara de un día para otro. La firma del acuerdo en el Kremlin que trajo la paz en Tayikistán fue el resultado de 5 años de negociación en Moscú y Teherán. La Guerra Civil en Sierra Leona finalizó luego de 8 años de negociaciones oscilantes entre las partes involucradas. El Acuerdo de Paz definitivo alcanzado en el sur de Sudán – conflicto que provocó más de un millón de muertes y el desastre humanitario más trágico del siglo XXI – se consiguió después de 13 años de conversaciones y acuerdos. En Burundi, el proceso de paz duró 10 años y en él participaron hasta una veintena de agrupaciones vinculadas directamente en la guerra interior. Las negociaciones con las guerrillas del Partido Comunista (maoísta) de Nepal con otras fuerzas políticas nepalesas se extendieron por 4 años, hasta que finalmente desembocaron en un acuerdo de paz definitivo que facilitó el transito de la monarquía a la republica.

Hechas estas consideraciones, intentaré en estas líneas, exponer algunas ideas con relación a Colombia.

1. Una mirada a vuelo de pájaro

Del 1 de enero de 2002 hasta el 31 de diciembre de 2010 un total de 4983 integrantes de las Fuerzas Militares de Colombia perdieron la vida y 16.069 mas resultaron heridos[3] en acciones contra los alzados en armas. Los rebeldes por su parte tuvieron un considerable número de bajas en los últimos años tal como lo registran sus propios partes de guerra. Según fuentes de las Naciones Unidas y la base de datos de la Escola de Cultura de Pau de la Universidad Autónoma de Barcelona, casi un millar de combatientes – militares y guerrilleros – perecieron durante el 2010[4]. Los guarismos correspondientes al mes enero de 2011 (48 militares y guerrilleros muertos)[5] son una demostración palmaria que, desde hace una década, el curso y los efectos de la confrontación armada entre regulares y rebeldes no sobrelleva alteraciones significativas. En términos globales los sucesos armados se traducen en 3 a 4 combates diarios (el 95% con integrantes de las FARC) en los cuales un miembro de las Fuerzas Militares muere y cinco más resultan heridos en promedio. Teniendo en cuenta el poder de fuego – convencional y artesanal – que poseen los antagonistas, amén de los niveles de fricción en el teatro de operaciones, nada parece indicar que dicha tendencia sufra variaciones relevantes en los próximos años salvo que el Estado y la jefatura rebelde llegaran eventualmente a un acuerdo preliminar de cese al fuego.

2. Una guerra fastidiosa

En los inicios de la Primera Guerra Mundial la denominada “Guerra de Trincheras” transformó a la línea del frente en un lugar estático, donde no sucedía nada trascendental y muchos soldados volvían enfermos a sus guarniciones sin librar un solo combate decisivo. En Colombia no hay una guerra de trincheras en el sentido estricto de este concepto, pero si hay una guerra estacionada en cuanto a sus resultados puesto que no ha existido una sola operación de connotaciones estratégicas que permita avizorar la derrota de la guerrilla, y menos aún, del Estado. La guerra colombiana ha sido una guerra absolutamente irregular, reducida a escaramuzas, golpes de mano, emboscadas, asaltos, hostigamientos, en fin una guerra táctica donde jamás se han librado batallas decisivas. Por tanto, el conflicto colombiano se caracteriza por su monotonía, por su repetición año tras año. Los hechos suceden tal como si los hombres que participan en ellos estuvieran encadenados a un libreto harto conocido e inalterable. Un conflicto que, por su condenada perpetuidad, podría asemejarse al cuento del gallo capón, tantas veces explicado en la literatura garciamarquiana.

3. Dos estrategias costosas y sin futuro

El Estado y la guerrilla están apostando a una guerra sin futuro. Todas las ayudas exteriores y los recursos provenientes del tesoro nacional destinados a derrotar por la vía de las armas de la república a la guerrilla han ido a parar a un barril sin fondo. La estrategia estatal de atacar la retaguardia estratégica de las FARC en los últimos 10 años solamente ha conseguido modificar la geografía del conflicto pero sin que esto se haya traducido en una disminución del grado de letalidad de la guerra. Se lucha en la periferia, en la selva remota, empero, la cifra de soldados, policías y guerrilleros que mueren acribillados resulta similar año tras año. La carne de centenares de combatientes es herida una y otra vez.

