Pedro Felipe Ortiz: ANACONDA

Había medido, palmo a palmo, el tamaño
 y el contorno de mis huesos.
Sabía, por un instinto depredador y roedor,
el olor de la carne caliente
y el sonido de la arteria fría.

Cuando vio el objetivo en el pequeño chinchorro
que mecía sus telas rústicas,
se dijo a sí mismo:
¡cuánta hambre les espera a mis
dulces culebritas!

La imagen del niño abandonado
se hizo agradable al paisaje y,
 como una saeta enviada por los dioses,
empezó la defensa de la natura.

Se despertaron los perros
y sus aullidos, se armaron las hormigas y hasta los buitres
hicieron su aterrizaje mortífero.
Nos tapamos todos con la misma manta cobarde del silencio.

Pero, ¿qué hombre iba a auxiliar a un niño que soñaba
con un padre de ojos amarillos y piel de árbol?

El movimiento del gigante hizo mecer al cielo
mientras ebrios conjuros sacrificaban con ternura
al gran Prometeo.
El encuentro entre el animal y su víctima
 fue rápido y contundente:
Un crujir
Un grito desconcertante
El silencio
Y un olor agrio parecido al de los pequeños ratoncitos
que compartieron los restos del mundo
con sus manos.

*Poeta. Bogotá, Colombia, 1975. Estudios de leyes y literatura en las universidades Externado y Javeriana. Sigue estudios de filología y literatura en la Universidad de Barcelona.

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