Jana Brandt: Estambul

Estambul, antigua Constantinopla. Estambul bello, Estambul triste. Estambul unida, Estambul dividida. Dividida es como me siento hoy, tres años después de mi vuelta, cuando pienso en los meses que pasé en esta ciudad de contraste, siento una mezcla entre nostalgia y melancolía. Desde el primer momento Estambul me atrapaba con todos los sentidos. Inconsciente aún que mi viaje había empezado realmente, veía como se acercaba el Bósforo a mi derecha mientras viajaba en bus hacia el centro de la ciudad. Mi primera imagen de la ciudad jamás olvidaré. Pasamos uno de los incontables atracaderos de los transbordadores que trasladan personas – y no sólo personas – del lado europeo al asiático y viceversa. Dibujando el paisaje de fondo, podía distinguir ya la silueta de la ciudad. En primer plano había un barco de color blanco-amarillo, sacando humo denso y negro por la chimenea, sobrevolada por decenas o quizás centenares de gaviotas gañendo, dando vueltas y más vueltas. Parecía una pintura – algo decadente – de tiempos lejanos y desconocidos, pero era de una belleza trastornadora. El mar cerca mío y el cielo gris y nublado sobre mi cabeza (estábamos en febrero) y también mi repentina soledad, hacían que paradójicamente sentía algo como libertad. Pensaba en todas las fotografías que iba a tomar y en los días y semanas que aún tenía por delante para descubrir todos aquellos lugares y rincones escondidos. Saqué la cabeza por la ventana. Un viento frío me golpeaba la cara. Inhalaba el aire fresco. El olor a mar, pescado y a suciedad, la muchedumbre que se movía alrededor mió, el ruido y una lengua que prácticamente no entendía, me mareaban. Sin embargo, me sentía feliz por estar allí. Pronto iba a tener la extraña sensación de conocer Estambul a pesar de no haberla pisado antes.

Recorriendo las calles de la ciudad a pie, en bus o barco, poco a poco iba conociéndola, descubriéndola. Me adentré en ella hasta finalmente encontrar mi ritmo allí. Estambul es pura fascinación. Me encantaba su vida callejera, sus puestos de comida, sus mercados. Me sorprendía ante tal cantidad de banderas turcas y de imágenes de Atatürk colocados en todos, pero todos los rincones de la ciudad. Escuchar cerca del Bósforo el canto de decenas de muecines al mismo tiempo fue simplemente mágico. Ay, querido Bósforo. Estambul no sería Estambul sin este estrecho, sin esta garganta que une los dos mares: el Negro y el Mármara. El Bósforo da a la ciudad su esplendor, su vida y su encanto. Cuando brilla el sol (según la época del año poco) y el agua del Bósforo resplandece en un azul intenso, la ciudad y sus habitantes parecen desbordar de alegría vital. Pero aún de noche, único momento “estambulés” de silencio, pasear por sus orillas representa un verdadero placer visual: apoyado sobre la barandilla de uno de los muchos puentes, quizás comiendo uno de los famosos balik kebap, se disfruta de una vista magnifica de la ciudad nocturna que hace pensar en una imagen de las “Mil y una noches”.

Pero Estambul también es verdadera locura: 12, 13, 15 o quizás 17 – nadie lo sabe con certeza – millones de habitantes hacen que la ciudad rebose de vida. La gran concentración de personas en determinados lugares de la ciudad, junto al tráfico, que es una imagen auténtica del infierno, crea un ambiente movido, rápido y sobre todo muy ruidoso. En medio de esta bulla, los únicos en no perder la calma son los perros callejeros que, cuando no vagaban por la ciudad sin destino alguno, solían dormir plácidamente en medio de una plaza, como si todo su alrededor no existiera.

Pero Estambul también es una ciudad triste, una ciudad a dos ritmos, una ciudad que – si uno no tiene cuidado – le puede arrastrar fácilmente al abismo. En barrios céntricos reina la pobreza absoluta y donde hay pobreza hay droga, violencia y desgracia. Niños pidiendo limosas y hombres que intentan venderte cualquier cosita para así aumentar su ridículo sueldo diario, manifestaciones – sean por la causa que sean – , acompañadas de un exagerado número de policías armados hasta los dientes, bombas que siguen estallando en las calles de Estambul como consecuencia del conflicto kurdo-turco aún latente, te recuerdan que existe otra Estambul que no es la que se alimenta del esplendor antaño.

Me gustaba mi barrio – muy barrio -, en el corazón mismo de la ciudad, donde los niños jugaban en la calle, donde cada día pasaban hombres con carro de caballo o camión vendiendo frutas y verduras, que – si querías – podías comprar directamente desde la ventana de tu apartamento, y donde – sin que esto resulte extraño – pasaba cada tanto un pastor con su rebaño de ovejas. Tampoco era extraño ver caer de repente, mientras uno camino tranquilamente por las calles, desde cualquier ventana una bolsa de basura – pura vagancia en lugar de no bajar a la calle. También me gustó el gato feo – blanco en algún momento, pero entonces gris de suciedad – que siempre estaba delante de mi portal y su amigo gato de un solo ojo, me gustaban, porque siempre estaban allí cuando me iba de casa o cuando volvía. Y me divertía el dueño del otopark que siempre estaba esperando clientes fumando y con cara de mala leche, pero que al final terminó saludándome.

Estambul es una ciudad llena de contrastes y sí, también de contradicciones, pero es justo esta confusión entre lo viejo y lo nuevo, entre lo feo y lo bello, entre lo histórico y lo moderno, que convierte Estambul en lo que es. Una ciudad llena de colores y de caras que con sus sonrisas iluminan todo. Una ciudad que a veces te hace sonreír, a veces llorar, muchas veces pensar, pero que al final y al cabo hace que uno se siente vivo.

Sentado al lado del Bósforo, un té en la mano, observo como desfilaban barcos de todos los tamaños posibles delante de mí. Alzo la mirada y veo como las gaviotas trazan incansablemente círculos en el aire, las gaviotas a las que tantas veces había tirado trozos de simit para comer mientras viajaba de un continente a otro. Me despido de Estambul con nostalgia. Respiro hondamente, respiro Estambul. Hasta siempre.

Fotografías y texto de Jana Brandt, Abril 2009

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