Por su parte la estrategia de la guerrilla pareciera dirigida a mostrarse a si mismos que son eternos. Para alcanzar las transformaciones políticas y sociales que reclama el pueblo colombiano de nada sirve la existencia de una guerrilla que pareciera no importarle conmemorar cincuenta, cien o doscientos años más. Las naciones están avocadas a un mundo cuyo futuro tiene más de incertidumbres que de certezas y el hombre de nuestro tiempo aspira a una compensación terrenal antes que una contingencia incierta y para la eternidad. La muerte por envejecimiento de los hombres que defienden el pensamiento rebelde no es un buen síntoma para un país urgido de ideas y proyectos que, requiere además, la irrupción de nuevas fuerzas que contribuyan al progreso social y la democracia. Los proyectos insurreccionales que en algún momento de la historia se alzaron con la victoria fueron el resultado de una conjugación de factores que no están dados en Colombia. Hay tanto sufrimiento y tragedia acumulado en el país como resultado de la confrontación armada que, todo proyecto dirigido a continuar la estrategia de guerra, está condenado a arar en el mar y sembrar en el desierto, a propósito de las palabras atribuidas a Bolívar.

4. Interfaz no resuelto

En lo que va corrido de este milenio, tanto las Fuerzas Militares como los rebeldes colombianos, no pudieron definir una estrategia eficaz que les permitiera resolver el interfaz de sus efectivos con la población rural y urbana respectivamente. Las Fuerzas Militares consiguieron asegurar las principales conglomeraciones urbanas de Colombia y garantizar que el nervio económico que sustenta al país fluya sin alteraciones apreciables provenientes de la acción de la guerrilla. Por su parte los alzados en armas crearon desde finales de los setenta una especie de retaguardia en las vertientes del Amazonas y el Orinoco y zonas puntuales de la Cordillera Central y Occidental, un mundo absolutamente rural que gravita alrededor de una base social integrada principalmente por colonos y campesinos cocaleros, la cual les permite a los alzados reproducirse como organización político militar.

Después de miles de misiones tácticas desarrolladas por las Fuerzas Militares en la retaguardia de las FARC, algunos generales del ejército reconocen que no han podido alcanzar un interfaz entre la tropa y los lugareños en las zonas rurales de algunos departamentos como Caquetá, Putumayo, Meta, Guaviare, Arauca, Cauca, Tolima y Nariño. Explican los mismos oficiales que lo más importante para conseguir este interfaz es la acción social del Estado[6], puesto que la simple ocupación militar del terreno sólo genera más desconfianza e incredulidad entre los lugareños. En estos lugares es donde básicamente se libra la guerra y allí las guerrillas son un hueso duro de roer porque tienen raíces viejas y profundas.

Las ciudades. El modo como piensan y se comportan quienes viven en ellas parecen distar de las formas y los procedimientos de lucha que ocasionalmente los rebeldes intentan en la ciudad. Para los ciudadanos, la guerrilla es un elemento distante porque muy pocas veces ha podido ésta entender la tabla de valores que encarna la gente de la calle. A partir del acelerado proceso de urbanización que ha vivido Colombia en las dos ultimas décadas, cuyas causas no vamos a mencionar en estas notas, no cabe la menor duda que el derrotero y la composición del mapa político del país está determinada por la opinión de la gente que vive en los centros urbanos, sitios donde bien o mal el Estado le ha ganado la batalla a los insurgentes. Penetrar en la ciudad no es un asunto de petardos y fuerza sino de lenguaje y aproximación a un público que rechaza de plano la forma de hacer política mediante las armas. Hay una creciente generación de jóvenes que objetan resueltamente los métodos de fuerza pero igualmente cuestionan la deprimente e injusta realidad política, económica y social en las que les ha tocado nacer y desean ardientemente que esto cambie.

Ha corrido mucha agua por el molino y resulta demasiado tarde para que las Fuerzas Militares y la guerrilla resuelvan desde sus posiciones de fuerza el pulso por la ciudad y el campo. Un acuerdo de paz podría eventualmente aprovechar la experiencia de uno y otro bando en beneficio de toda la sociedad, en aras a recortar en forma gradual la estructural brecha que existe entre la urbe y la aldea rural. La guerrilla lee y comprende mejor la periferia rural y el Estado posee un acumulado histórico en lo que hace a la administración pública: dos universos por los que vale la pena apostar de cara a la reconciliación nacional.

