Lolita Bosch: SOBREVIVIR EN LA SELVA

El presente texto fue leído por la escritora Lolita Bosch* el pasado martes 26 de abril en el Centro Cultural Rojas (Auditorio de las Madres de la Plaza de Mayo) de Buenos Aires

Viajando anteayer hacia Argentina terminé un texto para leerles hoy en el que les contaba cómo creamos Nuestra Aparente Rendición y de qué modo pensamos que podemos trabajar, juntos, por la paz de México. Pero ayer en la tarde tomé un café con Cristian Alarcón (a quien agradezco mucho la organización de este evento) y me hizo una pregunta que me ha estado rondando desde entonces: ¿No nos sirvió de algo la violencia? ¿Qué hemos aprendido? Y horas después de contestarle a Cristian que vivir en violencia nos había hecho menos ingenuos, se me ocurrió la respuesta que hubiera querido darle y que le doy, ahora, enfrente de todos ustedes: La violencia nos ha servido para aprender a sobrevivir en la selva. A avanzar casi a ciegas en un entorno inhóspito y a desconfiar de señales esperanzadoras. Aunque no sé si esto sea un aprendizaje, en sentido estricto, o una reacción. Como mexicana me he burlado durante años de ciertos aspectos del civismo que hasta hace poco me parecían muestra de inocente y casi inútil confianza en el otro. Hoy ya no es así. Hoy se nos están agotando las burlas y aunque tenemos más herramientas para vivir en un entorno que nos agrede que muchos otros habitantes del planeta, esto no nos hace más fuertes. O tal vez sí, pero de un modo perverso. Aunque sin duda lo que nos hace, en todo caso, es más asustadizos, menos esperanzados, más incrédulos. Y por lo tanto: más solos. Antes estábamos orgullosos de nosotros, hoy ya no. Hoy tenemos miedo. Y no creo que ésta sea una buena señal. Sino una perspectiva de nosotros mismos íntima y delicada que ha quedado impunemente expuesta.

Hemos visto, como vieron ustedes acá en Argentina, el inmenso esfuerzo que los mexicanos hemos tenido que hacer para pasar del “Algo habrán hecho” al “¿Qué pasó?” Cuando nos cuentan que mataron a un amigo, ya no nos preguntamos por qué. Y recibo en Nuestra Aparente Rendición propuestas constantes para evitar la violencia no socialmente, sino de manera individual. Porque en México nos están orillando a creer que hoy nuestro mundo es un lugar así y basta. Y repetimos como si fuera un mantra el pensamiento mágico que parte de que “si no hago nada, no me sucederá nada”. Como si eso todavía fuera de algún modo posible.

No lo es. Hoy México ya no es así.

Sino que hoy en México todos somos posibles muertos. Y lo constatamos diariamente extrañando un pasado que nos parece remoto y del que hace apenas cinco años: cuando se decía que la Ciudad de México era la más peligrosa del país y sus habitantes debíamos protegernos de los secuestros express o los asaltos en los cajeros. Entonces todavía estábamos acostumbrados. De muchos modos tratábamos de evitar o –si con todo, nos tocaba- salir bien parados de las situaciones violentas. Pensábamos que éramos casi capaces de protegernos.

Hoy no. Hoy ser mexicano es otra cosa. Hoy todo es mucho más difícil y nuestro país es sinónimo de impunidad, de crueldad y de violencia.

Viniendo hacia acá me tocó sentarme al lado de un italiano que quiso advertirme sobre los riesgos que corro en la Ciudad de Buenos Aires. Soy mexicana, le contesté yo. Y entonces suspiró y dijo: Ah, entonces no tengo nada que explicarte. Y por un momento todavía sentí la punzada de orgullo que sentíamos los mexicanos hace apenas unos años cuando nos decían algo así, pero de inmediato mi orgullo se tornó en una inmensa y profunda tristeza. Porque hoy somos, para los demás, supervivientes de una violencia desbaratada en un país enloquecido. Parecemos fuertes, parecemos valientes y parecemos capaces.

Pero no lo somos.

No somos una noticia en el periódico, no somos la imagen terrible de una mujer pelirroja colgando semidesnuda de un puente de Tijuana, no somos los cuerpos desmembrados con los que nos identifican, no somos las mujeres asesinadas de Ciudad Juárez, las víctimas de las tratas de personas ni los migrantes secuestrados. No somos sólo eso. Sino que somos hombres y mujeres indignados, asustados y todavía perplejos.

¿Pero no es cierto, me preguntan a menudo en España, que el gobierno mexicano está por lo menos tratando de combatir el narcotráfico? ¿No es cierto que por lo menos ellos sí lo están intentando? Y yo cuando escucho algo así, quisiera echarme a llorar. Por la falta de información que hay sobre el conflicto mexicano en el extranjero y porque me indigna que alguien pueda decir de nosotros que estamos siendo, de algún modo, protegidos.

