Yezid Arteta Dávila: Selvas del Guaviare. Junio de 2010

A continuación un extracto de una crónica publicada en la edición No 66 de la revista literaria NÚMERO, fundada entre otros por el escritor colombiano William Ospina, ganador del Premio Rómulo Gallegos por El País de la Canela, parte de la saga que narra el violento encuentro de dos mundos. Intitulada Totalitarismos, la crónica de Yezid Arteta está compuesta por cinco fragmentos. Aquí el quinto fragmento.

En sesenta campamentos distintos de la guerrilla estuvo prisionero Arbey Delgado Argote, el sargento del ejército colombiano liberado el pasado 13 de junio por un comando de fuerzas especiales de las fuerzas militares. Delgado Argote fue hecho prisionero el 3 de agosto de 1998, cuando los rebeldes de las Farc atacaron la guarnición militar de Miraflores, un poblado colombiano localizado en la vertiente del río Orinoco. El exgobernador del departamento del Meta, Alan Jara, quien también fue rehén de las Farc durante 2.760 días, cuenta que el sargento Delgado le confesó un día en la manigua que su mayor deseo era convertirse en locutor de radio. Irónicamente, el suboficial no pudo observar la transmisión de tres mundiales y seis ediciones de la Copa América de Fútbol puesto que, ajenos a la televisión y otros inventos modernos, la vida de los guerrilleros y los rehenes transcurría en un tiempo remoto, como si hubieran retrocedido siete mil años. El hierro de las cadenas que aseguraban el cuello de los prisioneros, el acero de los cañones de los fusiles, el latón de los proyectiles y el cobre de los herrajes darían motivos para pensar que aquellos hombres de guerra se encontraban en un estado pretérito: la edad de los metales.

Los proyectos o las ideas totalitarias se vuelven débiles si no acuden a los metales que les permiten forjar las cadenas, los barrotes, las esposas, las serpentinas, las mallas y las alambradas. Es el poder que se ejerce a partir del metal. El absolutismo requiere instrumentos cuyo brillo intimide al débil y haga creíble su poder de dominación. Son menester un carcelero y un prisionero. El primero no posee más argumento que el metal y el segundo sólo cuenta con la superioridad moral que le otorga su condición de víctima. Caín y Abel.

Recuerdo el día en que la Dirección Nacional de Prisiones ordenó mi traslado desde la penitenciaría de alta seguridad de Valledupar —llamada coloquialmente como La Tramacúa por los lugareños y los reclusos— hasta el penal de Cómbita, en el centro del país. El día apenas despuntaba cuando un piquete de guardianes llegó hasta mi celda y me ordenaron que alistara mis pertenencias. Luego de envolver en una sábana mis dos mudas de ropa, los libros y el cuaderno de notas, me esposaron y posteriormente me rodearon la cintura con una cadena que juntaron mediante un candado a las esposas, con lo cual mis manos quedaron fijadas a la altura del ombligo. Sin embargo, lo más terrible de aquel estado de sometimiento fue el momento en que un joven guardián se acercó hasta mí y me aseguró los tobillos con un par de grilletes de acero unidos entre sí por una cadena de escasos treinta centímetros, lo cual me obligaba a caminar arrastrando los pies.

Ahora que creo ser un hombre relativamente libre, confieso que me produjo un gran desconsuelo el hecho de observar las imágenes que mostraban las cadenas prendidas al cuello de los cuatro militares que el ejército colombiano rescató en los confines de la selva. Ningún proyecto político, ningún enunciado, ninguna filosofía, ninguna idea cuyo postulado abogue por el hombre tiene licencia para negar a ese mismo hombre. Nada justifica una guerra que niega de plano la posibilidad de reconciliar a una sociedad prisionera del odio. Pero más aún me llena de esperanza la voz del general Mendieta —liberado en la misma operación—, quien después de estar doblemente prisionero: de las Farc y de la selva, abogara por el diálogo y la paz. «La vida es tan dura para nosotros como para los guerrilleros, sobre todo las mujeres», resumió el alto oficial en una entrevista concedida al veterano periodista Yamid Amat. La frase dicha por el oficial de la policía ilustra de alguna manera lo absurdo que significa para el futuro de Colombia impulsar o acabar una guerra mediante la retórica maximalista.

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