 

5. El espíritu de Juan de la Cruz Varela

En sus memorias, el ilustre historiador comunista Eric Hobsbawm, cuenta que su amiga Rocío Londoño – investigadora colombiana -, guarda entre sus haberes un ejemplar de Los Miserables de Víctor Hugo que perteneció al legendario dirigente guerrillero del Sumapaz, Juan de la Cruz Varela, obra que se convirtió en el libro de cabecera del histórico líder durante su dilatada trayectoria revolucionaria[7]. Víctor Hugo utiliza en algunos pasajes de esta obra el plural mayestático para referirse a los acontecimientos que sucedieron en las barricadas de Paris en febrero de 1848. Es frecuente entre numerosos analistas colombianos el uso del plural “nosotros” – empleado por los monarcas y los papas – para referirse al tratamiento o las acciones que hipotéticamente debería emprender el Estado y la comunidad internacional con relación a los rebeldes. En otras palabras, se abrogan la vocería de la sociedad, sin saber a ciencia cierta que piensa o quiere ésta.

Tales pretensiones, se proponen de manera equivocada, establecer una especie de reglamento a seguir ante la eventualidad de un dialogo con las guerrillas y constantemente amenazan con implacables tribunales que se encargarán de juzgar a los jefes rebeldes como si el meollo del conflicto colombiano fuera de naturaleza jurídica. Para hallar una solución del caso colombiano no hay más que dos vías. La primera: venciendo a los rebeldes a través del poderío militar y luego conseguir que los grupos residuales se rindan ante los tribunales y respondan por las violaciones al estatuto penal. Los más radicales partidarios de esta ocurrencia traen como ejemplo la operación de aniquilamiento de la guerrilla tamil en Sri Lanka[8] a principios de 2009, como si fuera posible realizar una operación militar de yunque y martillo en un territorio como el colombiano que cuenta con 6200 kilómetros de frontera terrestre mayoritariamente selvática.

La segunda vía es la interlocución con las agrupaciones guerrilleras en aras a conseguir mediante el dialogo y la negociación un acuerdo de paz definitivo. Esta vía está encaminada a diseñar una arquitectura política intermedia que admita y garantice a los alzados un espacio de participación en la vida nacional a través de la organización de un partido que, en igualdad de condiciones con las demás formaciones partidistas, dispute el favor de los electores. Todos los procesos de paz reciente que concluyeron de manera exitosa (Sudáfrica, Irlanda del Norte, Nepal, Indonesia-Aceh, etcétera)    fue sobre la base de estimular y garantizar que los grupos rebeldes participaran activamente en los procesos electorales y consiguieran de esta forma representación en el gobierno y el parlamento.

Quienes abogan por la primera vía envejecerán al unísono con sus columnas y recomendaciones puesto que esta formula harto se ha intentado en lo que va corrido de este milenio y sin embargo el país está en materia de orden público igual o peor que hace diez años. Es menester poner los pies sobre la tierra y buscar la transformación de los grupos guerrilleros en organizaciones legales mediante acuerdos. Para el futuro del país es preferible un acuerdo de paz con los rebeldes que contribuya al fortalecimiento de la democracia, antes que proseguir con una guerra hasta la perpetuidad.

Hay que partir del realismo y buscar la salida a la colombiana, sin complejos, con acompañamiento pero sin presiones externas, pues al fin y al cabo cada país en conflicto construyó el camino que les pareció más eficaz para alcanzar la paz. La inmensa mayoría de colombianos tiene el derecho a disfrutar de las riquezas del país y nadie – suplantando de manera arbitraria a la sociedad civil – puede, dentro y fuera del territorio nacional, abrogarse el derecho a cuestionar “el cuando”, “el donde”, “el que” y “el “como” pactan las partes involucradas en el conflicto las bases de un acuerdo definitivo que detenga la violencia. Anders Fogh Rasmussen, secretario general de la OTAN, la más compleja y potente alianza del planeta liderada por los Estados Unidos, luego de perder mas de 2300 hombres en las operaciones en Afganistán, ha propuesto un dialogo con sus enemigos talibanes en aras a conseguir un acuerdo que ponga fin a la guerra y la ocupación. Si este dialogo para obtener la paz en Asia Central es una iniciativa de las grandes potencias occidentales, porqué entonces no se puede intentar un acuerdo con las guerrillas colombianas quienes, en resumidas cuentas, constituyen un asunto de carácter nacional a pesar de los hechos que han traspasado las fronteras.