La guerra contra el narcotráfico no existe: es una pantomima. México está hoy en manos del narcotráfico, sí. Pero también, y más que nunca, en manos de unas autoridades desalmadas, represoras y prepotentes que han orillado a la ciudadanía a repetir aquel mantra que a cada día que pasa va perdiendo la fuerza: “si no hago nada, no me sucederá nada”. Aunque hoy sepamos, porque lo hemos aprendido brutalmente, que eso no es cierto. Que hoy en México no hay ninguna otra razón para morir que el hecho de estar vivo: estar en un lugar que llamamos lugar equivocado, tener una amistad a la que llamamos amistad equivocada, o cometer un acto de valentía al que llamamos imprudencia. Y contestar a la pregunta sobre las “buenas intenciones” de la llamada guerra contra el narcotráfico produce una sensación de desamparo parecida a la que debieron sentir las víctimas del franquismo cuando escuchaban que “Con Franco se vivía mejor”, parecida a las víctimas de las dictaduras sudamericanas que escuchaban una y otra vez que los represaliados “Algo habrán hecho”, o a parecido a quienes deben someterse a la extrema desigualdad social peruana y escucharse llamar una y otra vez “Cholo de mierda”.

¿Qué hemos aprendido de la violencia? Que somos terriblemente vulnerables. Que la gente a la que amamos es terriblemente vulnerable. Que nuestros paisajes y nuestros recuerdos están siendo violentados. Secuestrados. Que la ciudadanía no cuenta ni siquiera con la vergüenza sus autoridades. Que no sabemos para donde voltear para que nos ayuden. Y que yo recibo muy seguido mensajes que me llegan a Nuestra Aparente Rendición para pedirme: “Señorita cuente por allá lo que nos está ocurriendo, díganles que vengan a ayudarnos”. Porque eso es lo que hemos aprendido: Que con las fuerzas del orden mexicanas, no nos basta. Que necesitamos la comprensión internacional, la correcta comprensión y difusión del conflicto mexicano, y la solidaridad y la empatía de todos ustedes. Necesitamos dejar de responsabilizar a las víctimas y de pensar que todo esto pasará de un modo tan repentino como empezó para todos nosotros. Porque hoy, más que nunca, estamos en manos de la corrupción, la desigualdad y la desesperanza.

Y esto, a pesar de que pueda parecer un aprendizaje, no nos hace más fuertes, sino infinitamente más humanos –en un sentido hermoso pero también terrorífico. Nuestra vulnerabilidad nos hermana pero también nos expone, nos afrenta, nos paraliza e incluso nos detiene. Y eso sí es comprensible. Porque la aparente apatía y el tiempo que hemos necesitado atravesar como sociedad para llegar hasta el día de hoy es producto de esa vulnerabilidad. Hemos tenido miedo, hemos querido –como decía Mafalda– que el mundo quedara muy lejos, que esto no nos estuviera ocurriendo a nosotros. Y hemos tardado años (unos años que hubieran resultado muy valiosos para la resolución del conflicto) en asumir que sí: que este país que ahora vemos todavía es México. Pero que nuestra nostalgia, nuestra indignación y nuestra tristeza no nos van a ayudar a recuperarlo. Que aquel México que extrañamos hoy ya no existe. Ha sido arrancado de raíz: como un árbol muerto.

Y que México es hoy un país convulso e indecentemente impune.

Y así fue como comenzó nuestro hartazgo.

Compartimos con países de América Latina problemáticas muy parecidas, si bien las causas de la violencia han sido distintas en casi todos los países. Nos unen cosas terribles, pero precisamente por eso debemos ser capaces de pensar en soluciones comunes. Somos todos el resultado de las mismas desprotecciones sociales Pero también compartimos una cultura común, una esperanza insólita y una solidaridad extraña. Y es esta solidaridad la que hoy en México necesitamos con urgencia. Y a eso he venido. A pedirles que no nos dejen solos. Que por favor ayuden a México dando correctamente las noticias sobre lo que sucede, participando con sus experiencias en el portal, colaborando con instituciones de protección a las víctimas, manifestándose este próximo 8 de mayo estén donde estén frente a las embajadas mexicanas y a favor de la paz… Porque en muchos lugares del mundo hoy la humanidad se llama solidaridad y es un derecho. Pero lamentablemente en México se llama riesgo. Ayudar parece ser hoy sinónimo de enfrentar. Enfrentar la impunidad y la corrupción y las miserables actitudes de las autoridades que deberían protegernos, los narcotraficantes que nos acechan y la apatía o incredulidad sociales que todavía debemos combatir.

Es por eso que les pido para los miles de mexicanos que hoy se enfrentan a sus propios miedos para trabajar por la paz y la justicia, un sincero y caluroso aplauso.

*Escritora. Barcelona 1970. Ha vivido en Estados Unidos, India y México. Hizo estudios en la Universidad de Barcelona y la UNAM (México D.F.). Escribe en castellano y catalán y algunas de sus obras han sido traducidas al inglés, alemán y polaco. Columnista del periódico Público. La película Elisa K. basada en uno de sus relatos ganó en 2010 el premio especial del jurado en el Festival de San Sebastián. Dirige el “Colectivo Literario Fu” y gestiona la página contra la violencia en México: Nuestra Aparente Rendición.

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