5. Cese al fuego

Cuando se mencionan los Acuerdos de la Uribe en 1984 y más aún el tema de los diálogos del gobierno con las FARC en el Caguán se escuchan voces inquietantes. El dirigente comunista, Álvaro Vásquez del Real, dice en sus memorias que, lo acordado en La Uribe entre el gobierno de Belisario Betancourt y el Secretariado de las FARC, fue un paso trascendental hacía la resolución del conflicto[9], un pactó que a la postre fracasó por la intemperancia de las fuerzas más retrógradas del país. La Agenda Común suscrita por los delegatarios del gobierno y la guerrilla en mayo de 1999, después de escuchar y recoger las propuestas de los gremios, los sindicatos, los indígenas, los movimientos sociales, los estudiantes, las oenegés, los académicos, etcétera, quedó minimizada por todos los sucesos que ensombrecieron la negociación. Contrario a lo que muchos analistas piensan, creo que el lamentable desenlace de lo acordado en La Uribe y posteriormente en el Caguán entre el gobierno y los rebeldes, tuvo como causa principal el tema del cese al fuego.

En el primer caso (Acuerdo de Cese al Fuego, Tregua y Paz de 1984) hubo más de voluntarismo por parte de los firmantes del tratado – quizá por falta de experiencia y asesoramiento en estos menesteres – al delegar la verificación de un tema militar tan escabroso como la implementación del alto al fuego en una comisión de personas ilustres pero sin mandato, preparación, medios logísticos y personal de apoyo nacional e internacional calificado para investigar y reconvenir las violaciones a la tregua. La experiencia internacional enseña que la verificación de un alto al fuego requiere entre otras cosas de una fuerza considerable de verificación compuesta esencialmente por expertos (militares y guerrilleros activos, militares extranjeros activos y civiles especialistas en temas militares y logísticos) que pueda cubrir los puntos de fricción en toda la geografía nacional y por tanto debe ésta fuerza contar con equipos de comunicación, helicópteros, aviones, entre otros medios.

A los pocos meses de firmado el Acuerdo de Cese al Fuego, Tregua y Paz, empezaron los señalamientos recíprocos – militares y guerrilleros – de violación del alto al fuego. Las recriminaciones nunca pudieron ser cotejadas, llanamente porque no existía un instrumento creíble de verificación. Esta circunstancia sumada a la arremetida de los recalcitrantes echó por la borda una magnifica oportunidad para la paz con las FARC y luego con el resto de organizaciones guerrilleras.

Con relación al Caguán la situación fue muchísimo más complicada porque la esencia misma del proceso no naufragó. Lo que fracasó de esta intentona fue el acuerdo entre las partes de hacerlo en un país donde los tiros venían desde todos los lados y hacía todas las direcciones. Salvo por sectarismo, es absurdo negar la parte política y sustantiva del proceso: audiencias públicas, reuniones bilaterales con todos los sectores gremiales y sociales, acompañamiento y apoyos internacionales, elaboración de una agenda común. Sin embargo todo este acumulado de cosas buenas y positivas quedó oscurecido por una nube de tragedias originadas por el tableteo de las ametralladoras y las bombas que derrumbaban no sólo paredes, techos y ranchos sino también a la fe y la esperanza de un pueblo que apostó por este formidable escenario y laboratorio de paz.

Con base a lo anterior todo apunta a que un eventual espacio de negociación entre el Estado y los grupos rebeldes requiere de antemano unas condiciones favorables para que avance. Y estas condiciones sólo las puede crear un acuerdo de alto al fuego verificable, de tal manera que la población colombiana pueda percibir que tal hecho alivia las tensiones provenientes de la guerra y por tanto ve la necesidad de apoyar y participar activamente en la edificación de la paz.

Yezid Arteta Dávila


[1] El presente artículo se publicará en la Revista Taller

[2] León Trotsky. Historia de la Revolución Rusa. Veintisiete Letras. 2007

[3] Fuente: Ministerio de Defensa de Colombia. Dirección de Estudios Sectoriales. Grupo de Información y Estadística.

[4] Fuentes: Sistema de Naciones Unidas. Base de datos de la Escola de Cultura de Pau de la UAB.

[5] Fuente: Comando General de las fuerzas Militares de Colombia. Resultados Operacionales 2011.

[6] Diario El País de Cali 21/01/2011. Declaraciones del comandante de la III División del Ejército, mayor general Leonardo Alfonso Barrero.

[7] Eric Hobsbawm, Años interesantes, Barcelona: Crítica, 2003, pág. 341

[8] Sri Lanka es una isla de 65.000 Km2. En 2009 las fuerzas gubernamentales lanzaron una operación terrestre contra el LTTE (Liberation Tigers of Tamil Eelam, en inglés) que empujó a los rebeldes hasta el Océano Indico, una barrera natural que impidió el repliegue de los irregulares y por tanto fueron derrotados.

[9] Álvaro Oviedo Hernández y Álvaro Vásquez del Real, Memoria y luchas sociales, Ediciones Izquierda Viva,

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